Grandes esperanzas

EL LIBRO DE LA SEMANA Jonathan Franzen carga contra el escrutinio de las redes y la sociedad de la hipervigilancia

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SERGI SÁNCHEZ

Está claro que a Jonathan Franzen le gusta escribir contra algo. Contra la familia (o la idea, tan americana, de familia como secta benévola) en Las correcciones, contra la América de Bush en Libertad, contra el escrutinio de las redes sociales y la sociedad de la hipervigilancia en Pureza. Reducir las setecientas páginas de su última novela a esos mediáticos contrincantes puede parecer algo frívolo, aunque es Franzen quien con sus divagaciones editorialistas da más importancia a sus bestias negras de las que su literatura necesita. Es decir, personajes como Andreas Wolf, que es el sosias alemán de Julian Assange, o Edward Snowden, o Tom Aberant, el periodista de investigación on line que rezuma honestidad y buenas intenciones, parecen creados para canalizar una opinión sobre el mundo en que vivimos, como si Franzen, acostumbrado a colaborar en periódicos de postín, pensara que todos estábamos esperando saber con cuántos años de sentencia ha decidido condenar a los que googlean más de la cuenta.

Al margen de los mensajes nada encriptados sobre los totalitarismos de la contemporaneidad, Pureza es una novela que pertenece a su heroína, Pip, o Purity. La alusión a las Grandes esperanzas de Dickens es y no es engañosa, porque si, en cierto modo, Franzen hace su propia versión de la novela de aprendizaje, por otro el héroe dickensiano, rebosante de fuerza moral, se transforma en un ser discutible, por decirlo con delicadeza. Pip es la obra de un gran escritor: en la riqueza de su construcción está el alma de Pureza. Pip se desprecia a sí misma, y todo lo que la rodea, al menos lo que percibimos a través de su mirada, es una cruz, una carga, un problema irresoluble. La deuda de 130.000 dólares que ha contraído por sus estudios universitarios, su madre depresiva, la enigmática identidad de su padre, sus patéticos fracasos amorosos… Todo en ella es autocompasivo, pura energía negativa, y sin embargo, lo que ve el lector no es lo mismo que ven sus admiradores, que los tiene, y son feroces, ni lo que ven los que dudan de su quejumbroso y humillado encanto, que despierta celos y desconfianza.

Incluso cuando está ausente del relato, su carácter, no especialmente simpático, parece resonar en el destino de otros personajes, despertando quizás el mismo sentimiento de protección y rechazo que despierta en el lector.

Pip es lo contrario de la pureza, es contradicción mestiza e identidad emborronada, pero también es fruto de un universo donde las mentiras y los secretos sirven como argamasa de las relaciones humanas. La novela le dará la oportunidad de aprender a vivir, de empezar desde cero. La estructura del libro, con cada capítulo -incluido uno en primera persona- regido por la voz de un personaje que lo relaciona con el anterior, viene a sugerir que los tan publicitados seis grados de separación son, en un mundo donde estamos atados de pies y manos por los hipervínculos y la pérdida de la intimidad, una norma inviolable.

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No esperen retruécanos postposmodernos ni prosas alambicadas: Pureza es la novela más accesible, menos exhibicionista, más mainstream, de Jonathan Franzen. Es, también, la menos digresiva, y la más clásica en términos de suspense narrativo. Es adictiva, incluso cuando ideológicamente, con su anticuada ciberfobia, nos hace fruncir el ceño.

PUREZA / PURESA Jonathan Franzen Trad.:Enrique de Hériz / Ferran Ràfols Salamandra / Empúries. 704 / 640 p. 24 / 24,50 €

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