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CONCIERTO

Explosivo canto al amor

Gustavo Dudamel, al frente de la Simón Bolívar, y la pianista Yuja Wang deslumbran al Palau con la 'Sinfonía Turangalila' de Messiaen

César López Rosell

Gustavo Dudamel, al frente de la Simón Bolívar, el jueces en el Palau de la Música. 

Gustavo Dudamel, al frente de la Simón Bolívar, el jueces en el Palau de la Música.  / A. BOFILL

Espectacular inicio de la temporada de grandes conciertos sinfónicos del 2016 en el Palau. La interpretación de la monumental 'Sinfonía Turangalila', de Olivier Messiaen, se convirtió en una orgiástica fiesta sonora. La unión de la desbordada energía musical de la Orquesta Simón Bolívar, con el carismático Gustavo Dudamel al frente, y la de la joven y estelar pianista Yuja Wang elevó la recreación de una de las grandes obras del siglo XX a proporciones solo al alcance de una conjunción tan idónea como la de estos vitalistas  intérpretes. La aportación de Cyntia Millar con el instrumento electrónico ondas Martenot completó el lujoso reparto de esta gran velada.

La obra necesita de grandes formaciones capaces de asumir todos los retos que una composición tan colorista y llena de magia tímbrica. El encendido canto al amor y a la alegría de esta pieza, salpicado de momentos de tristeza e inspirados en 'Tristán e Isolda' y en la propia vida del autor, encontró una impactante explosión instrumental en los 180 músicos de la Simón Bolívar y en la implicación de Wang, no solo solista brillante sino también intérprete al servicio del conjunto, tarea a la que se entregó con impecable técnica y una loable inquietud y humildad. Ni siquiera la molesta dificultad surgida en la fijación tras el giro de las páginas de la partitura le hizo perder la concentración.

La empatía de Dudamel con los integrantes de la orquesta surgida del Sistema de Orquestas y Coros Juveniles e Infantiles de Venezuela es tan perfecta que los programas que recrea con la formación desprenden un carácter que no aparece del mismo modo en sus actuaciones al frente de las primeras orquestas mundiales. La sinfonía de Messiaen encontró en todas las nutridas secciones una respuesta vibrante, que se multiplicó con la aportación de los solistas.

No hubo un momento de respiro para un público magnetizado por el desarrollo de los 10 movimientos que incluyen descripciones naturalistas, sublimes momentos camerísticos, grandeza lírica y misticismo en el tributo al amor carnal y etéreo, desplegada en cuatro apartados y rematada al final con una frenética danza demostrativa de la eternidad de sentimiento de los amantes. Más de 10 minutos de ininterrumpidos aplausos y bravos premiaron la actuación de los intérpretes. Inolvidable.

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