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CRÓNICA DE MÚSICA

Julio Iglesias, en sereno equilibrio

El cantante se fundió con sus composiciones en un sobrio recital en el Festival Internacional de Cambrils salpicado por gestos de humor

Jordi Bianciotto

Julio Iglesias, durante el concierto que ofreció el martes en Cambrils.

Julio Iglesias, durante el concierto que ofreció el martes en Cambrils. / FIMCAMBRILS

Julio Iglesias parece moverse en equilibrio entre la estridencia de todo lo que se mueve a su alrededor y la serenidad que expresa en su modo de cantar y vivir sus canciones, volcado hacia adentro, como apuntaba el otro día a este diario. El patio de butacas rugió este martes sin que él tuviera que acudir a los recursos ordinarios del escenario para excitarlo, tan solo dejando que su voz se deslizara con elegancia sobre la brumosa superficie de sus canciones.

El Festival Internacional de Cambrils, que acogió, en el Parc del Pinaret, su único recital peninsular de este verano, era la clase de contexto que le gusta a estas alturas de su vida: un marco amable cerca del mar, al aire libre, alejado de la severidad de teatros y cosos operísticos, y en temporada de verano. Julio no se da ahora más importancia de la que sus fans inevitablemente le conceden, y hay una suave, emotiva levedad en ese repertorio secular que esa noche se abrió con ‘Amor, amor, amor’.

SURCANDO OCÉANOS

El artista, iluminado de cintura para arriba, reclinándose en un taburete y estableciendo un hilo de comunicación con cada asistente más allá de la noción de espectáculo, aunque lo hubiera: la bailarina del comienzo y las cuatro coristas de graciosos pasos sincronizados. ‘La gota fría’, un ‘Mamy blue’ con estrofas en francés y ‘Échame a mí la culpa’, entre reflexiones sobre lo que ocurre “cuando se juntan el Atlántico y el Mediterráneo en la música y salen disparados hacia Latinoamérica”.

Canciones de contornos melódicos difuminados sobre un tenue colchón de teclados. ‘Me olvidé de vivir’, ‘Abrázame’, ‘Hey’… Realzando su fondo confesional, sin distancia irónica ni altiva. No parece que las saque a pasear como ‘souvenirs’  con los que ya no se sienta implicado, sino más bien que las viva con más intensidad y conciencia si cabe que en su día. “Si ahora las cantara como las cantaba hace 45 años me mandarían a la mierda”, aventuró. Protestas enérgicas en la platea: “¡Nooo!”.

A SU MANERA

Repertorio con el punto de fuga siempre latente: nueve canciones después de ‘Caruso’, cuando ya había hecho kilómetros en ‘La carretera’ y evocado a su padre en ‘Un canto a Galicia’, volvió a interpretarla para pulir alguna inflexión. Así es él, con su singularísima autoexigencia y con su humor: al recordar que pronto cumplirá 73 años dijo tener en realidad 27 “de cintura para arriba” y 566 “de cintura para abajo”.

Envolvió ‘Crazy’ en su ambiente ‘bluesy’ y fue ovacionado en aquel punto de ‘Quijote’ en que presume de ser español por donde va. Cantó “a las cosas simples que a los intelectuales les parecen ridículas”: ‘Manuela’, ‘El amor’, ‘De niña a mujer’... Y ‘Me va, me va’, principio de un fin por etapas, con desvíos a ‘La vida sigue igual’ y ‘El canarito’, esta con tremenda bronca al teclista. “Eres lo peor del mundo. ¡Cómo se nota que eres americano, chico!”. Y de nuevo, y hasta el final, de la mano de los grandes valores de la civilización: “Me va la fiesta, la madrugada, me va el cantar…” Pero, ¿acaso a alguien pueden parecerle unas preferencias disparatadas?

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