INAUGURACIÓN DEL FESTIVAL GREC

Arthur Miller en estado puro

Andrés Lima despliega de forma ortodoxa la potencia de 'Les bruixes de Salem'

Un arrollador Lluís Homar lidera un amplio elenco sin fisuras y da vuelo al montaje en la segunda parte

Lluís Homar, en una de las escenas de ’Les bruixes de Salem’, espectáculo de apertura del Grec.

Lluís Homar, en una de las escenas de ’Les bruixes de Salem’, espectáculo de apertura del Grec. / DAVID RUANO

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José Carlos Sorribes
José Carlos Sorribes

Periodista

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El teatro volvió a inaugurar el Grec con Arthur Miller. Ramon Simó, director del festival, rompió una tónica de cinco años en los que el anfiteatro había sido campo para aperturas básicamente de danza, más idónea para ese espacio singular. El regreso llegó bajo el signo de la convención y la ortodoxia con 'Les bruixes de Salem', bien recibida por el público del estreno a partir de una dirección de Andrés Lima enérgica y pulcra. Si él es el arquitecto, Lluís Homar ejerce de piedra angular de un gran reparto coral -15 intérpretes- sin ninguna fisura.

La ortodoxia se aprecia pronto con una puesta en escena ideada para su recorrido en una sala convencional, como sucederá con su versión en castellano en el Centro Dramático Nacional de Madrid. Porque Lima solo aprovecha un marco imponente como la pared rocosa del Teatre Grec para recrear el amanecer de la escena final.

El director despacha 'Les bruixes de Salem' con detalle y fidelidad extrema. No le hubiera ido mal algún recorte a una obra que se va hacia las dos horas y media, una prueba física para un público acomodado en sillas no especialmente cómodas como son las del Grec. El director sirve, además, esta alegoría de Miller contra el fanatismo con acotaciones que asientan su carácter de metáfora sobre la caza de brujas de McCarthy, que sufrió el propio dramaturgo en 1957. Perfilan el contexto, pero parecen una breve lección de historia para adolescentes.

BRILLANTES ESCENAS DE GRUPO

El montaje va in crescendo con el juicio como momento cumbre y manifiesta mayor brillo en las escenas corales, en las que mejor se dibuja la pequeña comunidad puritana de Salem, en la Nueva Inglaterra de 1692, víctima del miedo, el fanatismo, la opresión del poder religioso-político, la locura, la delación y el egoísmo. Es entonces cuando Lima juega con su amplio elenco como si dispusiera un cuadro, en el que la mirada se va a quienes llevan el peso de la escena, pero también se desvía hacia acompañantes que son bastante más que figurantes.

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Pero quien atrae, sin discusión, el foco es un imponente Lluís Homar, el vicegobernador que es un implacable inquisidor del caso suscitado por el rumor de que una joven había sido víctima de la brujería. Homar es narrador en la primera parte, casi con aire ausente, pero cuando irrumpe en la escena resulta arrollador. Es el capitán de un equipo en el que luce también la rabia desesperada de Borja Espinosa, la perversa y sensual astucia de Nausicaa Bonnín, el abatimiento triste de Nora Navas o la corajuda rectitud de Carles Canut.

Entre todos levantan, en el marco de una excelente escenografía de Beatriz San Juan, un texto de resonancias actuales y no solo en la América de Trump. Pero que también puede hoy desatar alguna risa, tras una alusión al anticristo y una espasmódica y fingida enajenación de las jóvenes de Salem, que Miller quizá nunca llegó a sospechar.