La poética voz del euskera

El director vasco Asier Altuna confronta lo ancestral y lo actual en la evocadora 'Amama'

De izquierda a derecha, el director Asier Altuna y los actores Ander Lipus, Amparo Badiola y Klara Badiola.

De izquierda a derecha, el director Asier Altuna y los actores Ander Lipus, Amparo Badiola y Klara Badiola. / EFE / JUAN HERRERO

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BEATRIZ
Martínez

El cine hablado en un euskera vive un pequeño momento de gloria. Hace un par de semanas se anunciaba que Loreak estaba preseleccionada para representar a España en los Oscar, casi un año después de su paso por el Festival de San Sebastián. Este lunes, de nuevo en el marco del certamen, el cine vasco tenía una nueva oportunidad de revalidar esas incipientes expectativas creadas con Amama, la nueva película de Asier Altuna, responsable de títulos como Aupa, Etxebeste! (2005) o Bertsolari (2011), en la que se articula un discurso en torno al choque generacional y las fricciones que se generan entre la tradición, el peso de las costumbres y la mirada actual de la vida contemporánea.

Un caserío y una familia que se resquebraja. Los mayores luchan por mantener el sentido ancestral de su idiosincrasia, de su herencia, mientras los jóvenes huyen buscando nuevas expectativas dentro de un universo que parece destinado a morir. «Yo nací y viví hasta los 18 años en un caserío y de algún modo quería homenajear a todo ese mundo que se acaba», explicó Asier Altuna.

Lo viejo y lo nuevo. El clasicismo y la modernidad. Todas esas pulsiones están contenidas en una película que lleva esas dicotomías y contrariedades incrustadas en su propio tejido narrativo y visual. El director imbrica toda una serie de elementos que van desde el documental y la perspectiva antropológica hasta las fugas oníricas y fantásticas. «He intentado buscar ese sentido dentro de la película, distintos niveles de lenguaje y experimentar con la libertad de los formatos y las sensaciones». Los susurros, los silencios, el poder de las imágenes. Altuna expone toda una simbología (y mitología) de carácter sugestivo y orgánico, a través de una cámara que nos adentra en un paisaje de resonancias telúricas en el que el caserío y los bosques que lo rodean se convierten en dos personajes más de la función.

A Altuna le parece que el cine vasco en euskera no tiene una vocación comercial, y que por eso mismo se pueden hacer cosas distintas a través de una mirada más personal. Sin duda, las imágenes de Amama contienen la suficiente fuerza poética como para convertirla en una pieza de enorme singularidad.

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