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CRÓNICA DE MÚSICA

El glamur de Ainhoa Arteta reina en Cap Roig

La soprano brilla en un recital benéfico con un repertorio de canción, zarzuela y ópera

César López Rosell

Ainhoa Arteta, durante su recital en Cap Roig.

Ainhoa Arteta, durante su recital en Cap Roig. / EFE / ROBIN TOWNSEND

Poderosa, complaciente, comunicativa y con glamour. Así se presentó Ainhoa Arteta (Tolosa, 1964) en su regreso al Festival de Cap Roig para actuar en un concierto solidario con parte de la recaudación dedicada al centro Tramuntana que tiene como objetivo favorecer la inserción laboral de personas con discapacidad psíquica. La artista ofreció un programa variado y popular en el que alternó canción, zarzuela y ópera, con el que se ganó a un público al principio algo frío como la noche pero muy cálido durante en los pasajes más vibrantes.

La curiosidad de oír a la cantante y de comprobar cuál era su estado de ánimo tras los anunciados trámites de separación de su tercer marido, el jinete Jesús Garmendía, congregó a unas 2.000 personas. Arteta, que se mostró en todo momento centrada en conquistar al auditorio, pareció olvidarse de su situación personal. No hay mejor terapia que la música y la artista se empleó a fondo para superar las dificultades que plantea la amplificación de un espacio al aire libre y la falta de sintonía de una parte de los espectadores con este tipo de repertorio, a los que se tuvo que ganar a pulso.

La soprano confesó la incomodidad que le plantea tener que estar pendiente de un micrófono. “A mí me gusta moverme y expresar el sentido de las piezas interpretadas”, dijo para criticar el encorsetamiento al que se veía condenada. Elegante y seductora, lució dos espectaculares vestidos, uno en cada parte. El primero, de color piedra con destellos dorados, levantó exclamaciones de admiración, y el segundo, azul metalizado y con el cuerpo bordado en pedrería, tampoco dejó indiferente a nadie.

En el aspecto musical, y gracias a su buen momento vocal y al excelente acompañamiento del pianista Marco Evangelisti, la velada fue de menos a más. Empezó con conocidas canciones de compositores suramericanos: ‘Azulao’ y ‘Modinha’ de Jaime Ovalle; ‘A ti’, de Jaime León; la celebrada ‘Alfonsina y el mar’; y la poética ‘La rosa y el sauce’, de Carlos Guastavino. Pero la primera reacción de entusiasmo llegó con la arrebatadora ‘Vissi d’arte’ de ‘Tosca y con la habanera de ‘Carmen’.

ACLAMADA VELADA

La continuación fue sensiblemente mejor. Cantó con buen gusto las ‘Cinco canciones negras’ del periodo antillano de Montsalvatge, y estuvo refinada en la interpretación de tres piezas de Granados, en las que se mostró tan expresiva como divertida. Tras una buena recreación de Evangelisti de ‘La danza española número 5’ del autor, fue cuando el público acabó manifestando una decidida complicidad con la artista que interpretó con gracia dos muestras de zarzuela: la romanza ‘No corté más que una rosa’ de ‘La del manojo de rosas’ y ‘Canción de Paloma’ de ‘El barberillo de Lavapiés’.

Del casticismo saltó de nuevo a la ópera con su ovacionado ‘Oh, mio babbino caro!’ de Puccini, que no falta nunca en sus recitales, y el aria ‘Io son l’umile ancella’ de ‘Adriana Lecouvreur’. ‘El cant dels ocells, recreado con emoción, y  ‘Maig’ de Toldrà cerraron con acento catalán una finalmente aclamada velada.