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BREXITRAÍL (4)

Caras extrañas (cuando escuchan su canción favorita)

Donde el autor descubre en Edimburgo, Liverpool y Manchester el secreto de por qué aún se sonríe en esta isla lluviosa

Miqui Otero

Suena una versión ranchera de los Beatles en una terraza de un Liverpool encapotado, cuando se nos acerca un tipo rapado, en chándal amarillo y con la cara cruzada por una cicatriz, que tanto puede venir a pedirnos la hora como los relojes:

-Bonito día –precioso cielo, de nuevo; como nos dijo una buena amiga barcelonesa, todas estas ciudades parece que estén metidas dentro de un 'tupperware' boca abajo-. ¿No  os falta de nada, no? –pregunta, con aires de alcalde– Si necesitáis algo, solo tenéis que decírmelo. No lo olvidéis.

Y se va: ni lo habíamos visto antes ni (espero) lo volveremos a ver. Tanto los lugareños del pub galés como Gary, nuestro payaso enterrador de Brighton, nos habían avisado en paradas anteriores de este viaje por Gran Bretaña: la gente de Liverpool es la más graciosa del país, con los mejores chistes y las mejores artes para desplumarte. Al entrar en el primer pub de esta ciudad, calados hasta el tuétano y con pinta de haber llegado nadando vestidos por el río Mersey, los habituales nos recibieron con un "ya os habéis duchado hoy, ¿no?" que me recordó poderosamente a cuando ha diluviado todo el día en mi aldea gallega y el paisano de turno te dice, cuando alcanzas empapado la taberna: "'Parece que chove, ou?'".

Aquí los Beatles son como la lluvia y como la amabilidad: constantes y refrescantes hasta que, por acumulación, molestan

Aquí los Beatles son como la lluvia y como la amabilidad: constantes y refrescantes hasta que, por acumulación, molestan. Hemos visitado el Museo de los Beatles, dormimos en una habitación con las portadas de los Beatles colgadas de la pared y ahora estamos en The Cavern, el local donde (dicen que) se foguearon los Beatles. "¡Toca una de los Beatles!", grita un tipo con una rosa Tudor tatuada en el bíceps. En el escenario, un bardo entrado en años y carnes, que ha cantado tantas veces 'Yesterday' que ahí se ha quedado, en el ayer, contesta: "No sé si me sabré alguna".

Liverpool (ladrillo rojo) parece, pese a las reformas recientes, una ciudad que no logra olvidar el pasado, mientras que Manchester (cristal) parece esperar un futuro que no acaba de llegar. Ambas tienen miles de chimeneas que no echan humo desde épocas de más esplendor industrial y también bandas de música pop y equipos de fútbol que se han encargado de mantener cierto orgullo en la ciudad desde entonces.

En la tienda Vinyl Revival, un hombre calvo, el Fred Perry ciñendo su barriga feliz, golpea sus muletas con sus manos ensortijadas al ritmo de una canción. Russ, leyenda subterránea del Manchester pop que dirige la discográfica de música de los 60 Cocodrile Records, lleva años viajando por todas las ferias de discos de Europa y admira más a Jordi Tardà que a Pep Guardiola (es un forofo del Manchester United). La conversación discurre amable (a gritos, porque la música suena a volumen 11) hasta que sale el tema del Brexit. Russ lleva semanas sin cogerle el teléfono a uno de sus mejores amigos, un constructor que aquella mañana fatídica lo llamó diciéndole: "Por fin tenemos nuestro país de vuelta".

-¿De vuelta a qué, pedazo de imbécil? ¿De vuelta a los p*tos años 40?

Mordisqueando el chorizo de Zamora en el siguiente tren, le diré a RitaRuss, la buena gente de estas ciudades futboleras y musicales que ni Margaret Thatcher ni los tabloides ni la peor radiofórmula ni el fútbol millonario han podido aniquilar. Uno de esos tipos como aquel padre de la novela 'Skagboys', de Irvine Welsh, siempre con "una insignia del Glasglow Rangers FC que luce en la solapa junto a la del Sindicato de Mecánicos Unidos".

Y seguiré en plena oda a esas ciudades dignas cuando levante la vista y pase una cebra caminando sobre sus dos patas traseras. Y luego presencie la conversación entre dos monjes shaolines y un 'minion' haciendo mímica. Y en esa esquina cuatro brujas ceben una marmita y un insensato con muñequeras pida dinero a cambio de tocar una versión de Dire Straits. Esto tiene que ser un sueño. O una pesadilla.

Con sus castillos y sus calles empedradas transitadas por personajes delirantes que reparten 'flyers', Edimburgo parece una versión frenopática de 'Juego de tronos'

-Estamos en Edimburgo... Y es el festival de teatro –me recuerda Rita, mi ángel custodio, que me ha arreado un cariñoso golpe con el chorizo de Zamora para que despertara de una vez.

Paseamos por la ciudad de Irvine Welsh, con sus fachadas imponentes recubiertas de verdín, sus castillos encaramados a colinas y sus calles empedradas que, transitadas por personajes delirantes que reparten 'flyers' de sus espectáculos, parece una versión frenopática de 'Juego de Tronos'.

Entre tanta persona disfrazada, descubrimos a la más sincera de todo el viaje. Michael Burdett, algo harto de su trabajo como compositor de sintonías televisivas para programas de la BBC como 'Masterchef', viajó como nosotros por toda la isla para preparar el espectáculo que ahora interpreta en la capital escocesa. Llevaba en un 'discman' la canción inédita de un cantautor 'psicodelicado' y atormentado y único: Nick Drake. Una versión descatalogada (él la había rescatado del archivo de la discográfica Island donde trabajó como chico de los recados) de 'Cello Song', la canción que empieza con la frase "Strange face / with your eyes / so pale and sincere". Llegaba a cualquier lugar y le ponía los auriculares con esa canción al escalador en las Highlands y al aparcacoches de Southampton, al albañil y al ama de casa, a Billy Bragg y a Tom Stoppard. Cuando estaban absortos escuchando la canción, Michael los fotografiaba. Caras extrañas; pálidas y sinceras. Lo importante, en definitiva, no era la canción (tampoco el viaje), sino la luz o la sombra en la cara de los que la escuchaban. Para eso viajamos. Y para eso escribimos.

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