FESTIVAL DE CINE DE BERLÍN

El estridente triángulo amoroso de Vinterberg

El cineasta reúne en 'La comuna' una colección inverosímil de miserias

Alex Gibney presenta en la Berlinale 'Zero Days', un filme que no hace justicia a su talento

De izquierda a derecha, las actrices Martha Sofie Wallstrom Hansen, Trine Dyrholm, Helene Reingaard Neumann y el director Thomas Vinterberg, en la presentación en la Berlinale de ’La comuna’. 

De izquierda a derecha, las actrices Martha Sofie Wallstrom Hansen, Trine Dyrholm, Helene Reingaard Neumann y el director Thomas Vinterberg, en la presentación en la Berlinale de ’La comuna’.  / AFP / TOBIAS SCHWARZ

3
Se lee en minutos
Nando Salvà

Thomas Vinterberg es un director reputado y presencia habitual en festivales a pesar de que después de su segundo largometraje, 'Celebración' (1998) -Premio del Jurado en Cannes-, no ha hecho película buena ni ha atesorado más mérito artístico que uno muy dudoso: su indudable habilidad en el arte de la trampa. 

A decir verdad, el mundo cinéfilo parecía dispuesto a mandar al danés al rincón de la irrelevancia antes de que el imprevisto éxito logrado con 'La caza' (2012) -haciendo trampas, claro- le sirviera a su carrera de respiro. Quién sabe si de no ser por esa bomba de oxígeno su nueva película, 'La comuna', estaría compitiendo ahora en la Berlinale. Por ella y por el hecho de que, a estas alturas parece obvio, este año el festival no ha tenido precisamente ojo clínico a la hora de completar su cartel.

Moore, más de lo mismo

'¿Qué invadimos ahora?', el nuevo documental de Michael Moore, tuvo que presentarse en la Berlinale solo: Moore anunció hace unos días que no iba a poder viajar al certamen por culpa de una neumonía. En todo caso sobran las presentaciones porque la película es más de lo mismo. En ella, Moore viaja por varios países de Europa para descubrir sus medidas socialmente progresistas -permiso de maternidad, vacaciones pagadas- y constatar que en Estados Unidos no hay. Mientras lo hace, constata hasta qué punto su método propagandístico se ha agotado a medida que pasaba el tiempo y su fama crecía. Quienes necesitan que Moore lo convenza probablemente encontrarán su actitud petulante y categórica; quienes no lo necesitan también. Al parecer, no solo es Estados Unidos quien necesita cambiar de medidas. 

COLECCIÓN DE MISERIAS

Sobre el papel, 'La comuna' es la historia de un matrimonio de Copenhague que hereda una enorme casa con jardín y, en lugar de venderla, decide convertirla en hogar colectivo para ellos y unos amigos. Sin embargo, a Vinterberg en realidad no le interesa tanto llevar a cabo un retrato de grupo como poner el foco en un estridente triángulo amoroso para el que el resto de personajes funcionan esencialmente como figurantes, necesarios para dar cierta justificación a la colección de miserias que pone sobre la mesa del comedor.

Pero justificar es algo que no va con Vinterberg. 'La comuna' es un entramado de situaciones inverosímiles y de personajes que no se comportan como gente normal sino como meros títeres de un guion desesperado por impactar en nuestras emociones, como demuestra a la perfección un giro final que trasciende el terreno de la trampa para entrar en el del insulto. Por eso no resulta posible sentirse uno más de la comuna, ni creerse por un instante los dilemas que se le plantean, ni querer saber nada de sus miembros o del tipo que está detrás de la cámara, moviéndoles los hilos.

GUERRA CIBERNÉTICA 

Noticias relacionadas

También Alex Gibney es un autor reputado -obtuvo el Oscar por 'Taxi al lado oscuro' (2007)-, aunque él hasta este miércoles nunca había competido en uno de los grandes festivales internacionales, quizá por el género documental sigue sin gozar del crédito que merece. Es una lástima que este paso adelante lo dé con una película, 'Zero Days', que no le hace justicia a su talento.

Mientras arroja luz sobre un caso de ciberterrorismo llamado Suxnet, diseñado en la pasada década por los servicios de inteligencia estadounidense e israelí para sabotear la industria nuclear iraní, Gibney deja claro que las guerras del futuro -y el futuro es ya- no las libran los soldados y sus fusiles sino los 'hackers' y sus virus, y que son conflictos en los que el enemigo es invisible y no hay convenciones de Ginebra que valgan. Aunque a ratos genuinamente aterradora, la película aplasta casi toda su capacidad para generar tensión bajo montañas de datos que se nos repiten una vez y luego otra y densas explicaciones sobre cómo detectar y decodificar 'malware' o el proceso de producción del uranio enriquecido.