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19 de julio: la batalla de Barcelona

Un gráfico animado muestra cómo fuerzas de seguridad y civiles detuvieron a los militares sublevados al precio de 450 muertos y 2.000 heridos

ERNEST ALÓS / BARCELONA

19 de julio de 1936. La batalla de Barcelona (VÍDEO) / ALEX R. FISCHER

Recibirán cinco resmas de papel tipo 19. Este telegrama (hay versiones ligeramente distintas) es la señal del Director del golpe, el general Mola, que esperan los conspiradores para sacar las tropas a la calle en Barcelona: el 19 de julio de 1936 a las 5.00 horas. La noticia no es una sorpresa para nadie. A diferencia de otros puntos de España, las autoridades republicanas y los sindicatos están prevenidos y han hecho planes para resistir.

El comisario de Ordre Públic de la Generalitat, el capitán Frederic Escofet, y su subordinado y cabeza de la Unión Militar Republicana Antifascista en Catalunya, el coronel Vicenç Guarner, son los cerebros del contragolpe. A sus órdenes están unos 2.000 agentes de la Guardia de Asalto y Seguridad y unos 300 Mossos d'Esquadra. Los informadores de Guarner conocen la constitución de la junta rebelde en Barcelona el 18 de mayo, coordinada por los oficiales de la Unión Militar Española, y acaban deteniendo a un capitán con documentación comprometedora. Escofet no se queda con los brazos cruzados: establece una red de vigilancia, releva a los mandos de la Guardia de Asalto en los que no confía y planifica la resistencia en las calles.

LLEGA EL 18 DE JULIO

El golpe ha empezado y las escuchas telefónicas revelan que la madrugada del 19 de julio se extenderá a Barcelona. El 'conseller' de Governació, Josep Maria Espanya, a cuyas órdenes están los dos tercios de la Guardia Civil acuartelados en Catalunya, asegura a Escofet la lealtad de los mandos de la Guardia Civil (el general Aranguren y los coroneles Brotons y Escobar), que concentrarán a sus hombres en los cuarteles de Ausiàs March y Consell de Cent (la actual redacción de EL PERIÓDICO) y en la Conselleria de Governació. Escofet pide dos veces al general al mando en Catalunya, Llano de la Encomienda, que detenga a 70 oficiales. El general, que cree en la palabra de sus hombres, se niega. «Era leal pero idiota», dirá de él Escofet.

Mientras, los dirigentes de la CNT se reúnen. Después de haber reclamado infructuosamente armas a Companys en la noche del día 18, Durruti, los hermanos Ascaso García Oliver pasarán toda la noche en el número 276 de la calle de Pujades, en Poblenou, en la casa del faísta Gregorio Jover. Los camiones y las armas que han conseguido por su cuenta esperan en el campo del Júpiter. Cuando los militares se muevan desde sus cuarteles en la periferia, las sirenas de las fábricas darán la señal. Los anarquistas levantarán barricadas y los hostigarán mientras marchen por las calles.

Todo está preparado para que se enfrenten en las calles todas las unidades de la guarnición de Barcelona (dos regimientos de infantería, en lso cuarteles del Bruc y la calle Wellington, dos de caballería, en las calles Tarragona y Lepant, dos de artillería, en Sant Andreu y la Avenida Icària, y un batallón de zapadores, en Hostafranchs) contra unos 2.500 agentes de seguridad. De entre los militares, solo intervendrán a favor de la República el aeródromo de El Prat, cuyos aviones hostigarán los cuarteles rebeldes, y 80 soldados de intendencia.

MADRUGADA DEL 19 DE JULIO: EMPIEZA LA SUBLEVACIÓN

A partir de las 4.30 de la madrugada del 19 de julio, los rebeldes detienen a los oficiales leales en los cuarteles, se les suman tres centenares de civiles de la trama civil del golpe (más carlistas que falangistas) y marchan sobre el centro. Sus fuerzas, sin embargo, están en cuadro. Parte de la guarnición está de vacaciones y otra parte de la fuerza sublevada debe quedarse vigilando los cuarteles y a los oficiales que no se han sumado a su esfuerzo. Marcharán, armados, con toda la artillería para repetir el bombardeo del Palau de la Generalitat de octubre de 1934 pero sin tomar demasiadas precauciones, para ocupar sus principales objetivos: las encrucijadas que controlan el acceso al centro de la ciudad (plazas de Espanya, Universitat, Catalunya y Cinc d'Oros), los centros del poder civil (Telefónica, Correos y Telégrafos, Ayuntamiento, Generalitat, la Comisaría General de Orden Pública de la Via Laietana y la Conselleria de Governació, el antiguo Gobierno Civil) y las dependencias militares de Drassanes y capitanía, donde el capitán general se opone al golpe y teóricamente sigue al mando pero sin que ninguno de sus subordinados le hagan el menor caso. Los rebeldes inicialmente olvidan en sus planes la importancia de tomar las emisoras de radio, Ràdio Associació y Radio Barcelona. Cuando caigan en la cuenta ya será demasiado tarde.

Les espera la Guardia de Asalto en Diagonal/paseo de Gràcia, Pla de Palau, Correos, la plaza de Catalunya, la plaza de Universitat y la comisaria de Via Laietana, donde Companys y Escofet están al mando. La CNT resistirá sobre todo en las barricadas de Sants, el Paral.lel y la Rambla. 

A las 12 horas acaba la primera fase de la batalla. Un regimiento de artillería ha sido rechazado en la avenida Icària (guardias de asalto y sindicalistas han utilizado como barricadas móviles bobinas de papel prensa), otro de caballería en la Diagonal, otro regimiento de artillería en la calle de la Diputació y fuerzas del regimiento de infantería de la calle Wellington, que ha vacilado pero finalmente se ha dirigido a tomar Radio Barcelona, en la calle de Casp. Los militares controlan sin embargo sus cuarteles las plazas de Espanya, Colom, Universitat y Catalunya y la Brecha de Sant Pau en el Paralelo, pero la Guardia de Asalto les impide penetrar en Ciutat Vella, mientras los sindicatos les hostigan por la retaguardia.

GODED SE PONE AL MANDO

El general Goded llega desde Mallorca en hidroavión para tomar el mando, una vez ha controlado la isla y le han informado erróneamente de que el golpe progresa en Barcelona. Hasta ese momento estaba al mando del golpe el general al mando de la brigada de caballería, Fernández Burriel. Goded se da cuenta inmediatamente de que las operaciones han sido hasta el momento descoordinadas y torpes, descubre sorprendido que nadie ha arrestado a Llano de la Encomienda y ordena su detención y reclama por teléfono a Aranguren que la Guardia Civil se sume al golpe, sin éxito. Pese a sus esfuerzos, Godes no consigue revertir la situación.

SALE LA GUARDIA CIVIL

La hora de la verdad llega cuando Escofet pide que entre en juego la Guardia Civil. Una columna de 800 uniformes verdes, al mando del coronel Antonio Escobar, con su bastón de mando bajo el brazo, desfila por la Via Laietana a las 14 horas. Companys y Escofet, en el balcón, contienen el aliento. Escobar se cuadra, se pone a las órdenes del presidente de la Generalitat y se dirige a asaltar los reductos militares en las plazas de Catalunya y Universitat. Poco antes, unos 200 guardias de asalto han recorrido los túneles del metro para irrumpir en plena plaza de Catalunya saliendo por las bocanas del suburbano. A partir de ese momento la jornada está ganada.

Por la tarde fuerzas de seguridad y civiles, que no dejan de multiplicarse a medida de que se hacen con las armas de los militares rendidos, asaltan capitanía y arrestan a Goded, al que Companys, ya en la Generalitat, convence para comunicar por radio su rendición: "La suerte me ha sido adversa, y yo he quedado prisionero. Por tanto si queréis evitar que continúe el derramamiento de sangre, los soldados que me acompañábais quedáis libres de todo compromiso".

LA HORA DE LA CNT

Su mensaje desactiva la revuelta en el resto de Catalunya. Los últimos reductos caen el día 20: la columna de caballería que se había refugiado en el convento de los carmelitas se rinde a la Guardia Civil, pero los civiles entran a saco, ejecutan a los frailes y decapitan al coronel de la fuerza. Las Drassanes caen en un asalto encabezado por los anarquistas, que también se adelantan a la Guardia Civil, llegan los primeros al cuartel de artillería de Sant Andreu y se hacen con 30.000 fusiles.

La CNT/FAI queda dueña de la calle. Juan García Oliver propone tomar el poder y anular la Generalitat. Sin embargo, la mayoría de los sindicalistas prefiere integrarse el 21 de julio en el Comité Central de Milicias Antifascistas, que escapa al control de Companys y ejerce un poder revolucionario durante nueve semanas. Ese verano la violencia revolucionaria acaba con las vidas de 3.400 personas. Escofet, sin quien el golpe habría triunfado en Barcelona, dimite para no convertirse en «el comisario de desorden público».