UNA DE LAS FIGURAS MÁS INFLUYENTES DE LAS LETRAS LATINOAMERICANAS

César Aira: "Si un escritor no es raro, entonces ¿qué demonios es?

El autor argentino, jaleado por Patti Smith y a quien Carlos Fuentes vaticinó el Nobel, presenta su Biblioteca

César Aira, en un céntrico hotel madrileño. 

César Aira, en un céntrico hotel madrileño.  / JUAN MANUEL PRATS

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"La forma en la que Aira crea tensión es única; logra llevar la situación más banal a tal punto que ocasiona una estampida humana". Así intenta desvelar Patti Smith las misteriosas y enloquecidas maneras literarias del no menos excéntrico escritor argentino César Aira en un artículo ditirámbico en 'The New York Times'. La madrina del punk  llegó a Aira a través de su adorado Bolaño que dijo del argentino que era "uno de los tres o cuatro mejores autores que  escriben en español". Desde entonces ha llovido mucho. En la actualidad, Aira cada vez crece más internacionalmente. Publicado en Estados Unidos por la prestigiosa New Directions, recibió a finales del año pasado el Premio Roger Callois en Francia. Random House le ha dedicado una colección, que apenas integra una pequeña parte de los 80 títulos (todos muy breves y a una media de unos 3 o 4 por año) de su bibliografía. El encuentro con el escritor es en Madrid, donde acaba de presentarla. Está receptivo, habla lentamente y muy, muy bajito, se diría que casi para sí mismo, como paladeando las palabras, pero hay que filtrar estas por el tono zumbón y humorístico que las acompaña. Todavía está por cumplirse la profecía de Carlos Fuentes que le imaginaba recibiendo el Premio Nobel en el 2020.

¿Se siente representado en estos títulos de la Biblioteca César Aira? Es difícil decirlo porque cuando termino de escribir un libro lo dejo en una carpeta y cuando algún editor insiste que quiere uno se lo doy y me desentiendo de él. Hace unos 10 años que tengo agente y ya prácticamente no sé qué  libros están en una editorial o en otra. Mi agente se ocupa del resto del mundo y en la Argentina es todo gratis para mis amigos, los pequeños editores independientes, que me lo permiten todo, incluso que una novela tenga 30 páginas.

Así que no mira nunca atrás. A  veces me olvido de lo que he escrito y lo vuelvo a escribir. Una vez estaba redactando una anécdota de mi infancia y sucedió que fui a México y un actor leyó un viejo libro mío y cuando leía me di cuenta de que esa misma anécdota era la que estaba escribiendo yo. Y con las mismas palabras.

Una especie de Funes el memorioso de sí mismo. Sí. Tengo fama de tener memoria de elefante porque puedo reconstruir escena por escena películas que he visto hace 50 años. La mía es una memoria narrativa.

No sé si la narratividad es la intención que le guía. Los muy delirantes finales de sus novelas suelen  dejar al lector en ascuas.  Sí, creo que hay algo más que una prosa informativa en mis historias hay una voluntad… no quiero decir poética porque está muy gastada la palabra, pero se acercaría, sí.

Acaba de publicar una conferencia suya, 'Sobre el arte contemporáneo'. Tantos años creyendo que es un escritor y ahora resulta que es un artista visual, un dadaísta literario.  Mi imaginación funciona visualmente. En general toda mi obra es muy intuitiva inclusive cuando me pongo teórico o a  filosofar en medio del relato. Eso no es muy serio ¿no? (ríe). Pero si suena bien está bien.

En ese libro habla de su pasión por Duchamp. ¿Puede ser este una clave secreta de su literatura? Mi pasión por Duchamp me dio en mi primera juventud como a otros les da por la jardinería o la carpintería y aún no se ha aplacado. Por él no se puede sentir la admiración que produce Picasso o Klee, Duchamp irradia una fascinación fría.

César Aira

"Tengo fama de tener memoria de elefante porque puedo reconstruir escena por escena películas que he visto hace 50 años. La mía es una memoria narrativa"

¿Cree que usted también provoca eso, una fascinación fría? No, lo mío es más bien una feria. Un diorama con una gran cantidad de objetos, unos más raros que otros, coloridos, que giran y hacen musiquitas.

Ya se está explicando como un artista plástico. ¿Sigue escribiendo una página al día en los cafés de su barrio, Flores?  Escribo en los cafés porque necesito levantar la vista cuando estoy escribiendo porque necesito que se ventile el cerebro mirando a la gente, a los autos, llamando al mozo [camarero]… No me gusta el ordenador, como dicen ustedes, porque hace la escritura demasiado fácil.

Antes se enorgullecía de no corregir nunca. ¿Ha cambiado? Hay escritores que prefieren lanzarlo todo como salga y después hacer el pulido. No es mi caso. Yo escribo lento, pensando cada palabra, intentando buscar cada dos o tres líneas un punto de atracción, un pequeño chiste aunque sea de uso interno. Ahora últimamente me he puesto un poco más exigente, sobre todo con los finales, ahora vuelvo sobre ellos e incluso he llegado a cambiar algunos.

Su última novela 'El santo' tiene incluso un final como Dios manda. Porque pasan en ella muchas cosas extraordinarias sino se podría decir que no es de Aira. Yo me siento como Stendhal. Me van a entender dentro de 50 años. Esta es una obra en clave sobre cosas que me han pasado. Pero todos mis amigos la leyeron y nadie se dio cuenta.

¿Podría darme alguna pista más? La clave está en Borges, mucho de lo que he escrito tiene que ver con él. Esa es una pista para una Sherlock Holmes catalana.

Por cierto, los catalanes son los villanos de su novela. Es que tienen fama de fenicios. No sé si merecida o no. En realidad la anécdota pasó. En los siglos XII y XIII este monje con fama de santo quiso irse a morir a su ciudad natal, Verona, pero los catalanes le mataron para no perder el negocio de sus reliquias.

Lo que sí tiene la novela es más sexo que en toda su obra. No quise quedarme como un viejo aburrido.

Usted escribió un libro magnífico cuando cumplió 50 años, en el que decía:  ¡Qué voy a celebrar si todavía no he vivido! ¿Cómo se siente ahora a los 67? Como diría Vargas Llosa, no quiero hablar de mi vida privada (ríe). Ahora ya estoy medio terminado y me suelo decir que lo mío debe ser la elegante melancolía, pero no me sale y se interpone el disparate. Es como el carnicero que le dijo al doctor Johnson: “Muchas veces intenté el estudio de la metafísica pero siempre me interrumpió la felicidad”.

Con la edad, ¿se gana o se pierde? Me estoy refiriendo a la escritura, claro está. Me llamaron para una conferencia en Bolivia y la voy a dar sobre una frase de Felisberto Hernández que dice: "Escribo cada vez mejor, lástima que me vaya cada vez peor". Es lo que pasa. Uno va aprendiendo. Técnicamente lo hago mejor pero las ideas no son tan chispeantes o tengo que buscarlas más. Claro que: ¿para qué se necesita escribir mejor? A partir de cierto momento se escribe para entenderse a uno mismo y creo que eso no se puede llegar a saber si no es escribiendo mejor.

"Ahora ya estoy medio terminado y me suelo decir que lo mío debe ser la elegante melancolía, pero no me sale y se interpone el disparate"

¿Se siente bien leído, bien comprendido? No, todo lo contrario. Tampoco hay tanto de qué leer. Las reseñas de los diarios son superficiales por el que poco espacio que disponen y están mal pagadas y la crítica académica es exactamente eso demasiado académica.

Se han escrito muchas tesis sobre usted. Pero todo eso viene como filtrado por Bordieu, Foucault o Derrida y una lectura en la que yo me sienta entendido tiene que ser de placer.

¿Acaso hay otra? Eso es, el placer es un elemento de la comprensión. No es solo lo hedónico.

Le han reprochado que su literatura se haya mantenido al margen de la realidad. El 99% de lo que se escribe en Argentina tiene que ver con la realidad social, política y económica. Pero siempre hay una pequeña minoría muy fiel que pide otra cosa. Ese es mi 'pequeño jardín' como decía el Cándido de Voltaire.

El jardín del raro de la literatura argentina. ¿Lo asume? Sí, eso de raro no me molesta. Y por otra parte hablar de rareza también es una perfecta estupidez porque si un escritor no es raro, entonces ¿qué es? Algo aburrido, común, como todos los demás. Creo que se debe tener un mínimo de rareza. A veces me llaman rarísimo, pero no creo que sea para tanto.

No quería mencionarle la palabra prolífico porque en una entrevista dijo que sacaría una pistola y se pegaría un tiro la primera vez que se la oyera al periodista. Bueno, he cambiado ahora solo escribo una novela al año. Y después de esta última le estoy haciendo el boicot a mis lectores. Me cansé de ser prolífico.

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¿Cómo? La gota que rebasó el vaso fue una crítica a 'El santo' que salió en un diario de Buenos Aires y que empezaba diciendo: "Otra novela de Aira. ¿Vale la pena leerla? Si cuando la terminemos ya habrá publicado otra". No,  para qué... y seguía así. Y me dio una rabia (ríe). Así que desde entonces no he publicado nada más.

Insólito, Aira el prolífico se ha convertido en Bartleby.  Sí. (Y ríe con ganas).

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