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73ª EDICIÓN DE LA MOSTRA

Raúl Arévalo: "He querido ser brutal pero sin ensañarme"

El demoledor debut del actor tras la cámara, 'Tarde para la ira', obtiene una entusiasta acogida en el festival de Venecia

Nando Salvà

El director Raúl Arévalo, en la presentación de la película Tarde para la ira.

El director Raúl Arévalo, en la presentación de la película Tarde para la ira. / REUTERS / ALESSANDRO BIANCHI

Raúl Arévalo está contento. Y tiene motivos. El estreno en la Mostra de Venecia de su ópera prima como director, 'Tarde para la ira', ha sido recibido con una entusiasta ovación por parte del público y con críticas rotundamente positivas de la prensa internacional. La película, un demoledor 'thriller' de venganza protagonizado por Antonio de la Torre, llega el próximo viernes a la cartelera.

En cierto modo, 'Tarde para la ira' alude al tipo de 'thrillers' secos y descarnados que se hacían en los 70. ¿Hasta qué punto tuvo ese tipo de cine en mente al rodarla? Me he tragado muchísimas películas de ese género, tanto las buenas como las de serie Z. Soy fan tanto de 'A quemarropa' como de Charles Bronson y Chuck Norris. En mi película está todo eso pero también el cine de Carlos Saura, o 'Malas tierras', o 'Gomorra' y las películas de Jacques Audiard o los Dardenne. Quise contar mi historia de una forma cruda y seca, y huir de la violencia como espectáculo. Ojo, como espectador yo disfruto del cine de Tarantino y del de Álex de la Iglesia, pero quería ser más realista.

"La historia que cuento está tan alejada de mí que busqué acercarla a mi terreno. Para mí el cine solo vale si tiene identidad propia"

Habla de referentes americanos y franceses, pero la película tiene un aire definitivamente castizo. Sí, la historia que cuento está afortunadamente tan alejada de mí que, por otro lado, quise acercarla a mi terreno: los ambientes que yo conocía desde pequeño, las formas de hablar cotidianas que oía en el bar de mi padre en Móstoles, el pueblo de mis padres en Segovia, las carreteras de Castilla. Para mí el cine solo vale si tiene identidad propia.

¿Se impuso algún tipo de código de conducta a la hora de retratar las escenas más violentas? Absolutamente. El reto fue hacer una película que poco a poco fuera siendo más y más oscura, y que en el proceso mostrara una violencia muy cercana y por tanto muy capaz de sacudir al espectador pero que nunca fuera gratuita. He querido ser brutal pero sin ensañarme. En ese sentido he querido ir de más a menos. A medida que el relato se hace más brutal a nivel emocional, la violencia se trata de forma más sutil y menos explícita. 

¿Fue ese el gran desafío? En realidad, no. La gran dificultad, tanto a la hora de escribir el guion como a la de rodarlo, fue lograr que un personaje para nada amable como el que interpreta Antonio de la Torre generara empatía con el espectador. Todos coincidimos en que la violencia está mal, pero quiero creer que, de algún modo, al ver la película nos ponemos de parte de este pobre tipo al que le hundieron la vida.

"El humor es fundamental. Como los Coen, quería capturar el absurdo y la comedia que hay en las situaciones más jodidas"

Al mismo tiempo, 'Tarde para la ira' está llena de humor... El humor era fundamental. Quería crear el mismo efecto que se genera en las películas de los Coen, que capturan el absurdo y la comedia que hay en las situaciones más jodidas. La vida es así, después de todo. Por otro lado, también es necesario dar alivios momentáneos al espectador para que ver la película no le haga querer cortarse las venas. 

¿Cuándo decidió que quería dirigir una película? Siempre he querido ser director, desde pequeño. Con 10 u 11 años hacía cortos con la cámara de mi padre, y luego en el instituto, más cortos con amigos, muy 'gore'. Es cierto que luego, a los 17 años, hice un curso de teatro y me encantó la interpretación, y que luego he sido muy afortunado y he tenido éxito frente a la cámara. Pero nunca perdí las ansias de dirigir. Ha sido difícil. Entre escribir el guion y levantar la producción, 'Tarde para la ira' me ha llevado ocho años.

Cualquiera habría imaginado que su éxito como actor le habría facilitado las cosas. Conocer a mucha gente en la profesión hace que tengas acceso más fácil a reuniones, pero de ahí a que te quieran dar un pastón para hacer una película hay un trecho. Después de todo, nadie tenía prueba alguna de que yo era capaz de hacer las cosas bien tras la cámara. Al contrario, recuerdo una conversación con varios directores en la que hablé de mi proyecto y uno de ellos dijo: "Mira, otro actor que se mete a director". Fernando Fernán-Gómez tenía más razón que un santo cuando decía: "A todo el mundo le extraña mucho que un actor quiera dirigir, pero a nadie le extraña nada que alguien que no es nada quiera dirigir".

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