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ESTRENO DE CINE

Bourne, una sacudida al cine de acción

La saga ha sido una gran influencia por su apuesta por una acción más física y realista

Juan Manuel Freire

Matt Damon, en una escena de ’Jason Bourne’.

Matt Damon, en una escena de ’Jason Bourne’.

Todo empezó en ‘El caso Bourne’, pero, en realidad, el fenómeno se inició con las secuelas. Y con la llegada de ‘Casino Royale’, el reinicio de Bond con rostro de Daniel Craig, la idea parecía clara: el nuevo modelo a seguir en el cine de acción era la saga Bourne, su apuesta por una acción más física y realista, menos dependiente de armas potentes y 'gadgets' que del simple cuerpo a cuerpo.

En nuestro primer contacto con el personaje, al principio de ‘El caso Bourne’, lo veíamos inconsciente en mitad del océano. Ese arranque es prácticamente lo único que quedaba de la novela de Robert Ludlum de los 80; ni siquiera el número de balas alojado en el cuerpo del héroe es el mismo. Bourne no recuerda nada, no sabe quién es, ni qué ideología tiene, pero sabe cómo defenderse, eso desde luego.

El modelo de espía/héroe de acción defendido por Bond podía servirse de 'gadgets' y coches con lanzamisiles y lanzacohetes. En el caso de Bourne, las manos y las piernas siempre son suficientes. Con las primeras saca lustre a su dominio del jeet kune do (arte marcial practicada por Bruce Lee) y sistemas filipinos de lucha. Con las segundas se pega unas carreras de parkour sin nada que envidiar a las vistas en la seminal 'Distrito 13’ de Pierre Morel.

El Bond de Craig era, en parte, un regreso a los orígenes, a la crudeza de títulos como ‘Desde Rusia con amor’; en su ADN estaba el Bond de Sean Connery. Pero era imposible no reconocer el influjo de Bourne en las peleas más realistas y creíbles, por no hablar de ese agente más torturado o, sobre todo a la altura de ‘Quantum of solace’, ese intento de acercarse visualmente al estilo 'vérité' (cámara siempre en movimiento, montaje espasmódico, planos de una media de dos segundos) que Paul Greengrass instaló en la trilogía protagonizada por Matt Damon; parece algo sencillo de hacer, pero pocos han logrado esa mezcla ideal de nerviosismo con comprensibilidad.

OTROS EFECTOS

El éxito de la saga Bourne se notó en todos los flancos del cine de acción y espectáculo. Su influjo se sintió en ‘Salt’, básicamente Angelina Jolie haciendo de primera víctima del programa Treadstone. O la reivindicable ‘Hanna’, básicamente Saoirse Ronan como Bourne, aunque en un entorno visual y sensorial muy distinto, bastante 'arty'. U otra historia de supersoldado traicionado como ‘Indomable’, con escenas de lucha de verosimilitud dolorosa, aunque filmadas por Steven Soderbergh desde lo más opuesto a la “cámara temblorosa” de Greengrass: un casi-estatismo estilizado. 

En algunos casos, la conexión llega hasta el componente argumental de la amnesia: recordemos los casos de ‘Sin identidad’, primera colaboración del director catalán Jaume-Collet Serra con Liam Neeson, cuyo personaje conecta con Bourne, por decirlo sin demasiados 'spoilers'; o series como ‘Alias’, en cuya tercera temporada la superagente Sydney Bristow (Jennifer Garner) despertaba en Hong Kong sin un solo rastro en su cabeza de lo que había hecho los dos años anteriores.   

Los cuatro primeros episodios

'El caso Bourne' (2002)

Paul Greengrass llevó la saga hasta el cielo del cine espectáculo, pero Doug Liman, futuro director de 'Al filo del mañana', hizo un valioso trabajo de artesano en este 'thriller' de ritmo casi relajado en comparación con sus sucesoras. La escena clave: Jason Bourne conduciendo un Austin Mini Cooper a través de París para huir de policía y CIA. ¿Inspiración para el 'remake' de 'The italian job'?


'El mito de Bourne' (2004)

Donde Greengrass aplicaba las enseñanzas de Gillo Pontecorvo y el enfoque semidocumental de su anterior 'Bloody sunday' (2002) a una película de espías y acción y sacudía las retinas. Pero no solo eso, también corazón y mente, porque Bourne es un personaje con conciencia; y quizá la escena clave no sea tanto otra persecución como ese clímax final íntimo de confesión y redención en Moscú. 


'El ultimátum de Bourne' (2007)

La sintonía entre Greengrass y el montador Christopher Rouse alcanza quizá su cénit en esta tercera entrega, premiada con el Oscar al mejor montaje; también se llevó dos de sonido, porque aquí el sonido aporta tanta información como la imagen. Escena clave: todas, una por una, con mención especial para el momento de caos en la estación de Waterloo. Todo un clásico del cine, a secas. 


'El legado de Bourne' (2012)

Intento fallido de rehabilitar la saga con un nuevo actor al frente: el otras veces más convincente (como el superhéroe Hawkeye, por ejemplo) Jeremy Renner. Empieza igual que la primera entrega, pero, pese a los esfuerzos del guionista habitual Tony Gilroy, ahora también director, no es lo mismo. La acción realista queda a un lado: aquí el héroe toma pastillas misteriosas para rendir hasta lo sobrehumano.