26 oct 2020

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NOVELA

La elegía librera de Manuel Rivas

El escritor gallego reivindica el futuro de los locales históricos amenazados en 'El último día de Terranova'

"Mucha gente vive sin libros y no le pasa nada, pero la ciudad no existiría sin librerías", sostiene

Ernest Alós

Manuel Rivas, en Barcelona.

Manuel Rivas, en Barcelona. / CARLOS MONTAÑÉS

En tiempos de duelo por el papel perdido del libro y la ansiedad por el futuro de las librerías, proliferan los libros sobre libros, sobre librerías, sobre la escritura de libros, sobre libros perdidos y encontrados. Uno de ellos es 'Los últimos días de Terranova' (Alfaguara), una elegía del escritor Manuel Rivas por la agonía de una librería imaginaria en una ciudad gallega que se parece a La Coruña. ¿Reivindicación necesaria? ¿Luto ante lo inevitable? ¿Un lamerse las heridas con autocomplacencia? "Pienso que no se ha escrito tanto sobre lo que está pasando -replica Rivas-. Y aquí los libros son personajes, son seres vivos, te hacen estar con sus autores y con sus personajes en calidad de iguales. Los libros no están para crear un gueto en el que martirizarse o lacerarse sino que, al contrario, son medios para conocer la historia y la sociedad".

Terranova es una librería fundada en los años 30 por militantes del galleguismo cultural, cuyos responsables sobreviven al franquismo en un exilio interior no exento de culpa y que acaba regida por Vicenzo Fontana, hijo de los fundadores, que arrastra las consecuencias de la polio y que huyó en los años 70 para convertirse en letrista de grupos de rock y punk en Madrid. Regresó a casa tras la dolorosa historia de amor con una exiliada argentina pero la literatura nunca lo abandonó: su gran éxito es una canción, 'Epopoi', en la que el título y el estribillo parecen remitir al 'Oi!' punk cuando de hecho provienen de Aristófanes ("En vez de esclavo tienes que gritar 'epopoi', 'epopoi'...").

LA LIBRERÍA

"Terranova es como una embajada del exilio, como un territorio anfibio al que llegan por distintos procedimientos libros prohibidos y que mantiene la conexión con la diáspora cultural en América", explica Rivas. Pero acaba, no obstante, salvándose del apocalipsis que anuncia ese cartel de liquidación que cuelga en la primera página de la novela.

"Se queda con okupas dentro, convertida en un santuario de animales, de gente que no había leído nunca... No se convierte en un simple local comercial", explica el escritor gallego. Y es que el mantenimiento de las librerías como algo más que un comercio de libros, como un punto de encuentro -"creo que habrá una reacción ante ese fetichismo de lo virtual, esa estafa para vender cacharros; la gente buscará otro tipo de relación"- es, cree, algo tan necesario como inevitable para sobrevivir a una crisis que no es solo comercial.

"Viene dada también por el achicamiento que se va dando de los lugares humanos. Hay mucha gente que vive sin libros y no les pasa nada, pero la ciudad no existiría sin librerías. Las librerías son una metáfora del lugar humano, en el que se da la relación presencial -sostiene Rivas-. Vicenzo dice que la enfermedad que padecen las librerías es un síntoma de lo que nos pasa como sociedad; el modelo de enseñanza que hace que los jóvenes lleguen al final del bachillerato sin haber rozado prácticamente la literatura ni la filosofía no está sustrayendo a la gente un almacén de conocimientos sino la capacidad de sentir y de pensar".