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UN MAESTRO DEL ESTILO

John Banville: "La imaginación es la facultad más poderosa, inventa el mundo"

El escritor irlandés publica su novela 'La guitarra azul' , sobre un pintor que se debate entre dos mujeres

ELENA HEVIA / BARCELONA

El escritor John Banville, en Barcelona. 

El escritor John Banville, en Barcelona.  / JULIO CARBO

Frente a una copa de vino blanco, John Banville (Wexford, 1945), el más respetado de los escritores irlandeses, el mayor estilista de la lengua inglesa, habla de las descripciones que por teléfono acaba de hacerle a su mujer que le espera en Dublín (es decir, a una de las dos mujeres con las que convive, no queda claro quién es, si la esposa con la que está oficialmente casado desde los años 60, la madre de sus dos hijos varones ya mayores, o la compañera con la que vive desde hace 20 años y con la que tiene dos hijas). Las descripciones tienen que ver con los colores que le fascinan de esta Barcelona poco invernal, el verde musgo, el cobre, el arena amarillenta, el gris arcilla. Y no, no ha enviado una foto por whastsapp, los ha descrito con palabras. Es un hombre de palabras y acaba de publicar ‘La guitarra azul’ (Alfaguara / Bromera), la historia de un pintor en bloqueo creativo que abandona a su mujer por otra más joven.

-¿Me equivoco si digo que este libro le ha costado menos esfuerzo que los anteriores? Respira mucha más claridad de lo que es habitual en sus novelas.
-A mí me ha llevado tres años crear ese efecto. Muchos autores se vanaglorian de cuánto les ha costado escribir su obra y lo duro que ha sido, pero yo me enorgullezco de que mis frases sean tan sencillas como para que las entienda un niño de 6 años. Lo que busco, por encima de todo, es la claridad.

-A lo mejor Benjamin Black, su álter ego que escribe novelas negras más ligeras, se ha filtrado en el trabajo de Banville.
-Eso tendrá que juzgarlo el lector. Yo estoy demasiado metido en la obra. Quizá Black le está enseñando a Banville algunas lecciones. No es algo que me guste, prefiero tener a Black y Banville separados, pero no podría jurar que no es así.

-Creo que quiso ser pintor en su juventud. ¿Ha recuperado aquella antigua ambición con Oliver Orme, este obsesivo artista?
-Uf, yo no tenía un mínimo sentido crómatico. Pinté cuadros horribles que por suerte se destruyeron. De aquello no salió nada decente pero me enseñó a ver el mundo de una manera pintoresca, en el sentido pictórico. Me encantan las texturas del mundo, su color, su luz. Esta luz nórdica que hoy tenéis en Barcelona me hace sentir como en casa. Un amigo me dijo que yo era capaz de describir el aire. Para eso me ha servido.

-Orme no es un personaje que inspire confianza. Es un egoísta, mezquino y monstruoso. ¿Cómo se enfrenta un autor a alguien así?
-De todos los monstruos que he creado, él es el más monstruoso. Es como un bebé. Un ego puro.

-¿No quiere a su criatura?
-Le quiero pero no me gusta. Eso es algo que podría decir de mí mismo.

-A Orme le han abandonado las musas. ¿Cree usted en ellas?
-Escribir viene de alguna parte. La imaginación es la facultad más poderosa que tenemos, inventa el mundo, hace que la gente que conocemos se convierta en seres humanos. Creo que lo peor de un monstruo es no tener imaginación, ser víctima de la realidad. Por lo menos una vez al día me pregunto por qué me dedico a escribir historias, una actividad no demasiado madura, algo que hacen los niños. Pero soy un privilegiado. No me imagino una vida mejor. Sí, creo en las musas. Todos estamos a su merced. Nietzsche decía que todo hombre es un artista cuando duerme. Ahí la imaginación se vuelve loca.  Es invención pura.

-Por suerte ahí está la escritura para dar orden a ese caos.
-Sí, pero lo verdaderamente milagroso es que llegue a interesar a cientos, miles de personas. Creo que nunca me acostumbraré a eso.

-Siendo un escritor a quien tildan de difícil resulta aún más milagroso.
-Mis libros son para todo el mundo, yo no escribo para la academia, para los críticos. Escribo para los lectores. Quiero que mis libros se lean. En 1989, con ‘El libro de las pruebas’, me nominaron para el Booker y durante 35 segundos fui famoso. Un día un ciclista me dijo por la calle: "su libro es jodidamente bueno". Eso es lo que me gusta. 

-¿Qué recomendaría a los que le no se atreven a leerle?
-Lo que debemos hacer frente a cualquier artista. Darle tiempo y la generosidad de nuestra atención para que florezca la comprensión, el goce. Esa es la gloria del arte. No puedes mirar ‘Las meninas’ medio minuto y largarte, tienes que observarla bien y ponerte a trabajar mentalmente delante del cuadro. El problema de ser novelista es que todo el mundo se lee una novela solo una vez. A un poema le das más oportunidades.

-Siempre aparecen en sus novelas las relaciones padre-hija. ¿Qué significado tiene para usted, que tiene dos hijos mayores y dos hijas más jóvenes?
-En los libros no hablo tanto de mis hijas como de esas musas que mencionábamos antes. Son personajes fantasmagóricos. Creo que jamás meteré en una novela la complejidad de mis relaciones con mis hijos. Cuando mi hija pequeña, Alice, tenía 9 años (ahora tiene 19), la llevé a Londres a ver 'El Rey León'. Compramos, en Harrods, en Selfridges, regalitos baratos para sus amigas, y cuando volvimos al hotel se dio cuenta de que se los había dejado en un taxi. Fue terrible para ella, y allí vi que se había acabado el viaje. Así que le propuse hacer las compras a toda velocidad en otro taxi porque solo teníamos una hora libre. Me gustaría repetir ese viaje este mes de febrero.

-Sí, pero ella ya no es una niña.
-Noo. Es muy feminista. Una mujer fuerte. Creo que no le gusto nada, me desaprueba.

-¿Le desaprueba?  
-Bueno, las hijas, ya sabe. Ella está en contra de todo el mundo. Mi primera mujer, que adora a mis hijas, me dice que con Alice me ha tocado tener una hija tan decidida como yo. Me gusta que sea así, una mujer fuerte.

-¿Sus hijas le leen?  
-No lo sé. Quiero creer que sí. Es un poco como preguntarle a tus padres si tienen vida sexual. Así que no lo hago. No pregunto. Me da un poco de vergüenza, la verdad.

-¿Y sus hijos?
-Mi hijo mayor sí que me lee. Y además me ha hecho abuelo de dos monstruitos adorables. La niña se llama Ruby Banville. No me diga que no tiene nombre de cantante de blues... Pero...  ¿qué hago contando historias de abuelete? Se supone que soy un novelista serio.

-Pues hablemos de cosas serias. Del peso de la religión católica y de cómo todos sus personajes están aplastados por un enorme sentimiento de culpa.
-Sí, estoy muy enfado por mi crianza en entorno católico. La Iglesia ha destruido a generaciones de irlandeses. Es parecido a lo que ocurrió con el imperio soviético, allí el  partido comunista gobernaba las vidas de los ciudadanos al igual que la Iglesia católica lo hacía con nosotros. Por suerte, en los últimos años esto ha cambiado para los jóvenes. Hace unos pocos años oí a una periodista criticar a un obispo por su indumentaria “ridícula” y pensé que realmente Irlanda ya no era la misma. Unos años antes la hubieran despedido por decir y mantener aquello. A los sacerdotes les odio por el poder absoluto que han mantenido durante años. Cuando yo iba a la escuela, sacaba buenas notas, pero los de las últimas filas, no, y normalmente eran hijos de familias pobres que no podían protegerlos de los curas. Y eso no se lo voy a perdonar nunca. Ni a los obispos, ni a los cardenales, ni al Papa. Les dieron demasiado poder y no les dejaron casarse y esa fórmula es muy dañina...  En fin... no  le preguntes a un irlandés por la Iglesia porque se enrollará demasiado.

-Pero en cierta forma, el pecado, la culpa y todo lo que genera es un buen sustrato para la literatura.
-Y además me ha convertido en un gran trabajador. Expío mis pecados sin apartarme de la mesa del despacho.

-En su novela se menciona el poder de los muertos, de cómo se arremolinan alrededor de los vivos. ¿Tiene eso que ver con su edad?
-Bueno, tengo 70 años. Según la Biblia tendría que estar muerto. El pasado regresa con ternura, con culpa y muy vívidamente. Kingsley Amis dijo que lo mejor que le puede regalar un padre a un hijo es morir joven. Y yo antes de tener 33 ya no tenía padre. Eso es algo en lo que pienso cada vez más. Pienso en lo que no he hecho por la gente que ya no está. En cómo tendría que haberme comportado. ¿Lo haría igual? Posiblemente, sí. Recuerdo el día que tuve que ingresar en una residencia a mi padre, afectado de una leve demencia senil. Camino del centro le expliqué dónde íbamos. No dijo nada. Le resbaló una lágrima. Y pensé, si existe el infierno, estoy condenado. Pero ¿qué podía hacer? Tenía niños pequeños entonces, no podía tener a mi padre en casa... Sí, soy culpable. 

-Tengo una curiosidad, ¿es verdad que reparte su tiempo entre sus dos familias?
-Sí, yo no le veo nada raro. Hay muchos hombres en mi posición. Entre las mujeres, por lo que se ve, no está tan bien considerado. Yo amo a mis dos familias. Soy posesivo como todos los hombres y me gusta verlas y estar con ellas.

-Pero ¿dónde está su domicilio?
- Paso parte de la semana en casa de mi esposa y parte en casa de mi pareja.  

-Hay un bolero que dice: ¿Cómo se pueden querer dos mujeres a la vez y no estar loco?
-Pues debe de ser cierto. Sí, debo de estar loco.

Temas: Libros

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