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Marcel Schwob, sociedad secreta

El volumen 'Cuentos completos' reúne lo mejor de la obra breve y fugaz de uno de los primeros autores de culto

ICULT  MARCEL SCHWOB

ICULT MARCEL SCHWOB / periodico

ELENA HEVIA / BARCELONA

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Jorge Luis Borges, que lo admiraba, dijo que "en todas partes del mundo hay devotos del escritor Marcel Schwob que constituyen pequeñas sociedades secretas". Schwob es un salvaconducto para unos pocos, un raro en un tiempo, la Francia de finales del XIX, en el que no escaseaban los raros. Ahora la editorial Páginas de Espuma devuelve al escritor gracias a 'Cuentos completos', un volumen que contiene la quintaesencia del autor, su prosa breve, y en su interior, 'Las vidas imaginarias', una de las fuentes de 'Historia universal de la Infamia', reconocida por el propio Borges. El libro ha sido traducido por Mauro Armiño, responsable de la edición y del prólogo.

Fantasioso y simbolista en un momento en el que en Francia solo contaba el realismo de Balzac, Schwob escribió poco para unos pocos, a lo largo de los cinco años en los que desarrolló su carrera. No le dio tiempo a más, murió con 38. Fue moderno, quizá el primer moderno, pero no tuvo discípulos directos. Se le entendió mucho más tarde. Otro de sus devotos, Enrique Vila-Matas, buscó el rastro de sus seguidores y situó en ese equipo a Cunqueiro, a Tabucchi, a Michon y a Bolaño ('La literatura nazi en América' bebe directamente de Schwob).

"En la época en la que Balzac y sobre todo Zola explicaban al individuo desde posiciones económicas, sociales y hasta genéticas, Schwob lo traslada al terreno de la imaginación -explica Armiño­-, o mejor dicho al terreno imaginario situado bajo las cosas reales". Así se saca de la manga un nuevo género, el de las vidas imaginarias, invenciones sobre personajes reales de los que se sabe muy poco. Eso le permite inventar a placer y con suntuosidad. Ahí están la princesa Pocahontas, el pintor Paolo Ucello, el pirata y capitán Kid y los asesinos Burke y Hare. Luego, valiéndose de una hermosa leyenda, la que imaginó a niños de corazón puro trasladados a Tierra Santa para una reconquista pacífica, escribe 'La cruzada de los niños', otra hermosa rareza.

EL HOMBRE DE LAS DOS CARAS

"Schwob tenía dos facetas muy poco coherentes entre sí, -rememora Armiño-, por una parte era un chico serio, un estudioso experto en griego y latín, preocupado por François Villon y la literatura británica. Por el otro, un perdulario, amigo de las juergas que compartía con el escritor Jean Lorrein, un incansable bebedor de éter, la droga más popular de la época".

El autor enfermó pronto sin que aún hoy se sepa exactamente el origen del mal. Al final de su vida, ya muy castigado, decidió cumplir su último deseo y visitar la tumba de su admirado Robert Louis Stevenson en Samoa. Logró llegar hasta la isla, mal que bien, pero tan deteriorado que ni siquiera tuvo fuerzas para desplazarse hasta el túmulo. Dio media vuelta nada más pisar tierra y sus impresiones están recogidas en ‘Viaje a Samoa’, que no se incluye en este volumen.

En París le esperaba Marguerite Moreno, la actriz más respetada del momento, con la que se había casado diez años atrás y a la que en tiempos más efervescentes había escrito en un billete: "Estoy enteramente a discreción de Marguerite Moreno y ella puede hacer de mí lo que le plazca, incluso matarme". Todo un personaje, Schwob.

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