Ir a contenido

ÓBITO

Imre Kertész, la conciencia después de Auschwitz

El autor de la novela 'Sin destino', relato del horror de los campos nazis, fallece a los 86 años después de una larga enfermedad

ELENA HEVIA / BARCELONA

Imre Kertész, en Barcelona en el 2007.

Imre Kertész, en Barcelona en el 2007. / ELISENDA PONS

Imre Kertész se preparó para su muerte a conciencia. Hace quince años desde que le diagnosticado un parkinson, un proceso lento que le permitió poner sus asuntos en orden. Lo último, la corrección y edición de 'El espectador', diario de la década 1991 a 2001 -justo un año antes de que se le complicara la vida cuando le dieron el Nobel- que se publicará próximamente en Hungría. Poco antes, lo hizo lo propio con ‘La última posada', un libro reflexivo y fragmentario, de claro carácter testamentario, que ahora casi coincide en las librerías españolas - saldrá el 6 de abril- con su muerte, este jueves 31 de marzo, en su ciudad natal, Budapest. Tenía 86 años, y no le había abandonado su ironía judía. En el poema 'Óbito' que cierra el libro escribió: “Un hombre de buen gusto ya no vive a mi edad”.

Siguiendo esa práctica de despojamiento, también anunció hace cuatro años que ya no escribiría más. Porque ya habían muerto los últimos testigos del Holocausto y porque él, consideraba, ya lo había dicho todo sobre un tema, su gran tema, el del individuo intentando sobrevivir al rodillo de la Historia, sobre el que gira toda su obra. En total, siete novelas, y otros tantos libros de ensayo, reflexión y memoria, que apenas encontraron eco en los lectores hasta que los académicos suecos se fijaron en ella y la sacaron a la luz.

EN BARCELONA

Pocos le conocían en el 2002, pero los  periodistas culturales no tenían excusa porque el certero y exquisito Jaume Vallcorba ya había apostado por él y editado su obra maestra, 'Sin destino', y algún libro más, 'Kaddish por el hijo no nacido' y 'Yo, otro' en Acantilado, un sello que siguió prácticamente toda su trayectoria. El Nobel a Kertész premiaba una obra importante pero también distinguía por primera vez con un Nobel -bastante tarde por cierto- a un autor del Holocausto. Léase Primo Levi, Jean Améry, Jorge Semprún o Paul Celan.  

En ‘Sin destino’ que publicó en 1975 con una repercusión nula en su país -pero la buena literatura siempre acaba abriéndose paso-, Kertész traspuso su propia experiencia de quinceañero deportado al campo de concentración de Auschwitz, relatada sin rencor ni estridencias con un detallado distanciamiento. Ese tono muy probablemente tenía que ver con su carácter afable y tímido, que se hizo evidente en su visita a Barcelona en el 2007, por la publicación de su libro de autoentrevistas 'Dossier K'. Vallcorba lo alojó entonces en el lujoso Hotel Miramar y él no dejaba de pasearse feliz y maravillado por sus pasillos, atendiendo a la prensa con una simpatía y un buen humor, sorprendentes en un hombre con su pasado. Y sin embargo, en sus diarios se lee: “Me mata ser un personaje público”.

La palabra Holocausto jamás le gustó al autor húngaro porque imponía una sacralidad a la violencia sórdida de los campos. “Durante toda mi vida me he dedicado a transformar la negatividad de los campos en creatividad. Es un deber vivir después de Auschwitz”, dijo dándole un nuevo sentido a la frase de Adorno para quien la experiencia del campo de exterminio acababa también con toda posibilidad de poesía. Para el escritor, sus libros nacían de una exigencia, haber sobrevivido y ser testigo de la mayor crisis moral a la que se ha enfrentado jamás Europa.

AMOR Y ODIO

No se llevó Kertész demasiado bien con su país, Hungría, para el que en los últimos años ha tenido palabras muy duras para el autoritarismo del presidente Viktor Orban. Para él suponía una especie de puesta al día de la censura que sufrió bajo el poder soviético cuando intentaba ganarse la vida como periodista y publicar sus obras literarias. En los últimos años, el autor se había trasladado a vivir a Alemania, país donde se sentía mejor comprendido y respetado y al que había cedido todos sus manuscritos.Sin embargo, cuando supo que el final estaba cerca, hace poco menos de un año, regresó a casa, a Budapest.

Fragmentos de su último libro 'La última posada'. Diario. 

POSTERIDAD

"Yo también moriré, mis obras también desaparecerán: ha valido la pena crearlas, pero es inútil preocuparse por ellas"  

AUTORES ESPAÑOLES

"Los españoles. Superado. Cuatro escritores, tres de los cuatro muy simpáticos, sobre todo el señor Mendoza".

INSEGURIDAD

"Confusión, miedos, depresión, impotencia, falta de talento. Lumbago. Se estrechan las perspectivas. Simplemente, ‘no se puede seguir...’

GALARDÓN

"El Premio Nobel es, de hecho, repugnante pero me solucionó la vida".

VACUIDAD

"Mi vida es una oracion subordinada a la principal. ¿Y quién pronunciará con voz sonora esa incomprensible oración principal?" 

0 Comentarios
cargando