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CRÓNICA DE ÓPERA

'La flauta mágica': un fascinante cuento animado en el Liceu

El montaje de Barrie Kosky y Suzanne Andrade incentiva la fantasía narrativa de la ópera inspirándose en el cine mudo

César López Rosell

Un momento del montaje de ’La flauta mágica’ que ha estrenado en el Liceu la compañía británica 1927.

Un momento del montaje de ’La flauta mágica’ que ha estrenado en el Liceu la compañía británica 1927. / ELISENDA PONS

Ingeniosa, lúdica y caleidoscópica versión de ‘La flauta mágica’, la última y más popular ópera de Mozart. En el montaje de Barrie Kosky y Suzanne Andrade, apoyado en las animaciones de Paul Barritt, la obra se fusiona con el cine mudo y consigue que la magia del cuento multiplique sus efectos de fascinación. El Liceu aplaudió con entusiasmo esta innovadora propuesta de la Komische Oper Berlin, con dirección musical de Henrik Násási, que cierra la temporada del coliseo de la Rambla, aunque volverá en setiembre para abrir la próxima.

De las muchas lecturas que se han hecho de la obra esta es, sin duda, la más rompedora. El colectivo 1927, autor de esta reinterpretación escénica, aparca el trasfondo masónico y las hondas reflexiones filosóficas y psicoanalíticas del contexto narrativo para centrarse, sin alejarse de la fantasía del relato, en el meollo de la historia de amor de Tamino y Pamina y en las relaciones de estos con el resto de los personajes de la trama. Los cantantes se mueven e interpretan sus partes musicales sobre una película animada fundiéndose dentro de ella con precisión milimétrica.

ELISENDA PONS

Un momento de la representación de 'La flauta mágica' en el Liceu.

Una onírica orgía de imágenes alusivas a los estados de ánimo y acciones de los protagonistas, que parten de influencias del comic y de un arte cargadamente naíf, completan la fuerza del relato provocando, gracias a su fina comicidad, la risa contenida de los espectadores más identificados con las claves de la propuesta. Entre ellos no estaba el reducto más conservador de algunos liceístas que se sentían desbordados por la ingeniosa avalancha colorista y criticaban la ausencia de la interacción directa de los personajes obligados a estar encorsetados en su traje visual.

SUPRESIÓN DE LAS PARTES HABLADAS

La utilización de iconos del cine en blanco y negro juega a favor del resultado del espectáculo. Buster Keaton aparece reflejado en Papageno y el ‘Nosferatu’ de Murnau dibuja la temible caracterización de Monostatos. Pamina es el fiel retrato de Louise Brooks en ‘Lulu’ y Sarastro y sus acólitos nos remiten a la estética de Abraham Lincoln, mientras La Reina de la Noche aparece como un gran arácnido. El desfile de la fauna en sombras chinescas o el de la cromática serpiente gigante son otros elementos reseñables dentro de un conseguido conjunto.

ELISENDA PONS

Un momento de la representación de 'La flauta mágica' en el Liceu.

La poderosa concepción escénica es siempre respetuosa con la partitura y la supresión de las partes habladas, dejando solo algunas frases que se proyectan ligadas con las amplificadas interpretaciones de un fortepiano de las fantasías en re menor y do menor de Mozart, agiliza el espectáculo. La actuación de los cantantes, respaldadas por una correcta interpretación orquestal y del coro, brilla por su homogeneidad más que por la espectacularidad. Allan Clayton es un buen Tamino, noble y lírico, y Maureen McKay luce como Pamina. Dimitry Ivashchenko es un notable Sarastro, Olga Pudova superó el reto de los difíciles sobreagudos de la Reina de la Noche, Dominik Köninger sirvió un Papapeno expresivo y a Peter Renz le faltó algo de fuerza en su Monostatos. Un buen elenco al servicio de una ópera para el siglo XXI.