Lección de intensidad de Rafael Chirbes

La novela póstuma del fallecido escritor, 'Paris-Austerlitz', trasuda una fuerza y una verdad al alcance de pocos escritores

Rafael Chirbes, en Madrid, en el 2014, cuando recogió el Premio Nacional.

Rafael Chirbes, en Madrid, en el 2014, cuando recogió el Premio Nacional. / EWFE / ANDREU DALMAU

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La publicación de una obra póstuma siempre despierta legítimas suspicacias sobre la posible traición a la voluntad del autor o sobre el carácter provisional o incompleto del texto. Por eso vale la pena advertir desde ahora mismo que 'Paris-Austerlitz' está muy lejos de ese fraude de dar a la luz como obra concluida lo que quedó abortado o interrumpido. Rafael Chirbes dejó esta novela lista para su publicación unos meses antes de su muerte, y ni siquiera la aparente precipitación de las últimas páginas puede atribuirse a ese adiós prematuro, porque la brusquedad que transmiten es consistente con el desenlace de la trama. Sí hay que decir, sobre todo para quienes descubrieran a Chirbes en 'Crematorio' (2007) o 'En la orilla' (2013), que 'Paris-Austerlitz' no se suma a esas radiografías amargas de una sociedad agusanada y desesperanzada, sino que entronca con la primera etapa del autor, con el buceo en los desconciertos y pasos en falso del joven profesor de 'Mimoun' (1988), así como coincide en la centralidad del amor homosexual y hasta en la brevedad del libro.

Y es que, en efecto, esta novela se gestó en aquella época, a comienzos de los 90, y ha escoltado a Chirbes hasta el final, con regresos y reescrituras periódicas, durante 20 años. Muchos elementos proceden de ese origen: el narrador veinteañero, el tratamiento de la homosexualidad, el efecto abrasivo de la pasión, el predominio del tono introspectivo.

Otros elementos reflejan al Chirbes más reciente, si bien se encuentran en toda su escritura: el control férreo de la ambigüedad moral, la sutileza con que gradúa la información, la precisión del engranaje narrativo, en el que un dato apuntado fugazmente adquirirá luego importancia capital, el balance entre expresividad sobria y descarnada. Estas virtudes se orquestan aquí armónicamente para narrar una historia amorosa que, como casi todas, lo es también de aprendizaje y de fracaso, de exaltación y de insondable tristeza: la historia de un joven pintor español que marcha a París en viaje de huida familiar y se encuentra con Michel, un obrero humilde que le acoge y, sin que estorben los 30 años que los separan, se enamora de él.

RECUERDOS DESPUÉS DE "LA PLAGA"

El narrador evoca esa historia cuando todo es ceniza, ya de vuelta en Madrid y con otra pareja, Bernardo, pero su recuerdo arranca en el Hôpital Saint-Louis, que es donde se quedó Michel, reducido a un saco de huesos, víctima de la "plaga" (el sida) y esperando la muerte. La novela se instala en el intervalo entre la llegada a la estación de Paris-Austerlitz y el retorno (de ahí el título); apenas disemina pistas sobre la etapa anterior y posterior en una economía informativa muy certera. Pero la intensidad con que se describe la vivencia amorosa no se apoya solo a la concentración temporal sino a la técnica de rescatar la experiencia por oleadas, como un pintor que, con el cuadro en su cabeza, repartiera pinceladas en apariencia aleatorias pero rigurosamente intencionales.

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Poco a poco el escenario de emociones extremas compartido por Michel y el narrador se va perfilando, con sus actores secundarios, como las parejas anteriores del francés (Jeanine, Ahmed o Antonio) o su amigo Jaime. Y en esa reconstrucción, la prosa de Chirbes se flexiona en los registros que cada momento exige, sin que la delicadeza de un sentimiento o la crudeza de una escena de sexo suenen inauténticas. Nada suena impostado en esta novela, donde la montaña rusa de euforia erótica y abatimiento, de elevación y desplome, trasuda una fuerza y una verdad al alcance de pocos escritores.

'Paris-Austerlitz'