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CRÓNICA

Antonio Orozco, con calor familiar en el Liceu

El cantante de L'Hospitalet se llevó el Gran Teatre por delante con sus éxitos y el pulso pop electrónico de su nuevo disco, 'Destino'

Jordi Bianciotto

Antonio Orozco, el sábado, en el Liceu.

Antonio Orozco, el sábado, en el Liceu. / Suite Festival/ José Irún

Antonio Orozco se disponía a actuar en el Palau Olímpic de Badalona el pasado diciembre cuando el ayuntamiento prohibió los conciertos en ese recinto aduciendo motivos de seguridad, lo cual desplazó la cita al Liceu. Un espacio mucho más pequeño, colmado este sábado de fans que se sintieron así privilegiados y disfrutaron de la cercanía y de su cálida, diríamos que ardiente, relación con el cantante de L’Hospitalet.

Todo en Orozco es fogosidad, desde su entrada en escena, corriendo y agarrando el micro al vuelo para abordar la primera canción, 'Mírate', hasta esos estribillos construidos para levantar al público de sus asientos, efecto alcanzado desde el minuto uno, pasando por su canto en primera persona, que apela a emociones, expiaciones y anhelos. Ropa de calle, vaqueros y cazadora, lejos de un perfil de personaje, de estrella, cultivando la identificación inmediata, aunque con destellos de una formalidad de antes, hablando a la audiencia de usted.

POP Y ELECTRÓNICA

Pero su nuevo disco, 'Destino', que aportó casi la mitad del repertorio, refuerza el paulatino alejamiento de sus inicios: muestra a un Orozco más elaborado, más homologable con un canon sonoro moderno, rebajando las aristas de cantante de barrio un poco asilvestrado que lucía en sus primeros trabajos, más pop y más 'Brit'. De los melismas aflamencados de aquella época queda un reflejo, una vaga querencia, y las nuevas canciones incorporan vistosos arreglos electrónicos.

En el Liceu salió a conquistar, a consumar y celebrar su vínculo con esos, y más aún, esas fans que le tratan como a uno de los suyos. Había un aire de celebración familiar que Orozco llevó un poco más lejos abrazando a su madre después de 'Pídeme' e informando de que el percusionista de su banda es su hermano pequeño Marcos. Formación, esta, amplia y contundente, con la guitarra de Pedro Javier Hermosilla reforzando un sonido que se escoró hacia planos de rock y electrónica en la transición de 'No hay más' a 'Devuélveme la vida', no lejos de las avenidas trazadas por U2 y Coldplay.

AZÚCAR A RAYA

Ahí vino el Orozco más distinto, asentando 'Moriré en el intento' en un persistente teclado y, sobre todo, en ese 'Hoy será' bailable y de textura sintetizada. 'Podría ser' aplicó su receta de balada efusiva a una base de guitarras atmosféricas, manteniendo el azúcar a raya, y la culminó cantando sin micro, luciendo poderío pulmonar. Y 'Se me olvidó' sumó capas de sintetizador a un estribillo muy suyo, de diáfanos contornos pop. Material que perfiló un visible contraste con los rescates de 'Te esperaré', 'Que me queda' (que culminó con un guiño rockero a 'Seven nation army', de The White Stripes) y 'Pedacitos de ti'.

Orozco quiso mostrar su fondo humanitario invitando al público a mandar un SMS en apoyo a la investigación del cáncer infantil del Hospital de Sant Joan de Déu y volvió a confiar en las nuevas canciones en los bises (de la lenta, esa sí, un tanto afectada, 'Mi héroe', al incendio de 'Eres mi mejor casualidad') hasta culminar la sesión con 'Lo que tú quieras'. El Liceu, a sus pies, y una propina final que dispensó a solas, con la guitarra, fundiendo fragmentos de piezas como 'Una y otra vez' y 'Abre la puerta niña'. Convertido ahí, finalmente, en cantautor pero celebrado con el mismo vigor por un aplauso que tardó en extinguirse.