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CRÓNICA

'Invernadero', una negra farsa sobre los excesos del poder

Mario Gas dirige con ágil pulso en el Lliure la versión de Eduardo Mendoza de esta vitriólica obra de juventud de Pinter

César López Rosell

Javivi Gil Valle y Gonzalo de Castro, en una escena de ’Invernadero’.

Javivi Gil Valle y Gonzalo de Castro, en una escena de ’Invernadero’.

Un Pinter de juventud, pero con el carácter que ha marcado la influyente obra del controvertido Nobel. 'Invernadero' ('The hothouse'), la trepidante, corrosiva y demoledoramente fría farsa negra del autor, se representa por primera vez en Catalunya, después de hacer temporada en el Teatro de la Abadía de Madrid, adonde volverá el 2 de marzo. La obra, escrita en 1958, en la misma época que 'El montaplatos', durmió en un cajón durante 22 años antes de subir a los escenarios con el propio dramaturgo como director. La representación estos días en el Lliure de Montjuïc, con Mario Gas dirigiendo la excelente versión que de la pieza ha hecho Eduardo Mendoza, permite disfrutar de un impulsivo creador que ya había marcado las líneas de su genuino teatro.

No hay un segundo de respiro en esta vitriólica denuncia de los excesos y las rutinas del poder escenificadas en un aparentemente balsámico centro de reposo británico de la posguerra. En realidad, allí nada es lo que parece. En el espacio reina el terror y la aniquilación psíquica de unos pacientes identificados con un número, perfecto símbolo para expresar la alienación del individuo. Técnicas como el tratamiento de 'shock' sirven para exhibir los métodos empleados para someter a los residentes. El feroz restablecimiento de la ortodoxia disciplinaria en manos de una burocracia entrenada para mantener el orden aparece en toda su magnitud.

ATMÓSFERA DE TERROR

Una torre central, con una escalera de caracol, preside la escena. Es un artefacto de aire carcelario que tiene la virtud de situar al espectador en la inquietante atmósfera del relato. La historia transcurre (¡toma sarcasmo!) en las fechas navideñas. El himno nacional británico y las notas de un villancico introducen la acción. El excoronel Roote (un Gonzalo de Castro que da en la tecla de su siniestro y cada vez más pavoroso personaje), director del centro, recibe el informe de la muerte (en realidad, asesinato) de un paciente.

Los cortantes diálogos con su mano derecha, Gibbs (un gran Tristán Ulloa, encarnación perfecta del burócrata sinuoso y viperino) nos sitúan rápidamente en lo absurdo y delirante de la historia. El nacimiento de un niño, fruto de las relaciones de una interna con un miembro del personal del centro, acaba de encarrilar una intriga con muchas variantes que no podemos revelar.

Con este material y un aplicado reparto, Gas edifica un montaje lleno de cambiantes matices y que a veces puede parecer excesivo en gestos y decibelios, pero que en todo momento responde a lo que demanda el ácido texto. Las elevadas dosis de un humor negro que te dejan con la sonrisa helada ayudan mantener el clímax de la narración. Es un Pinter que muestra la caudalosa efervescencia de un autor en sus inicios. No se lo pierdan.