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EXPOSICIÓN SOBRE LA DIVINIDAD MÁS IMPORTANTE Y POPULAR DE LA CIVILIZACIÓN EGIPCIA

Osiris vuelve a la vida en el Egipci

Una muestra con piezas inéditas sobre el dios egipcio de la resurrección inaugura la nueva filosofía expositiva del museo de la Fundación Clos

Anna Abella

El comisario y conservador del Museu Egipci Luis Manuel Gonzálvez, con el sarcófago de Unnefer, una de las piezas estrella de la exposición Osiris, Dios de Egipto. El ser que permanece perfecto. 

El comisario y conservador del Museu Egipci Luis Manuel Gonzálvez, con el sarcófago de Unnefer, una de las piezas estrella de la exposición Osiris, Dios de Egipto. El ser que permanece perfecto.  / VIOLETA PALAZÓN

Sorprende estando rodeada de piezas de entre 2.000 y 4.000 años de antigüedad en la tenue y estratégica iluminación del Museu Egipci oír que una tiene relación con Onofre Bouvila, quien habitaba la Barcelona de ‘La ciudad de los prodigios’ de Eduardo Mendoza. Lo asevera Luis Manuel Gonzálvez, conservador del centro y comisario de la exposición ‘Osiris, Dios de Egipto. El ser que permanece perfecto’, que hasta el 30 de junio mostrará 35 piezas, la mitad inéditas, sobre la divinidad más importante y popular de la civilización faraónica, adorada al igual por ricos y pobres y símbolo de la resurrección.

Un inédito sarcófago de madera, cuyo inquilino fue Unnefer, es la pieza estrella de la muestra, adquirida en subasta hace unos tres meses

“El nombre cristiano de Onofre fue heredado de griegos y romanos, que antes lo tomaron del egipcio Unnefer, que significa 'el ser perfecto', uno de los epítetos que solían acompañar las menciones a Osiris y que aludía a que había conservado todas sus funciones tras la muerte”, explica Gonzálvez ante la pieza estrella de la muestra (no expuesta antes y adquirida hace apenas tres meses en una subasta por la Fundació Clos, a la que pertenece el museo): un gran sarcófago de madera estucada y pintada, del periodo tpolemaico (siglo III aC.), a cuyo inquilino sus padres, Padiset y Sepsesamontakheret, bautizaron Unnefer. Junto a su nombre aparecen grabados otros epítetos de Osiris no menos espléndidos: “Gran Dios” o “Quien preside Occidente”.

MÁS MUESTRAS TEMPORALES

Esta exposición abre una nueva etapa en la fundación arqueológica que preside Jordi Clos y dirige Maixaixa Taulé. El Egipci, que el año próximo celebrará 25 años, ha reestructurado su planta inferior para dar cabida a dos muestras temporales simultáneas que se renovarán cada seis meses en un programa a tres años vista, en lo que es “una nueva filosofía museística”, según Clos, con el objetivo de aumentar la media de 250.000 visitas anuales y ofrecer diversidad didáctica a los colectivos infantiles. Ahora, la muestra de Osiris convivirá con la anterior sobre Tutankamón, que se ha readaptado al espacio.  

  
LA PRIMERA MOMIA

“Osiris cumplía la misión de dar respuesta al pueblo a la pregunta fundamental de ¿qué pasa con la vida cuando llega la muerte?”, cuenta Gonzálvez, para enseguida recordar el no por conocido menos fascinante mito ante un ejemplar gigante de 1821 del Libro de los Muertos, expuesto tras una gran ventana que permite contemplar los vetustos volúmenes de la biblioteca del museo. Reza el mito que Osiris y su esposa y hermana Isis, que representaban “la bondad, la generosidad y la inteligencia”, provocan la envidia y los celos de su hermano Set y su mujer Neftis. Por ello Set invita a Osiris a cenar y a probar un lujoso sarcófago a medida. Una vez dentro, lo cierra y lo lanza al Nilo. “Isis no se resigna y recupera el cuerpo muerto pero Set lo descuartiza y distribuye sus miembros por todo Egipto. Isis sigue sin resignarse, lo recupera y con magia crea la primera momia egipcia y hace posible la resurrección”, relata Gonzálvez. Y ahí la respuesta: “Tras la muerte hay una nueva vida, posible con la momificación, que mantiene el cuerpo intacto para que el alma entre y salga de él cuando quiera”.

EL FALO PERDIDO DE OSIRIS

El comisario no olvida el detalle del falo, lo único que Isis no pudo recuperar, pues se lo comió un pez, en concreto un oxirrinco. Pero el poder de Osiris pudo hasta con ello, “concibiendo a Horus, su heredero y su vengador”, lo que legitima “la sucesión de padre a hijo en las monarquías egipcias”.

Imponente se alza una también inédita estatua de magnesita de la dinastía XXVI (664-525 aC.) de un personaje haciendo una ofrenda con la imagen de Osiris. En contraste, tras ella, una minúscula pieza del mismo periodo, que por la delicadeza de sus facciones y su factura es la favorita de Gonzálvez desde que entró a formar parte de la colección del museo: un amuleto del toro Apis de fayenza (cerámica), que no llegó a ser decorado. Relacionado con la fertilidad de la tierra, Apis se convirtió en objeto de culto funerario en la antigua Memfis porque al morir se fusionaba con Osiris. 

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