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Radiohead, los gurús del Primavera

La banda británica ejerció de icono del rock alternativo en su regreso a Barcelona con nuevo disco, 'A moon shaped pool'

JORDI BIANCIOTTO

Las aparatosas cifras de público de Primavera Sound son el resultado de la paulatina construcción de un relato del rock alternativo en el que Radiohead ocupa un espacio central. El grupo que, según dictaminó hace dos años la publicación británica 'New Musical Express', es el más influyente de la actualidad, regresó anoche a Barcelona, tras ocho años de ausencia, y no es extraño que se le dispensara honores de gran patriarca de ese imaginario cultivado año tras año por el festival.

Radiohead no es como Coldplay, una banda que cayó enamorada del estadio, y mantiene los impulsos más básicos a raya, de modo que, para ellos, ofrecer un concierto de grandes éxitos sería seguramente una tremenda vulgaridad. Así fue en el Fòrum, donde entró en materia con cinco canciones seguidas de su nuevo disco, publicado hace menos de un mes, 'A moon shaped pool'.

ENTRE SOMBRAS

Concierto fiel a lo que siempre ha sido Radiohead: un grupo que se hace un poco el enigmático, que se deleita en un reflejo levemente torturado de sí mismo. Que rechaza el culto a la imagen y envuelve sus puestas en escena en sombras, haces de luz dispersas y pantallas que nunca muestran a los músicos sino construcciones abstractas. El gran espacio del Fòrum, y una sonorización de volumen sensiblemente bajo, complicó la recepción de los momentos más delicados, en que cualquier conversación cercana podía impedir oír al grupo.

CARNE FRESCA

La gira actual, que comenzó hace unos días en Ámsterdam, les devuelve a los escenarios tras un silencio escénico de tres años y medio. Y vimos a un Radiohead, como otras veces, al límite de su afectación lírica pero también inquieto y expansivo. Ahí estuvieron esas primeras piezas, desde la intimidante 'Burn the witch', a través de la suavidad de 'Daydreaming' y 'Decks dark', el folk nublado de 'Desert island disk' y los bucles a lo Stereolab de 'Ful stop', con sentidos gemidos de Yorke.

Este es un grupo en el que todos trabajan y ningún instrumentista puede tirar de piloto automático. El repertorio no es estable, y hubo tempranas incursiones en discos como 'Kid A' ('The national anthem') y 'Amnesiac' ('Pyramid song'), así como una rareza de los 90, 'Talk show host'. El cancionero más célebre, el de 'OK computer', se abría paso con la encantada 'No surprises'.

El grupo de Oxford fue el Himalaya de una jornada en la que hubo casi de todo, exotismos incluidos: la turca Selda Bagcan, 45 años de carrera a sus espaldas y un comprometido currículo (fue encarcelada en los 80 por el régimen militar), que lució aires de encantadora ama de casa e hizo bailar con sus ritmos orientales de original tratamiento, mezclando guitarra eléctrica, laúd y saxo. Temperamento vocal sin malabarismos.

En el Auditori Rockdelux, llenazo de Cabaret Voltaire, arropando su retorno tras dos décadas de inactividad. Richard H. Kirk optó por un menú radicalmente moderno, con material nuevo que reflotó su marca histórica en la electrónica de Sheffield, con simpatía original por el dadaísmo y flecos industriales, en un espectáculo audiovisual obsesivo con insinuaciones políticas.

Robert Forster tuvo menos quórum aunque el medio patio de butacas ocupado le arropó con calidez en un pase a la altura de su prestigio. Luciendo su reciente 'Songs to play' e imprimiendo una mezcla de severidad y emotividad, moviéndose de lo lírico a lo oscuro en piezas como 'Heart out of tender' y las citas a The Go-Betweens'Finding you' y 'Too much of one thing'. Otro de su quinta, también ex de un vehículo venerable, Everything But The GirlBen Watt, mostró entidad entre los pliegues de 'Fever dream'con elaboradas tramas de guitarra de Bernard Butler, el que fuera componente original de Suede. Mucha credencial sobre la mesa, sí, pero nada de supergrupos patilleros: con sentido y sensibilidad.

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