David Bowie reaviva su enigma

El cantante inglés vuelve con el majestuoso y experimental 'Blackstar'

El disco está grabado con músicos de la escena jazzística de Nueva York

David Bowie, en una imagen promocional de ’Blackstar’.

David Bowie, en una imagen promocional de ’Blackstar’. / IMAGEN PROMOCION DAVID BOWIE

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Jordi Bianciotto
Jordi Bianciotto

Periodista

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Bowie solo rompe ahora el silencio cuando estima que tiene algo que decir, sin atender a urgencias promocionales ni a un afán de presencia en los medios, y su nueva obra nos lo muestra en modo explorador, estableciendo alianzas con músicos de jazz sin tocar jazz, creando composiciones largas, ajenas a los cánones radiables y llenas de mensajes en clave. El enigma empieza en el propio título, una estrella negra de cinco puntas, pronunciable como ‘Blackstar’, santo y seña para introducirnos en una obra que funde angustia y melancolía, fruto de un visionario de la era rock en las cercanías de la setentena.

‘Blackstar’ verá la luz este viernes, día en que Bowie cumple 69 años, y es su segunda obra tras el lánguido retiro precipitado por su crisis cardíaca del 2004. Si en ‘The next day’ (2013) buscó la complicidad de músicos de confianza, a partir del núcleo de su última banda, aquí rompe con su familia de colaboradores con la alta excepción del productor, Tony Visconti, cómplice intermitente desde ‘Space oddity’ (1969). De su mano ha construido un disco cuya corta duración, 42 minutos, siete canciones, le acerca a otro clásico, ‘Station to station’ (1976), álbum con el comparte cierto espíritu desamparado, metafísico, y un juego de contrastes entre el músculo rítmico y la abstracción vanguardista. Y al igual que aquel álbum, ‘Blackstar’ se abre con una larga pieza-locomotora que ronda los diez minutos.

NUEVAS FRONTERAS

Este Bowie puede evocar aquí y allá a otras versiones de sí mismo, en particular al aventurero de los últimos años 70, pero ‘Blackstar’ no es una obra nostálgica ni un refrito de logros pasados, sino que apunta desesperadamente a nuevos, ignotos, confines. Con una actitud que parece acercarle más que nunca a su admirado Scott Walker a través de piezas con tendencia al misterio, de clima envolvente y lenguaje críptico, pero a la vez dotadas de melodías elegantes en las que lucir carisma vocal.

'Blackstar'  'Blackstar' no es una obra nostálgica ni un refrito de logros pasados, sino que apunta a nuevos e ignotos confines

Los orígenes de ‘Blackstar’ pasan por Maria Schneider, con cuya orquesta grabó Bowie, en el 2014, la pieza ‘Sue (Or in a season of crime), con aires jazzísticos de cine negro, para la antología ‘Nothing has changed’. En los días previos a la grabación, Schneider le animó a acudir a un club de jazz de Manhattan, el 55 Bar, donde actuaba el cuarteto del saxofonista Donny McCaslin. Impresionado por lo que vio, Bowie le mandó diez días después un mail a McCaslin invitándole a que participara en aquella sesión trayéndose con él a su batería, Mark Giuliana. Más adelante, en enero del 2015, McCaslin y su grupo al completo fueron convocados para comenzar a grabar un disco entero, labor a la que se sumó solo un músico de la órbita pop, James Murphy (LCD Soundsystem), que toca percusiones en dos piezas.

PERÍODO DE ACTIVIDAD

‘Blackstar’ fue concebido, según explica Visconti a la revista británica ‘Mojo’, como un disco de rock tocado por músicos de jazz, de un jazz moderno que supera la recreación ‘bebop’. Si bien ‘The next day’ fue una sorpresa, Bowie ya había manifestado en su entorno su intención de hacer otro disco, que se ha hecho realidad en un momento en el que se muestra particularmente activo: una de las nuevas canciones, ‘Lazarus’, da título a un musical del off-Broadway escrito por él mismo junto al irlandés Enda Walsh.

El autor de ‘Heroes’, que ya no concede entrevistas porque considera que sus canciones hablan por él, vuelve a burlar así la idea del retiro con una obra que transpira vitalidad e inquietud creativa, un trabajo difícil de desencriptar en el plano lírico, con el que los ‘bowieólogos’ podrán trazar sus teorías leyendo entre líneas. Este es el análisis del disco canción a canción:

'BLACKSTAR'

El disco se abre con esta composición de 9 minutos y 58 segundos, que avanza desde un ambiente claustrofóbico, sobre ritmo sincopado, abriéndose paso entre pliegues melódicos con trazos exóticos. “En la villa de Ormen sigue en pie una vela solitaria / Y en el centro de todo, tus ojos”, canta Bowie con un aplomo litúrgico, como conduciendo un ritual ocultista. “En el día de la ejecución solo las mujeres se arrodillan y sonríen / Y en el centro de todo, tus ojos”. Una majestuosa, inquietante, apertura con signos apocalípticos y pistas de ciencia ficción.

‘TIS A PITY SHE WAS A WHORE

Sube el ‘tempo’ en una pieza que evoca la obra de teatro del siglo XVI ‘Lástima que sea una puta’, del dramaturgo John Ford. Ritmo musculoso y metales con tendencia histérica. Con aire de réplica oscurecida a aquel ‘Looking for Lester’, del (olvidado) disco ‘Black tie white noise’ (1993).

'LAZARUS'

Bowie, crecido como ‘crooner’ en una pieza reposada en la que dice arrastrar “heridas que se pueden ver” y “un drama que no se puede robar”. Estribillo ceremonioso con reminiscencias de ‘Slip away’ (‘Heathen’, 2002) y fogoso ‘crescendo’ pilotado por el saxo de McCaslin.

'SUE (OR IN A SEASON OF CRIME)'

Nueva versión, reducida (tres minutos menos), de la pieza publicada en el recopilatorio ‘Nothing has changed’ (2014). Ahora más tormentosa y sofocante, sobre una base rítmica poderosa y con un Bowie que extrema su sensación de urgencia. Inclusión justificada.

'GIRL LOVES ME'

Una canción de aspecto más ligero que tiene algo perverso en su interior, en ese estribillo alegre pero diabólico y ese texto saltarín que incorpora ingredientes de ‘La naranja mecánica’ y del argot gay londinense ‘polari’. Misterioso interrogante final: “¿Adónde demonios se fue el lunes?”

'DOLLAR DAYS'

Prolonga y profundiza esta secuencia más liviana con un inesperado tacto acústico, aunque va ganando corpulencia (y fuelle de saxo) en el tramo final, coronado con un injerto de drum’n’bass que enlaza con la canción final. Delicada línea melódica, que entronca con el Bowie de los primeros tiempos y supone un islote en el contexto de este disco de densas texturas.

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'I CAN’T GIVE EVERYTHING AWAY'

Un álgido punto y final, con una tímida armónica alumbrando el camino (como en ‘A new career in a new town’, de ‘Low’, 1977), y un ritmo inquieto en el que emerge la guitarra de Ben Monder, hija del Robert Fripp de ‘Heroes’. Bowie cierra el disco como si se recreara en su personaje. “Diciendo más y significando menos / Diciendo no pero queriendo decir sí / Esto es todo lo que siempre quise / Ese es el mensaje que he mandado”. 

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