18 sep 2020

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ESTRENO TEATRAL

Peter Brook y Kathryn Hunter asombran en el Temporada Alta

El maestro y la actriz fascinan en Girona con 'The valley of astonishment'

IMMA FERNÁNDEZ / GIRONA

Un momento de la representación de ’The valley of astonishment’, con Kathryn Hunter a la derecha.

Un momento de la representación de ’The valley of astonishment’, con Kathryn Hunter a la derecha.

A sus 90 años, Peter Brook, el gran maestro de la escena contemporánea, sigue sorprendiendo y maravillando. Ese es el objetivo de su teatro, según sus propias palabras, y así sucedió el sábado en el Festival Temporada Alta con el estreno de  ‘The valley of Astonishment’ (El valle del asombro)su última inmersión en los desconcertantes senderos de la mente.

Ya en la década de los 90 Brook se adentró en los laberintos del cerebro en ‘El hombre que’ (inspirado en episodios clínicos expuestos por Oliver Sacks en ‘El hombre que confundió a su mujer con un sombrero’) y en ‘Je suis un phénomène’ (Yo soy un fenómeno), pieza basada en las investigaciones del neurólogo ruso Alexander Luria sobre el caso real de Salomon Shereshevsky, un prodigio nemotécnico que ahora el creador británico y su fiel colaboradora, Marie-Hélène Estienne, han rescatado y transformado en Sammy Costas, la protagonista de su valle del asombro.

VIAJE SENCILLO Y DELICIOSO

Un fenómeno es también la actriz y directora Kathryn Hunter, que recrea el traumático descenso al yo consciente de Shereshevsky, periodista que, al conocerse su portentosa memoria, es despedido del trabajo y empujado a ejercer de ‘monstruo’ en un espectáculo de magia. La imponente voz y gestualidad de Hunter fascinan desde el primer minuto tanto como la historia que cuenta en un montaje que el creador de la exquisita ‘The suit’ (aplaudida el pasado año en el festival de Girona) firma con su característica economía de trazos y medios.

Es un viaje sencillo, delicioso, poético y compasivo. Un puñado de sillas (ahí el público debe ejercitar su imaginación para componer los escenarios), dos músicos y el talento descomunal de Hunter (premio Laurence Olivier por 'The visit') son suficientes para atrapar al espectador y llevarle por los desconocidos valles y montañas de la sinestesia. Por la mente increíble, y sus efectos colaterales, de unas personas con la habilitad de percibir mediante un sentido estímulos normalmente perceptibles mediante otro. O sea, se les activa simultáneamente dos sentidos con estímulos destinados solo a uno (asocian palabras y cifras con imágenes; música con colores; colores con sabores…). Un don con trampa, como les sucede a muchos superdotados.

OÍR LOS COLORES

Brook salpica la función con referencias al poema persa ‘La conferencia de los pájaros’, de Farid Al-Din Attar y otros casos, como el del pianista y compositor Aleksandr Skriabin, que se jactaba de poder oír colores, o de un mago (inspirado en el ilusionista manco René Lavand) que le permite romper la cuarta pared, interactuar con el público y acentuar el humor. Un estupendo Marcello Magni y un Héctor Flores Komatsu menos acertado dibujan a esos personajes aunque la máxima atención recae en el caso clínico de la señora Costas.

Costas es capaz de recordar múltiples cifras y palabras al asociarlas con imágenes. Vivía feliz hasta que le colgaron la etiqueta “Yo soy un fenómeno” se dice asombrada, y pasa de periodista, a mono de feria y cobaya para los científicos. Por el camino, va acumulando montañas de datos e imágenes hasta caer en el precipicio: “¡Ayúdenme a olvidar. Mi memoria me asfixia!”, grita desesperada. Un caso paradójico pero igual de angustiante en los tiempos del alzhéimer.