EL DEBUT LITERARIO DE UN PERIODISTA

Valencia huele a podrido

El escritor levantino narra en 'El silencio del pantano' una compleja trama de corrupción, crimen y bajos instintos

Juanjo Braulio, fotografiado hace unos días en Madrid.

Juanjo Braulio, fotografiado hace unos días en Madrid. / AGUSTÍN CATALÁN

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JUAN FERNÁNDEZ / MADRID

Todo cocinero sabe que el secreto de la paella está en el uso de buenos ingredientes y el sabio manejo de los tiempos. El periodista valenciano Juanjo Braulio (1972) tenía al alcance de la mano los materiales perfectos para componer la novela negra que llevaba años rondándole la cabeza: la corrupción forma parte del paisaje de su Comunidad y hasta la topografía de su ciudad, erigida en parte sobre un pantano, le permitía añadir tintes fangosos a la historia. Era cuestión de tiempo que ese thriller acabara en los escaparates de las librerías.

«Más que paella valenciana, me ha salido un arroz negro», dice Braulio entre risas a cuento de El silencio del pantano (Ediciones B), su debut en la novela -también es autor de un libro de viajes sobre Suecia, En Ítaca hace frío (2014)-. Corrupción política, crimen, narcotráfico, ritos satánicos y bajos instintos son los ingredientes de una obra recibida por la crítica como una de las mejores novelas negras de la temporada.

Braulio lleva dos décadas largas ejerciendo el periodismo en Valencia-fue redactor de medio ambiente en Las Provincias y jefe de informativos de Ràdio Nou-, tiempo en el que confiesa haberse visto obligado a escribir titulares que costaba creer. «Así que decidí dejar de contar verdades que parecían mentira para empezar a escribir mentiras que explican la verdad», resume en relación a la implicación que mantiene en su obra la vida real.

Un cadáver en el Turia

Con todo, el autor se apresura a avisar: «Esta no es una novela sobre la corrupción valenciana. Esa ya la escribió Rafael Chirbes y poco más se puede añadir a Crematorio. En mi caso, Valencia me daba los elementos perfectos para hacer lo que buscaba: componer una novela negra químicamente pura».

El relato arranca con el hallazgo en un recodo del río Turia de un cadáver que ha sido sometido a ritos usados en la antigua Roma para ajusticiar los casos de parricidio. A partir de aquí, el autor traza dos relatos paralelos en los que realidad novelada y pura ficción literaria se dan la mano. En uno, Q., un ex periodista sociópata y sin escrúpulos construye una novela policíaca mientras se enfrenta a matones y clanes de la droga. En el otro, el personaje David Grau, brigada de la Guardia Civil, se dedica a esclarecer oscuros casos al tiempo que oculta su condición homosexual.

Este complejo trenzado tiene su porqué. «En el fondo, todas las novelas negras van sobre el poder, y no hay poder más absoluto que el que ejerce un autor sobre su obra y el que decide matar a alguien. Los dos planos de la novela me brindaban la oportunidad de juntarlos», explica.

La obra recorre de punta a cabo el callejero de Valencia y visita escenarios tan reales como el despacho del delegado del Gobierno en la Comunidad Valenciana, pero Braulio descarta que nadie de carne y hueso pueda darse por aludido. «Todos los personajes están inspirados en gente que he conocido, pero son ficción», advierte.

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Su condición de periodista, que hoy sigue ejerciendo en un gabinete de prensa de la Administración, le ha permitido conocer de primera mano la realidad política y social de su ciudad, pero el autor dice haberse beneficiado, sobre todo, de otra particular seña de identidad de su profesión: «la obsesión por el dato»«Me preocupaba que todo fuera exacto y verosímil. Llegué a entrevistarme con un asesor de finanzas del Estado para construir la trama de blanqueo de dinero que monta uno de los personajes», destaca.

Confeso «adicto al género negro», Braulio cree que este estilo literario explica mejor la vida contemporánea que todos los periódicos y los sesudos ensayos que se publican. «La novela negra es la novela social de nuestro tiempo. Los novelistas no escribimos la historia, pero contamos las historias de nuestros días», sostiene.

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