EXPOSICIÓN EN COLABORACIÓN CON EL MUSEO DEL LOUVRE

El Egipto faraónico, visto a través de sus bestias

CaixaForum recorre en 430 piezas la relación egipcia con sus animales

Los cuatro babuinos ’impúdicos’ de más de seis toneladas llegados del Louvre; al lado, estatua de Sejmet leontocéfala. Abajo, detalle del brazo de una silla en forma de cabeza de león. / JOAN CORTADELLAS

Los cuatro babuinos ’impúdicos’ de más de seis toneladas llegados del Louvre; al lado, estatua de Sejmet leontocéfala. Abajo, detalle del brazo de una silla en forma de cabeza de león.
Los cuatro babuinos ’impúdicos’ de más de seis toneladas llegados del Louvre; al lado, estatua de Sejmet leontocéfala. Abajo, detalle del brazo de una silla en forma de cabeza de león.
Los cuatro babuinos ’impúdicos’ de más de seis toneladas llegados del Louvre; al lado, estatua de Sejmet leontocéfala. Abajo, detalle del brazo de una silla en forma de cabeza de león.

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Anna Abella
Anna Abella

Periodista cultural

Especialista en arte y libros, en particular en novela negra, cómic y memoria histórica

Escribe desde Barcelona

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Temible sin las vendas que un día la envolvieron, parece a punto de abrir las fauces una momia de un cocodrilo de dos metros y medio, encarnación de Sobek, dios de la fertilidad. A su lado, como si fuera su cría, otra de medio palmo, muy bien vendada y con los ojos dibujados sobre la tela. Pero esta última es falsa: un palo de madera sustituye al esqueleto. Lo revela un panel interactivo que enseña el escaneo de las 14 momias animales que junto a 416 piezas más, entre ellas, esfinges, estatuas, cofres, amuletos y acuarelas, muchas restauradas para la ocasión, forman la espectacular y cuidada exposición Animales y faraones, que este miércoles desembarca en CaixaForum Barcelona hasta el 10 de enero.

«Hay algunas falsas porque había sacerdotes que comerciaban con momias destinadas a ofrendas que vendían a los fieles. Hay un papiro donde un inspector real ya denunciaba ese tráfico», explica la comisaria, Hélène Guichard, conservadora jefa del departamento de Antigüedades egipcias del Louvre, de donde proviene el grueso de las piezas, gracias al acuerdo de colaboración entre CaixaForum y el museo parisino. «Hay otras que exteriormente son grotescas y en su interior está el animal perfectamente conservado [como la de un halcón, manifestación terrenal del dios Horus, que parece vigilar la vitrina de los cocodrilos y del que el escáner desvela las plumas, las alas, el pico...]. Y otras, como la de un gato que contiene un feto, que intentan dar ilusión de vida».

La muestra, con una cuidada escenificación desde la salida a la puesta del sol, símbolo del resurgir de la vida, es un recorrido que demuestra la «compleja relación» de la civilización egipcia con los animales, que eran observados, cazados, domesticados, comidos, temidos, divinizados, momificados, sacrificados o utilizados como materia prima, para trabajar los campos, para la batalla o en la escritura (el 20% de signos jeroglíficos son animales). Las 60 especies que figuran en la exposición -del más diminuto renacuajo a los poderosos toros, leones y cocodrilos, pasando por gacelas, hipopótamos, cobras, monos, patos, ocas, peces, cánidos...- «son representados al máximo detalle porque para los egipcios, representar algo equivalía a hacerlo existir», añade Guichard.

Así como algunas bestias eran temidas, otras eran protectoras, como los gatos, venerados porque cazaban los roedores que amenazaban el grano, base de la alimentación egipcia, y que representaban a Bastet, diosa del hogar y las mujeres embarazadas, como muestran un par de delicadas piezas de gatas jugando y amamantando a sus crías. También los leones, que además de encarnar el poder del faraón aportaban seguridad. Una cabeza dorada de león, que pudo embellecer los brazos de una butaca, tiene unos expresivos ojos de cristal de roca que «expresan una fuerza tranquila y que seguro hacían sentir a su dueño seguro y protegido».

«La otra vida era una copia de la de aquí. Por ello los animales estaban en las tumbas para que los difuntos se alimentaran en el más allá o siguieran al lado de sus mascotas». Muchos servían de amuletos: en forma de ibis, encarnación de Toth, dios de la sabiduría, porque sabía reconocer el agua potable de la que no lo era; de chacal, como protección funeraria; de escarabajo pelotero, símbolo del renacimiento.

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50 de esos amuletos, diminutos, contrastan en el umbral entre las primeras salas, más íntimas, y la gran sala final, presidida por la estrella: cuatro impresionantes, e «impúdicos», babuinos, de seis toneladas y media de granito rosa, que «glorifican al dios Sol». Ubicados bajo el obelisco de Luxor, Egipto los regaló a Champollion en 1836 para ser exhibidos en la plaza de la Concordia. «Pero como estaban desnudos enseñando sus genitales -sonríe Guichard- y los parisinos de la época era muy retrógrados los guardaron en el Louvre por escandalosos». Ahora volverán por la puerta grande.