Ian McEwan: culpable de inocencia

'La ley del menor', última novela de Ian McEwan se sustenta en la lucha entre la razón y la fe

 Ian McEwan, en el  Hotel Condes de Barcelona, en el 2013. 

 Ian McEwan, en el  Hotel Condes de Barcelona, en el 2013.  / RICARD CUGAT

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SERGI SÁNCHEZ

A primera vista da la impresión que 'La ley del menor' trata de la eterna lucha entre la razón y la fe. Podría decirse incluso que Ian McEwan habla del fundamentalismo islámico escudándose en la filosofía excluyente, sectaria, de los Testigos de Jehová. Después de todo, vivió su infancia en Libia, escondió en su casa a Salman Rushdie durante la fatua y en 2008 proclamó a los cuatro vientos que detestaba la sociedad que quería crear el islamismo radical. Y sin embargo no todo puede ser tan sencillo, dado que los personajes que representan la razón (la jueza del Tribunal Supremo Fiona Maye, que, a sus 60 años, está pasando por una crisis matrimonial que parece definitiva) y la fe (Adam Henry, a punto de morir por la religión en la que ha sido educado, y que concibe la transfusión de sangre que le salvará de la muerte por leucemia como una violación de lo más sagrado) experimentan todo aquello que sustenta la literatura de McEwan –el dilema moral cargado de ambiguas consecuencias, las relaciones de poder y deseo entre alguien que es víctima de su rigidez y alguien que se deja llevar por la locura- en un par de escenas climáticas, que pueden saber a poco para los que esperan un desarrollo dramático más expansivo pero que funcionan a la perfección como puntos de giro, tan eficaces como los que convertían, cada una en registros muy distintos, en excelentes novelas a 'Chesil Beach' y 'Expiación'.

La frialdad en el tono, la objetividad de informe judicial de la prosa, está plenamente justificada: después de todo, 'La ley del menor' está narrada desde el punto de vista de una jueza cuyas sentencias, de divorcio o de custodia compartida o de derecho a la vida, modifican para siempre los destinos de quienes la observan, impertérritos o nerviosos, en plano contrapicado. Puede parecer que  McEwan ha puesto el piloto automático, aunque nada más lejos de la verdad: explorando los pensamientos de Fiona, resquebrajados por la petición de permiso de su marido para tener una aventura, entendemos la lógica implacable de una mujer que ha antepuesto su trabajo a su vida personal, y cuyo sentido de la justicia choca con las pasiones de la vida real. En ese sentido, si el personaje de Adam Henry es un cliché romántico, un poeta adolescente que confunde una excelente profesional con una guía espiritual, lo es porque funciona casi como una idea, como una fantasía de liberación que pone en vereda a Fiona a la vez que se revela como réplica inexacta del fracasado ‘affaire’ amoroso de su marido. No se trata tanto de encontrar los puntos débiles de la fe fanática, que brillan por sí mismos, sino de desenmascarar la falsa fortaleza de la razón cuando se topa con algo que escapa a su entendimiento. Al final, es el lector el que no sabe quién es culpable o inocente, y en esa ambigua ambivalencia, que deja un poso de inquietud y amargura tan típico en la literatura de McEwan, tampoco sabremos si la experiencia que ha vivido Fiona le ha servido para entenderse mejor a sí misma o para meterse definitivamente en su celda particular y tirar la llave. Así es la vida según el autor de 'El jardín de cemento': no hay más que noche y niebla ante nuestros ojos.

LA LEY DEL MENOR / LA LLEI DEL MENOR Ian McEwan  Trad. 

 Jaime Zulaika / Albert Torrescasana

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 211 págs. 17,90 €