CRÓNICA TEATRAL

'Don Joan' de los excesos en el TNC

David Selvas monta una desacomplejada y osada versión del clásico de Molière con un soberbio Julio Manrique al frente de un gran reparto

Anna Azcona, Julio Manrique y Xavi Ricart, en una escena de ’Don Joan’, de la Sala Petita del TNC.

Anna Azcona, Julio Manrique y Xavi Ricart, en una escena de ’Don Joan’, de la Sala Petita del TNC. / FELIPE MENA

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José Carlos Sorribes
José Carlos Sorribes

Periodista

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En ocasiones hay que aplaudir, antes que nada, la valentía, la ambición y el riesgo de las aventuras teatrales. Aquellas en las que se quiere aplicar la máxima de dejar huella, lejos de opciones acomodaticias. Algo de eso hay en la revisión de 'Don Joan', de Molière, que presenta David Selvas en la Sala Petita del TNC con todo el papel vendido antes del estreno, como en el 'Hamlet' del Lliure. La fuerza de los clásicos, sí, pero también el tirón de sus protagonistas: el más que consolidado Julio Manrique y el más que emergente Pol López.

Selvas y Manrique, al frente de La Brutal, le han dado un buen meneo, más que una actualización, a un mito del teatro universal: el gran y crápula seductor. Si se trata de poner un clásico al día nada de menudencias parece la idea que guía a Selvas y a su equipo, que no es pequeño precisamente. Hasta cuatro firmas tiene la adaptación (Sergi Pompermayer, Cristina Genebat, Sandra Monclús y el propio Selvas). La versión respeta gran parte del texto, con el momento cumbre del monólogo sobre la hipocresía ("Cuando los vicios se ponen de moda se convierten en virtudes"), pero incluye palabras como 'yoga', 'pilates' o 'churri' en los diálogos.

Con la puesta en escena ocurre otro tanto. El palacio original deja paso a la cafetería de un hotel con pianista incluido (Xavi Ricart). Allí don Joan igual recibe de mala manera a doña Elvira (Cristina Genebat) que seduce a mujeres de menor rango, una jefe de recepción (Anna Azcona) y una camarera (Nausicaa Bonnin), en este caso ante la mirada de su novio (Javier Beltrán). El hotel es también refugio cuando le acosan los hermanos de su antigua enamorada.

DE LA COMEDIA A LA OSCURIDAD

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Lo primero que gana al espectador es la magnífica escenografía. Tan amplia que necesita de figurantes convocados entre el público para acompañar, sentados en mesas durante la primera parte, a los ocho intérpretes. No es igual de fastuosa que en las 'Tragedias romanas', de Ivo van Hove que se vieron en el Grec-2013, pero casi. El tono de comedia sobrevuela de salida la adaptación con un don Joan algo hortera y que lleva por la calle de la amargura a su criado Sganarelle (Manel Sans, hombre de moda del teatro catalán). Doña Elvira, mientras, viste acorde con su condición como una estudiante de un colegio de monjas.

Un magnífico cambio, bajo la música de 'Sympathy for the devil', deja paso a una segunda parte oscura -en todos los sentidos-, de dramaturgia atropellada y demasiados detalles de dirección. El descenso a los infiernos de don Joan es confuso, como la aparición de su atribulado padre (Lluís Marco), y el cierre, de un efectismo algo exagerado. Pero acaba quedando el buen regusto de una osada propuesta y un gran reparto, con un soberbio Manrique. Está en el punto justo cuando podía haber caído víctima de la desmesura de este desacomplejadamente moderno 'Don Joan'.