'Ante todo no hagas daño', de Henry Marsh: operaciones especiales

El popular neurocirujano británico relata 25 casos extremos, en que se deben tomar decisiones brutales

'Ante todo no hagas daño', de Henry Marsh: operaciones especiales

JOAN PUIG

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Ernest Alós
Ernest Alós

Jefe de sección de Participación

Especialista en historia, cultura, literatura fantástica y de ciencia ficción, ornitología, lenguas, Barcelona

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Una silla especial, perfectamente calibrada. Adrenalina. Cámaras, láser, un taladro que levanta un disco de hueso, instrumental que se introduce buscando el detonante del mal, evitar una arteria o un nervio óptico, luchar contra la pinza que se ha encasquillado justo cuando tenía atrapado un aneurisma a punto de estallar, evitar cualquier paso en falso que llevaría al desastre, a un nervio seccionado o una hemorragia cerebral masiva y fatal… Tras recibir el agradecimiento de los familiares, el cirujano sale de la prueba conociendo el cielo “tras haberse asomado a las puertas del infierno”. El prestigioso y mediático neurocirujano británico Henry Marsh (Oxford, 1950), especialista en las intervenciones a cráneo abierto con los pacientes despiertos, explica sus operaciones como si fuera uno de los artificieros de ‘En tierra hostil’ regresando de un relevo en Irak, o Tom Cruise esquivando haces de láser en ‘Mission Impossible’.

'Ante todo no hagas daño'

Henry Marsh Trad. de Patricia Antón de Vez Salamandra 352 páginas. 19 €  

Esta faceta, la de cirujano alfa, intrépido enviado a ejecutar operaciones especiales en el interior del cerebro, es una parte de las experiencias que Marsh relata en ‘Ante todo no hagas daño’ (Salamandra). Pero, aunque los títulos de cada uno de sus capítulos sean tan anatómicos (‘Pineocitoma’; ‘Hemangioblastoma’; ‘Neurotmesis’; ‘Meduloblastoma’… y así hasta el 25, ‘Anestesia dolorosa’), cada uno de ellos contiene una historia humana, con síntomas extremos, curaciones milagrosas o desastres inesperados y  lecciones sobre los límites de la medicina, la relación entre médico y paciente o el dilema de operar o no operar cuando el final es inevitable o los riesgos rozan lo intolerable.

Aparte de encararse al peligro de un glioblastoma o un adenoma pituitario, con quien Marsh trata de verdad es con los pacientes o sus familiares. Personas en situaciones extremas, en las que han de decidir si se someten a una intervención con escasas esperanzas y un alto riesgo, o a una intervención que quizá no sea necesaria con un improbable pero posible desenlace desastroso. “Los cirujanos siempre deben decir la verdad, pero rara vez, o nunca, han de privar de toda esperanza al paciente”, dice Marsh.  “Puede ser muy difícil, porque a veces no hay mucha esperanza. Y dar a la gente estadísticas, un 5% de posibilidades, o un 10% de riesgo, no significa mucho.”, añade. ¿Pero la gente le pide porcentajes, no? “Sí, lo hacen. Pero, principalmente, el paciente decide en función de cómo le habla su doctor y qué le recomienda. En teoría el paciente decide, pero en la práctica le damos la decisión”.

DEPENDENCIA PACIENTE-DOCTOR

A veces Marsh parece definir la relación de confianza entre paciente y médico como la de una dependencia casi infantil. “¿Infantil’? Mmmm, no sé, quizás… En cierto sentido, en estas circunstancias todos somos un poco como niños. Es una reacción humana, quieres que el doctor sea alguien en quien puedas confiar y que cuide de ti. A veces no lo he conseguido, pero yo intento tratar a mis pacientes como mis iguales”.

¿Y hasta qué punto la información disponible en internet ha modificado esta relación entre doctor y paciente?: “En mi experiencia no mucho, aunque creo que en otras ramas de la medicina ha cambiado mucho y ha hecho que hay gente que crea que sabe más que su doctor. En neurocirugía cuando vemos al paciente ya tenemos el diagnóstico, ya conocemos el problema, la decisión es solo qué hacer y qué no hacer”.

 Lo que sí le irrita es que el sistema público quiera tratar al enfermo como un cliente. “Es una completa estupidez introducir el lenguaje de los negocios en la relación con los pacientes”, replica. ¿Pero si ellos llegan a sentirse tratados como tales, pasan a exigir a los profesionales sanitarios otro tipo de trato? No, cree que más bien confían más de la cuenta en el sistema público de salud. “Creo que los pacientes ingleses deberían ser un poco más críticos. Aunque los de clase media tienden a recibir mejor tratamiento porque se quejan más”, se lamenta.  Muy crítico con las políticas sanitarias conservadoras, Marsh sostiene que los políticos deberían tener la valentía de plantear a los ciudadanos que deberían pagar más impuestos para mantener el sistema de sanidad público.

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NEURÓLOGOS Y NEUROCIRUJANOS

Marsh, una cara popular en la TV británica, es otro más de los profesionales de la medicina que prosigue con acierto la fértil síntesis entre historia clínica y literatura en la que sobresalió el fallecido Oliver Sacks. Aunque Marsh sea neurocirujano y no neurólogo, lo que en su opinión marca una gran diferencia. Lo suyo es más físico, mecánico. “La cirugía cerebral, a pesar de su complejidad, es algo rudo y que supone tomar decisiones brutales, comparado con la sofisticación de los diagnósticos y de la neurociencia”, alega.  No se pierde en disquisiciones sobre cerebro (“una gelatina blanca”) y mente, y califica simplemente como “una locura” que le pueda decir a un paciente, despierto en plena operación, “este trozo de tu cerebro que estoy tocando es el que ahora me está hablando”. Y hablando de sus colegas: cuando los neurólogos se ponen a escribir, opina tienden a seleccionar sus casos “como coleccionistas de mariposas que coleccionan ejemplares raros”.

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