11 jul 2020

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Las dos Españas de Sergio del Molino

Con 'La España vacía', el escritor propone pensar en nuevas formas de convivencia aprovechando que los mitos nacionales españoles están "rotos"

ELENA HEVIA / BARCELONA

Están las dos  Españas de Machado, es sabido, pero el escritor Sergio del Molino (Madrid, 1979) superpone otra distinción. Las dos Españas ya no son las que combatieron en la guerra civil, la izquierda y la derecha, o no son solo eso. Él las  llama 'La España vacía', así se titula su último, celebrado y muy ameno ensayo publicado por Taurus (con el subtítulo ‘Viaje por un país que nunca fue’), interior y despoblada, y la España llena, urbana y europea. Sostiene Del Molino, que se crió en Valencia y vive desde hace años en Zaragoza, que una España no se entiende sin la otra, porque en la rural  es donde existe un discurso, unos mitos y un relato y en la urbana, no. El diálogo entre ambas es complejo y, aparentemente, inexistente. Solo aparentemente. Porque se necesitan. 

Para establecer un debate que a alguno le podría parecer erróneamente garbancero y casposo, el autor echa mano de David Lynch, Joaquín Luqui'Expediente X' o Charlie Parker, pero también repasa casos como Las Hurdes, las misiones pedagógicas de la República o las particulares 'road movies' de Azorín o Cela. "Yo intento establecer que, pese lo que puede parecer, la España vacía se ha infiltrado en nuestro ideario, a través de la emigración. Esto es algo que se ve mejor en Barcelona que en Madrid, con un imaginario literario mucho más poderoso y trabajado. Ahí están Juan Marsé o Francisco Casavella, con novelas que exploran la conciencia del emigrante que llega a la ciudad y lleva el pueblo consigo".

Con todo, el autor conviene que la realidad de Catalunya tiene poco que ver con ese modelo: "Está  mucho más cerca del estándar europeo, donde no existe ese despoblamiento". Quizá sí pueda apreciarse en la franja con Aragón, algo que se nota apenas se cruza la frontera. Es ese territorio que tan bien retrató Jesus Moncada en 'Camí de sirga', una excelente reconstrucción mítica de lo rural en sintonía con otros autores españoles como Julio Llamazares.

La pregunta del millón es si hoy en pleno siglo XX todavía necesitamos esa reconstrucción. Del Molino ha hecho un recuento de unos 15 a 20 nombres de escritores de su edad, con Jenn Díaz o Jesús Carrasco en cabeza -autores cuyas raíces siguen en el campo- que así parecen confirmalo. “Frente a los relatos catalán o vasco, que son relatos nacionales fuertes, el español está roto y es irrecuperable. La bandera y los mitos históricos generan también rechazo en un progresista español. No podemos dialogar con esos mitos como lo hace un francés o un inglés”. Lo que propone el escritor es ponerse a pensar en nuevas formas de convivencia, aprovechar que ya no nos creemos la leyenda del Cid -“ese señor que iba por ahí matando moros, algo bastante desagradable, la verdad”- no para inventar mitos nuevos sino para ensayar "una forma de convivencia más elegante, más del siglo XXI". Admite Del Molino que su objetivo, buscar una mitología común para entendernos, es bastante ingenuo.  “Pero merece la pena intentarlo”

El nacionalismo catalán 

Uno de los fenómenos en los que Sergio del Molino se detiene especialmente es el carlismo, un movimiento legitimista muy enrraizado en la España vacía que, sorprendentemente, ha sido capaz de atravesar el siglo XX y llegar hasta el XXI, marginal y debilitado. No existe nada igual en Europa.  El autor - la idea no es nueva-  establece una vinculación entre el carlismo y los nacionalismos vasco y catalán. "En el momento en el que el carlismo se desdibuja dentro del panorama español surgen los nacionalismos, no porque uno haya generado el otro, sino porque hay un territorio común de discurso que el nacionalismo aprovecha". Sobre lo que ha pasado después no se aventura a emitir un juicio, el fenómeno del nacionalismo catalán es tan complejo que excede las dimensiones de su libro: "No hay un único nacionalismo. Los que existen hoy están mucho más allá de ese pensamiento que ha sublimado el campo, donde se sitúa tradicionalmente la pureza de la nación que la ciudad contamina".