03 jul 2020

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Un drama brutal en lenguaje de signos

Myroslav Slaboshpytskiy habla sobre 'The tribe', su sorprendente película de debut

Juan Manuel Freire

Fotograma de la película ’The tribe’, de Miroslav Slaboshpitsky.

Fotograma de la película ’The tribe’, de Miroslav Slaboshpitsky.

Ciento veintiún años después de que Lumière arrojara a una locomotora contra un público incauto, todavía es posible visitar una sala de cine y recibir un 'shock' en toda regla. La película ucraniana 'The tribe' –desde el viernes en salas y vídeo 'on demand'– sorprende con sus arrebatos de violencia, pero, sobre todo, su originalidad: estamos ante un drama brutal contado enteramente en lenguaje de signos. Y no, como avisa un mensaje al principio, "no hay traducción, no hay subtítulos, no hay voz en off".

Por no haber, tampoco hay banda sonora musical. Esta historia de amor, crimen y venganza en un internado para sordos de Kiev se desarrolla ante nuestros incrédulos ojos con el único sonido de las pisadas sobre hojas secas, los golpes, los portazos. "Así era como yo observaba de pequeño a los alumnos del colegio para sordos que había frente al mío", explica el director Myroslav Slaboshpytskiy. "Rodeado por el sonido ambiente, me dejaba embobar por sus gestos. Me parecía un milagro que se pudieran entender así y creía, de hecho todavía creo, que tienen la forma más elevada de comunicación: no necesitan las palabras".

Serán pocos los que podrán comprender todos los matices de 'The tribe': el lenguaje de signos no es igual en todos los países y aquí se usa, claro, la variedad ucraniana. "No sé qué sucederá en España. Sé que en Francia, por ejemplo, los sordos tan solo llegan a entender un 20% del diálogo". Pero lo básico es fácil de captar: chico nuevo (Grigoriy Fesenko) llega a internado; entra a formar parte de una banda; cae rendido al amor de una chica prostituida; el infierno se desata.

Para contar su historia, Myroslav hizo un largo 'casting' de actores no profesionales a través de una red social solo para sordos. También llamó a internados de sordos. El trabajo no fue fácil, más que nada porque el director no sabe lenguaje de signos. "Tenía a un intérprete con una doble misión: traducir mis indicaciones y asegurarse de que el actor decía lo que estaba en el guion".

CASI UN MUSICAL

La película está filmada, en esencia, en largos planos secuencia que por momentos capturan acción (cuidadas coreografías de movimiento y pelea) propia de un musical. Dudaba de preguntarle por 'West Side Story', pero cuando lo hago, no apaga el Skype. "Más periodistas me lo ha comentado. En realidad no soy un gran entendido de los musicales, pero entiendo lo que dicen y he visto esa película". Sus referencias son más del cine mudo, sobre todo de la comedia física de Buster Keaton y Harold Lloyd, "artistas que venían de la pantomima y que se expresan con todo el cuerpo, como los jóvenes de mi reparto".

Myroslav no decidió rodar en planos secuencia para exhibir sutil virtuosismo, sino por necesidad: "Cuando ruedas con lenguaje de signos, no puedes rodar a los actores de espaldas, por ejemplo", explica. "En una película normal puedes detectar la emoción gracias a las palabras y cómo se entonan; mientras que en nuestro caso, si no ves a la persona, no tienes ningún contacto con ella". Por otro lado, no cambiar el punto de vista de la cámara ayuda a que el espectador se sienta parte de la acción: "Es una forma de involucrar al que mira. Es fácil que el espectador imagine que es él quien está detrás de la cámara, quien corre con los chicos, o comete un robo, o lo que sea".

PROYECTO SOÑADO

La idea de la película llevaba con Myroslav dos décadas. Estudió cine en los 90 y, ya entonces, en una época de auge posmoderno, pensó que sería una buena idea hacer una película muda actual, "pero con una buena excusa para que no se usara el lenguaje verbal".

Entonces no tuvo oportunidad de hacerla, y acabó tomando otros derroteros profesionales; a finales de los 90, trabajó como reportero criminal. La década siguiente, rodaba cortos, entre ellos 'Deafness', ya situado en un internado para sordos. "Todos los elementos de mi primer largo ya están ahí. Pero aquel corto me costó 300 euros y para la película necesité ayuda del gobierno ucraniano y el festival de Rotterdam".

Lo siguiente será 'Luxembourg', una historia situada en la zona de exclusión de 30 km alrededor del lugar del accidente de Chernóbil. Después, quizá, la aventura americana: "Tengo un agente en Estados Unidos y leo muchos guiones de Hollywood. Siempre es el siguiente paso tras un modesto éxito europeo. Creo que es algo que todos los directores han de probar, al menos una vez en la vida".