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ÚLTIMAS ESTAMPAS

El Picasso octogenario que celebró el erotismo

Una exposición en el museo barcelonés del artista reúne la apabullante serie '156 grabados', donde la mujer desnuda es la gran protagonista

Anna Abella

Autorretrato desdoblado, uno de los grabados de Picasso, de 1970, expuesto en el museo barcelonés del artista malagueño.  / SUCESIÓN PABLO PICASSO VEGAP

Autorretrato desdoblado, uno de los grabados de Picasso, de 1970, expuesto en el museo barcelonés del artista malagueño. 
Maison Tellier. La fiesta de la madame. Búho. Degas apoyado en la pared, uno de los grabados de Picasso, de 1971, expuesto en el museo barcelonés del artista malagueño.
Burdel. Charlatanas, con loro, Celestina y retrato de Degas, uno de los grabados de Picasso, de 1971, expuesto en el museo barcelonés del artista malagueño. 

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Degas tras un cristal, apoyado en una pared, con la nariz roja, con chaqué, fantaseando, divirtiéndose, imaginando, pensativo, soñando, atónito… siempre rodeado de desinhibidas prostitutas, utilizado como un ‘voyeur’ que le presta sus ojos por un Picasso octogenario y nonagenario (entre 1968 y 1972), sabedor de que ha perdido la “potencia sexual pero le queda la potencia creativa” para mostrar sus fantasías. Es el Picasso de la melancolía del deseo frustrado y la virilidad perdida y “el Picasso de la mirada”, cuenta con fervor Claustre Rafart, comisaria de la exposición ‘Los 156 grabados’, que hasta el 4 de septiembre reúne la celebración del erotismo que el artista malagueño (1881-1973) plasmó en estas estampas, sus “últimos” y apabullantes ejemplos de genialidad y desenfreno realizados directamente sobre cobre. 

MUJERES EXHIBIÉNDOSE

La serie es “como una película de su vida”, apunta Rafart, con el tema dominante de la “mujer desnuda que se exhíbe de manera exhibicionista” pero también con el tema del pintor y la modelo en todas sus variantes y con la aparición de muchos personajes. “Es la serie de la citación, porque dibuja antepasados, coetáneos, a sí mismo en autorretratos, a su padre, sus mujeres... y se cita con su propia obra en referencias a ‘Las señoritas de Avignon’ o a ‘La Suite Vollard’, y cita a sus referentes, como Rembrandt, Goya, Ingres, Delacroix, Manet, Velázquez y, sobre todo, Degas”.

Un Degas tras cuya mirada Picasso entra en 38 de las 50 ocasiones en que recrea estampas de burdeles de la ‘maison close’, con los que homenajea el cuento ‘La maison Tellier’, de Maupassant. Un Degas que tiene un físico muy parecido al del padre del pintor, don José, que tuvo un papel muy importante en los inicios del artista, quien así lo “revive” en el grabado calcográfico de su juventud y con el que, ahora en la vejez, parece cerrar un círculo. 

Expuestos en orden cronológico, son en realidad 155 grabados de la serie 156, una de las dos grandes que Picasso alumbró con los hermanos impresores Piero y Aldo Crommelynck (a quienes, en agradecimiento, el pintor inmortalizó en algunos de ellos junto a su familia) y que fue editada por la galería parisina Louise Leiris en 1973. 

"Picasso parece querer luchar contra el tiempo. Tiene aún muchas cosas por decir y le queda poco", explica la comisaria Claustre Rafart

La mayoría de estampas muestran escenas abarrotadas de trazos magistrales pero también, resalta la comisaria, hay otras con figuras solitarias o en pareja, como es el caso de varios grabados de odaliscas. Se aprecia en algunas “un punto tragicómico y caricaturesco”, revela Rafart, señalando una en la que comparten protagonismo una Venus estilo Tiziano con un cupido recostado sobre su sexo, ambos dormidos, cuyo sueño no logra interrumpir un músico tocando alocadamente mientras unos espectadores se tronchan de risa.        

El valor de la serie 156 -en la que figuran cuatro 'pruebas Sabartés', dedicadas a él como muestra de amistad- reside también, según Rafart, en el “impresionante lucimiento técnico del pintor-grabador, que es el pintor-creativo, que trabajó en su mayoría con incisión directa sobre la plancha, con el aguafuerte (como su admirado Rembrandt) como técnica dominante, pero también con aguatinta al azúcar o la punta seca”.

UN MICROCOSMOS EN CADA ESTAMPA

Burdeles, celestinas, odaliscas, faunos, escenas bíblicas de Salomé y Betsabé, señores del siglo XVII, alguna evocación a Cleopatra, escenas de baño... cada estampa “es un microcosmos”, resume Rafart, donde Picasso parece “luchar contra el tiempo porque tiene aún tantas cosas por decir y le queda tan poco tiempo... El cerebro le corría más que la mano, necesitaba explicar todo lo que tenía dentro”. El último grabado, del 25 de marzo de 1972, un año antes de morir, muestra a una mujer con un espejo. “La última reflexión: la belleza, el deseo, la mujer en su vida...”.  

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