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FESTIVAL EN EL PARC DEL FÒRUM

Un macrofestival habitable

Alabama Shakes deslumbran en la segunda jornada del Cruïlla Barcelona, un encuentro intergeneracional y confortable

Juan Manuel Freire

En las primeras horas de la segunda jornada del Cruïlla, el lugar más buscado no era primera fila de los escenarios sino cualquier rasguño de sombra. Tras la valerosa actuación de Esperanza Spalding del viernes, ahora le tocó a Xoel López, compositor pop antes más conocido como Deluxe, estrenar el escenario Time Out cara al sol, y no pareció demasiado afectado; atacó temas de su cosecha reciente como 'Almas del norte', la rumbosa 'Caballero' y 'Yo solo quería que me llevaras a bailar' con menos desmayo que resolución.

Poco después, en el escenario StubHub, Snarky Puppy desplegaban ante un público considerable (fans del colectivo neoyorquino y/o de la buena sombra que por allí se daba) su jazz-funk curtido durante ya 12 años, que puede abrazar la precisión bailable ('White cap') o la laxitud de una 'jam session' ('Grown folks'). Al otro extremo del mapa, el rapero brasileño Emicida abrazaba, sobre todo, la tensión (positiva) en un 'set' con DJ, guitarra y batería que seguramente le hizo ganar un puñado de nuevos fans. Algunos ya venían convertidos, como las dos chicas en quinta o sexta fila que brincaban y saludaban al escenario mientras escupían las letras a la perfección.

Tim Booth, líder de la banda pop James, con su momento de auge a principios de los 90, vino con ganas de repartir amor. El sacerdote hippy de Manchester empezó loando al Barça y Gaudi y a la segunda canción (la nueva 'Catapult') ya estaba haciendo 'crowd surfing'. Se respiraba nostalgia de los 90, igual que unos escalones más abajo con los clásicos del pop-rock granadino 091 y ese arranque portentoso marcado por los repertorios de 'El baile de la desesperación' (1991) y 'Tormentas imaginarias' (1993).

LOS EXTREMOS DE ALABAMA SHAKES

Brittany Howard, cantante y guitarrista de la banda blues-soul Alabama Shakes, actúa en un gran festival como lo haría en un pequeño club: saca fuerza cuando debe pero no tiene problema en usar el silencio y la tensión si quiere. Entró en erupción ocasionalmente pero también defendió la sutileza. Dio cuenta del poder de su grito en 'Gimme all your love', con un infeccioso beat de Memphis, pero recordó la importancia del espacio negativo en 'On your way', antes de encarar una recta final ganadora con extra de funk ('Don’t wanna fight', la flotante 'Gemini'). Algo extraordinario de principio a fin.

La banda de (sí) Alabama se lo puso crudo al mismísimo Robert Plant. Pero el veterano inglés tenía a gran parte del público ganado de antemano (mucha camiseta de su antiguo grupo Led Zeppelin) y al que no, se lo ganó rápidamente con simpatía (ese "¿qué tal, amigos?" en impoluto castellano) y también canciones: el clásico 'The lemon song', la más nueva pero encantadora 'Rainbow'... Demostró menos nostalgia que ansia de revival: 'Black dog' (de Led Zeppelin) viajó del rock a un frenesí afro-celta liderado por el nyanyeru (violín de una sola cuerda) del griot gambiano Juldeh Camara. 'Whole lotta love' sonó más directa, pero 'Rock and roll' adquirió algún tinte de electrónica industrial.

Casi tanta gente se había reunido para ver a Fermin Muguruza recuperar canciones clave de su trayectoria con sonido de Nueva Orleans. Mejor que bien rodeado por su New Orleans Basque Orkestra (compuesta de músicos neorleanos, vascos y catalanes), sacó nueva sangre a clásicos propios (como 'Sarri, sarri' de Kortatu) y de Kermit Ruffins o Rage Against The Machine, entre reivindicaciones pro-Palestina y anti-CIEs. Menos políticos que poéticos, Love Of Lesbian sacudían entretanto sus 'hits' de festival casi como colofón de una segunda jornada completada por Skunk Anansie, la gran rapera chilena Ana Tijoux y el balcánico-electrónico Shantel.

ESPÍRITU ABIERTO Y FESTIVO

El Cruïlla presume de ser un festival cómodo y atento a las necesidades del visitante, y lo cierto es que, salvando en la actuación de algún cabeza de cartel (el sábado, con Alabama Shakes) no se dieron grandes aglomeraciones; era fácil llegar hasta las primeras filas y hasta quedarse un rato en ellas sin recibir un solo pisotón. Este cronista no hizo cola para ir al baño ni tuvo a más de dos personas delante cuando quiso prevenir la deshidratación comprando un refresco. El sábado visitaron el festival 19.000 personas, algo menos que las 22.000 del viernes; pero ni siquiera el primer día hubo gran sensación de colapso humano. Si se sigue limitando el aforo a las 25.000 personas, podría consolidarse como raro caso de macrofestival habitable.

Por su comodidad y espíritu abierto y festivo, el Cruïlla parece una buena oportunidad para que los padres puedan mostrar a su más joven descendencia los encantos de la música en directo. O incluso al revés: quizá sean los niños los que redescubran la música a los padres. En el concierto de Plant, un chaval de unos siete años (camiseta de Pink Floyd, no de Pokémon) estaba tan fascinado por lo que sucedía ahí arriba que se escurrió entre la gente, de improviso, hacia la primera fila y el padre le persiguió para ver allí casi toda la actuación.

Al Cruïlla todavía le queda hoy, domingo una especie de jornada de despedida con un puñado de actividades familiares y los directos de Elefantes y Calexico. 

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