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Juan Marsé: "No sé si llegaré a escribir una novela más"

El escritor barcelonés publica 'Esa puta tan distinguida', una novela sobre las trampas de la memoria

ELENA HEVIA / BARCELONA

El escritor Juan Marsé habla con EL PERIÓDICO coincidiendo con la presentación de su novela Esa puta tan distinguida. / A. BERTRAN / VÍDEO: MÒNICA TUDELA

Entrevista con el escritor Juan Marsé
Juan Marsé en su domicilio de Barcelona.

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Juan Marsé ha recorrido a sus 83 años un largo viaje desde que 'Últimas tardes con Teresa', hace medio siglo, le consagró como uno de los grandes maestros de la literatura en castellano. Y lo celebra con una nueva novela, 'Esa puta tan distinguida' (Lumen), en la que vuelve a convocar a sus fantasmas: el cine como tabla de salvación en una posguerra llena de miserias, la amabilidad de las prostitutas, el humor socarrón, la memoria y sus trampas... pero también aprovecha  -puro estilo Marsé-  para tirar con bala contra la industria del cine que maltrató sus películas y su paciencia y de refilón contra el 'procés' soberanista del que dice estar “harto”.  

¿Por qué ha regresado en su nueva novela el espectro del crimen de Carmen Broto que ya utilizó en ‘Si te dicen que caí’? Cuando tenía 16 años, muy cerca de casa de mis padres, vi el coche donde asesinaron a esta prostituta y el arma del crimen, un mazo de madera. Aquella historia conmocionó a la Barcelona de los años 40, porque se decía que ella era una confidente de la policía, algo que no se demostró. Fue muy seguido por la prensa y también muy censurado. El primer caso que entroncaba un delito común con el poder. Muchos años más tarde conocí al asesino.

¿Al asesino? Sí, un día de 1985 llamó a la puerta de mi casa y se presentó como el asesino de Broto. Quería explicarme lo que él decía que era su verdad. Me acusaba de no haberla contado bien en ‘Si te dicen que caí’, que obviamente era una ficción. Él quería incluso que yo reescribiera la novela. Me impresionó mucho este hombre, por su aspecto: llevaba una gabardina echada por los hombros, gafas ahumadas y una actitud hierática. l e persuadí de que no siguiera adelante con su proyecto de escribir su versión sobre el crimen, porque, le dije, no era nada verosímil. Mantuvimos una buena relación durante años.

¿Esa es su actitud frente a la novela? ¿La realidad no es tan verosímil como la ficción? El escritor trabaja con la vida pero la parte más importante es la inventada. En el libro hago pequeñas declaraciones sobre mi trabajo, como que para mi personaje, y para mí, es más memorable el naufragio del 'Pequod', el barco de ‘Moby Dick’, que el del 'Titanic'. Tras esas dos historias hay un hecho real, también lo hay en 'Moby Dick', recientemente un libro y una película lo cuentan, pero lo sustancial es qué haces literariamente con eso.

De todas formas, el crimen de Carmen Broto es una especie de McGuffin que diría Hitchcock, algo en el fondo irrelevante. Sí, yo digo que es una especie de trampantojo. Empezando por el título porque la puta distinguida, en realidad, es la memoria.

¿Ese es el verdadero tema de la novela, las trampas del recuerdo? Su asesino tiene problemas con la memoria personal. Él ha pasado por Ciempozuelos, donde el doctor Antonio Vallejo-Najera, psiquiatra adepto al franquismo, realizó muchos experimentos para intentar detectar el gen rojo. A mi asesino le borraron la memoria allí, pero no es una vía en la que haya intentado indagar demasiado.  

Usted va un paso más allá y escribe que, en 1982, "el país entero parecía empeñado en convertir la agraviada memoria colectiva en un campo minado". Y el resultado es que todavía no hemos resuelto las cuestiones esenciales y seguimos sufriendo las consecuencias del posfranquismo que todavía está vigente. La Iglesia española todavía no ha pedido perdón por su implicación en el franquismo. Pero es que nadie se lo ha pedido, y esto es lo peor. Es evidente que la democracia no ha podido resolver estas cuestiones. En la novela me he cuidado que estas cosas quedaran implícitas, sin referencias directas.

"La Iglesia española no ha pedido disculpas por su implicación en el franquismo. Pero es que nadie se las pedido"

La novela es también un gran ajuste de cuentas con el cine español, ese colectivo con el que ha tenido tantos desencuentros. Ahí están el productor Andrés Vicente Gómez y los directores José Antonio Bardem y Mariano Ozores. Yo no revelo sus nombres, que el lector se haga cargo. Puede deducirlo si conoce mis problemas con la adaptación de 'El embrujo de Shanghái', pero no es importante. Quería además reflejar esa degradación del cine español de la época que se inicia con una determinada intención política, excesiva a mi modo de ver, y se acaba con una película de destape, de uno de esos directores a los que recientemente han premiado, por cierto, con un Goya honorífico.

¿Este libro es un punto de llegada de muchas inquietudes suyas? Sí, un punto de llegada, casi un punto y final (ríe). No sé si llegaré a escribir una novela más, aunque estoy preparando unos cuentos. Lo cierto es que estoy un poco cansado. Es pesado descubrir cuando terminas un libro que no has aprendido gran cosa del oficio. Cuando era joven y trabajaba como joyero, me enseñaron cosas que servían para siempre, inmutables. En literatura no. Cada vez tienes que plantearte nuevas soluciones porque las antiguas ya no sirven.

¿Lo pasa mal escribiendo? Va por fases. Siempre tengo la sensación de que me cuesta más trabajo que a cualquier escritor medianamente talentoso. Luego descubres que Flaubert se pasaba meses para escribir tres líneas.

¿Qué le ha enseñado la edad? A desconfiar del éxito y a medir mis palabras respecto a hablar de la faena. Antes lo hacía con mis amigos, Barral o Gil de Biedma. Pero no he dado una conferencia en mi vida, se me caería la cara de vergüenza.

¿Imagina cómo le iría a Pijoaparte en la Catalunya de hoy? Me gusta imaginarlo como chófer de algún 'conseller' de la Generalitat, liándose con la esposa de este, pero es difícil porque ya debe rondar los 70 años.

¿Y qué diría del ‘procés’? No lo sé. Catalunya es un país de fantasía. Las aspiraciones de los adictos al ‘procés’ están proyectando una Catalunya que no existe. Todo es un disparate. Estoy harto y aburrido de hablar tanto del asunto. Lo último, ese manifiesto de 250 hombres sabios y doctos para eliminar el bilingüismo. ¿Quién puede negar que es mejor tener dos, tres o cuatro lenguas que una? ¿Cómo en una familia donde se mezclan el catalán y el castellano van a renunciar al segundo? ¿A quién se le ocurre? ¿Con qué derecho? Yo hablo y escribo en la lengua que me sale de los huevos.

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