ENTREVISTA

William Boyd: "Solo la fotografía tiene el poder de detener el tiempo"

AcraGhana, 1952. Publica ‘Suave caricia. Las muchas vidas de Amory Clay’.

Es un escocés nacido en África distinguido y afable que antes que escritor quiso ser artista plástico, una inquietud que pervive en los temas de sus narraciones. Jugando a comparar, Boyd sería el Graham Greene del siglo XXI. Un autor clásico y habilidoso.

El escritor escocés William Boyd, días atrás en Barcelona, donde presentó su última obra.

El escritor escocés William Boyd, días atrás en Barcelona, donde presentó su última obra. / CÉSAR DEZFULI

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ELENA HEVIA

Hijo de un médico escocés experto en medicina tropical. Como buen británico, Boyd nació y creció en el África colonial, rodeado de sirvientas y cocineras. Tras unos años en Ghana, sus padres se trasladaron a Nigeria donde la familia fue testigo de la guerra de Biafra.

Vive con su mujer desde hace 30 años en una mansión en Londres y tiene una granja en Bergerac, Francia, desde donde comercializa su propio vino.

Su frustrada vocación por la pintura está en el origen de su colección de arte contemporáneo. El pasado año se publicó ‘Nat Tate’ (Malpaso), falsa biografía de un inexistente artista que presentó en el estudio de Jeff Koons, acompañada de elogios de David Bowie. Más tarde reveló la estratagema.

Es posiblemente el más británico de los autores británicos porque al contrario de sus congéneres -los Martin Amis, Julian Barnes, Ian McEwan- jamás ha intentado cortar con la sacrosanta tradición y sí practicar la muy respetable intención de entretener al personal. No en balde, William Boyd está detrás de algunas de las clásicas adaptaciones de la BBC y, experto como es en el género de espías -recientemente resucitó a James Bond-, ha sido solicitado por el mismísimo Steven Spielberg para el guion de su última película, El puente de los espías, que se estrenará aquí a finales de año. «Los espías son como los vampiros, la gente siempre quiere ver películas sobre ellos». En Suave caricia. Las muchas vidas de Amory Clay (Alfaguara) retrata de cuerpo entero a una fotógrafa cuya vida y trabajo atraviesan el siglo XX. Amory Clay no existió, pero podría haberlo hecho.

-Esta es la cuarta vez que construye una novela mostrando la vida de un personaje desde su nacimiento hasta su muerte. ¿Quiere enmendarle la plana a Dickens? 

-Bueno, Dickens como mucho sigue a personajes como Oliver Twist a lo largo de 40 años, pero jamás inventa una vida completa. Esa idea nació en 1997 con Las nuevas confesiones, que cuenta las autobiografía de un director de cine desde 1899 hasta 1970, entonces no imaginaba que se convertiría en un proyecto, un ciclo de cuatro novelas. Más tarde escribí Aventuras de un hombre corriente y Nat Tate, como diario íntimo y biografía, respectivamente, y luego pensé que me faltaba el punto de vista de una mujer en el que mezclaría diario y memorias.

-No es una mujer cualquiera sino una cámara, un ojo público testigo de su época.

-Me interesa muchísimo la fotografía. Me han fotografiado cientos de veces algunos de los mejores fotógrafos. He escrito para ellos prólogos de exposiciones, he reflexionado en artículos sobre ese arte y yo mismo soy un esforzado coleccionista de fotógrafos tanto conocidos como anónimos. Por eso le di esa profesión a mi protagonista.

-¿Y qué es lo que hace que la fotografía exprese lo que ningún otro arte puede hacer? 

-Solo la fotografía tiene el poder de detener el tiempo. Todos somos conscientes de que el tiempo pasa, nos preocupa el tiempo que nos queda y de repente con esta máquina hacemos un clic y, hop, se obra el prodigio de congelar el instante. Y eso en cierto modo desafía la cronología implacable de nuestra vida. Haciendo que Amory fuera fotógrafa podía trasmitirle mis ideas sobre el tema pero también mostrar estos instantes de tiempo congelado dentro de la época que le tocó vivir.

-En su novela presenta el trabajo fotográfico de Amory. Pero en realidad son fotos que compró aquí y allá. ¿Qué fue primero las imágenes o la historia? 

-Primero escribí la novela, inventé toda la vida de Amory. Tengo una colección bastante amplia de fotografías anónimas que he comprado en tiendas de viejo, en mercadillos o en la web, donde hay páginas en las que puedes adquirir fotos en blanco y negro prácticamente por nada. Yo sabía lo que buscaba. Por ejemplo, fotos de prostitutas en el Berlín de los años 20 o de la segunda guerra mundial. Al final recabé unas 2.000 fotografías de las que escogí 73 para el libro.

-¿Y tan perfectamente se ajustaron? 

-He de confesar que alguna vez, en cinco o seis ocasiones tal vez, encontré alguna foto tan buena que cambié ligeramente el texto para poder introducirla. Pero solo lo hice cuando encontré algo que me parecía perfecto.

-¿Cómo llegó a la fotografía de la portada, esta mujer joven, que se pavonea graciosamente ante la cámara?

-Me la regaló un periodista amigo que sabía de mi afición, pero ignoraba que yo estuviera escribiendo esta novela. La encontró en una parada de autobús en Londres, con una punta rasgada. Cuando le eché la vista encima fue para mí una especie de revelación. Me dije: 'Esta es Amory Clay'. Y es la única imagen del libro en la que ella aparece.

-Es una fotografía muy evocadora.

-Sí, el original es muy pequeño, calculo que de los años 20, y cuando lo amplías captas la inocencia de la mujer que está posando. No sé si la foto la sacó su amante o su hermana. ¿Estaba en su luna de miel? Ese es el poder de las fotografías anónimas enseguida disparan la narración y de manera instintiva empiezas a construir el relato. Eso me recuerda que Virginia Woolf, que también incluyó fotografías en una novela, dijo: '¿No es curioso que veamos más cosas en una fotografía que en la vida real?'.

-¿El hecho de que cualquiera sea capaz de sacar una buena fotografía con su móvil no ha abaratado la consideración artística de la fotografía? ¿Sigue siendo un arte?

-La mayoría de nosotros no podemos escribir una sinfonía ni pintar un cuadro pero, con suerte, sí sacar una buena imagen. Y además está el hecho de que el trabajo lo hace una máquina. Es verdad. Pero pese a esta democratización sigue siendo un arte porque el resultado nos llega, nos golpea, nos emociona, de la misma manera que nos afecta la música o la pintura. Esa capacidad solo la tiene el arte.

-¿Su intención era mostrar la historia de la fotografía en el siglo XX a través del trabajo de Amory?

-Sí, su evolución es también una evolución visual. Las fotografías de Amory avanzan desde imágenes muy rígidas hasta la fotografía de acción, pasando por la crónica de las clases populares, la fotografía de moda y el reportaje periodístico. Pero también muestran la manera en la que la segunda guerra mundial introdujo la fotografía de guerra y finalmente cómo se hacen muy libres en Vietnam.

-Robert Capa murió en Vietnam . ¿Ve en ello algo simbólico?

-Bueno, él murió durante el conflicto con Francia, pero sí muchos fotógrafos cayeron en esa contienda.

-¿Vietnam supuso un antes y un después en el periodismo gráfico?

-Fue un momento clave en la historia de la fotografía, sí. En cierta manera marcó el final de la era analógica, fue un cisma, pasar de la instantánea única a la instantánea digital y democrática para todo el mundo. Además supuso la apoteosis para los fotógrafos en el sentido de que tenían libertad total para moverse y para fotografiar todo lo que quisieran. En Vietnam si tenías fuerzas y tenías tu cámara, como le ocurría a Amory, podías ir al campo de batalla. Ahora todo eso está mucho más controlado y manipulado. Pero a la vez cualquiera puede hacer que una fotografía de un móvil de la vuelta al mundo en la red.

-¿La manipulación se explica por el importante valor icónico que hoy tienen las fotografías? Estoy pensando en la foto de Aylan. 

-Siempre se ha podido, retocar, editar y cortar. ¿Eso es manipulación? En la primera guerra mundial, por ejemplo, se prohibieron las fotos de las trincheras durante dos años y por eso no tenemos fotos del conflicto anteriores a 1916.

-¿Por qué una mujer fotógrafa? 

-Porque hubo muchísimas y no muchas de ellas tienen ahora la consideración que se merecen. No pensé en una fotógrafa concreta para crear mi personaje. Pensé en muchas. Como Gerda Taro, que murió en un accidente estúpido durante la guerra civil española. Lee Miller, que se convirtió en la fotógrafa de la segundaguerra mundial. Edith Tudor Hart, que fue además una espía rusa. O Marianne Breslauer, que tuvo una relación con la fascinante escritora de viajes, la andrógina Annemarie Schwarzenbach.

-¿Tenian una mirada de géneros, unos intereses distintos a los de los hombres?

-No sabría decirlo. Pero todas ellas miran el mundo de una manera un poco distinta a los demás, como lo hace un novelista. Además eran mujeres muy atractivas que en un momento dado deciden darle la vuelta a la cámara para fotografiarse a ellas mismas y esto es muy interesante. Recientemente ha salido a la luz el trabajo de Vivian Maier, ¿lo conoce?

-Sí, la niñera aficionada a la fotografía que durante 40 años sacó fotos en Chicago.

-Sí, hizo muchas fotos magníficas en las calles, pero las que me parecen más interesantes son sus autorretratos.

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-¿Se fotografían más las mujeres a sí mismas que los hombres?

-No puedo probarlo, pero mi sensación es que sí. Y creo que no tiene nada que ver con la belleza o la vanidad, sino más bien con la autoconciencia de su papel. Es por eso que muchas giraron la cámara.

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