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Raphael total en el Liceu

El cantante ofreció un apoteósico recital en el Festival del Mil·lenni arropado por la Simfònica del Vallès

Jordi Bianciotto

Raphael, durante el concierto del lunes 21 de diciembre en el Liceu.

Raphael, durante el concierto del lunes 21 de diciembre en el Liceu. / XAVIER MERCADÉ

Hay artistas, más últimamente, que dicen sentirse incómodos con las distancias entre escenario y público, y que invocan la cercanía llana del tú a tú, una actitud a la que este lunes, en el Liceu, Raphael respondió a su manera, pura vieja escuela, recordando que él es un ídolo que desea serlo, autorreferencial y jerárquico. Convirtiendo cada estrofa en una página de su vida para alumbrarnos con sus golpes de autoridad y cubriéndonos graciosamente con una lluvia de polvo de estrellas. Fue una exhibición total, imperativa, la del cantante de Linares en el recital ‘Sinphónico’, a lo largo de casi tres horas de arrebato, romance y drama.

Cantar con una orquesta, la Simfònica del Vallès, dirigida por Rubén Díez, propuesta enmarcada en el Banc Sabadell Festival del Mil·lenni, puso a Raphael en una posición interpretativa exigente, sin una batería que le marcara el ‘tempo’, colocando su voz y sus letras en un primerísimo plano para que pudiéramos degustar declaraciones como la de ‘Ahora’, la primera pieza. “Todo lo que en el mundo yo he amado / es una canción, un teatro y a ti”. Canción, teatro y una puesta en escena poco campechana: potentes focos que lanzaban haces de luz cruzados, al suelo y al techo, más encaminados a esbozar un aura épica que a cumplir con la ordinaria misión de iluminar.

FUERA CORBATA

Y un Raphael que lució poder vocal, solo un poco erosionado en el tramo final, siempre a juego con su sentido integral de la interpretación, apuntando a la cúpula del Liceu con el índice para enfatizar que sigue siendo “aquel”, “el mismo Raphael de siempre”, añadió a la letra fundiéndola con su vida, extendiendo los brazos, cerrando el puño para expresar rabia, dejando su mirada suspendida en el infinito. Liberándose de la corbata y desabrochándose la camisa en la séptima canción, ‘Digan lo que digan’. Antes ya había caído ‘Mi gran noche’, versión de Adamo con signo yeyé, que tan feliz hizo tiempo atrás a Alaska.

Se alió con el pianista en ‘Volveré a nacer’, pasando “de la niñez a los asuntos” (y modificando de nuevo la letra: “desde que tenía catorce años, cantando canciones como esta”), y luego con el guitarrista al evocar a Violeta Parra en ‘Gracias a la vida’. Sondas de profundidad como ‘Desde aquel día’ y ‘Maravilloso corazón’, donde, en un arranque de ardor, le quitó la batuta a Rubén Díez para dirigir él mismo la orquesta. Más guiños latinoamericanos (el tango ‘Nostalgias’, el vals peruano ‘Que nadie sepa mi sufrir’) y tintineos navideños: ‘Te deseo muy felices fiestas’, suave y perfumada como un clásico de Bing Crosby, ‘Ven a mi casa esta Navidad’ y ‘El tamborilero’ con los regalos de su “humilde zurrón”.

PLENITUD Y DESVARÍO

Se abrió paso un Raphael enganchado al escenario, que no lo soltaba, estirando el recital con ‘En carne viva’, ‘Escándalo’, ‘Ámame’…, dando más y más, viéndose aplaudido hasta por el director de orquesta. Público ‘raphaelista’ en pie, disfrutando de un momento en el límite de la plenitud y el desvarío: el cantante, rompiendo una luna de cristal en ‘Frente al espejo’ y cerrando con ‘Como yo te amo’, de Manuel Alejandro, 38º canción de la velada. Faltaban cinco minutos para medianoche y Raphael lo dejó ahí quizá movido más por la razón que por el corazón. Este martes repite recital, y los que le quedan, según advirtió: “Yo voy a volver a Barcelona todos los años”.

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