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Orhan Pamuk «La melancolía me ayuda a escribir novelas»

El Nobel turco publica 'Una sensacion extraña', relato de las desventuras de un vendedor ambulante por las calles de Estambul entre 1969 y 2012

ELENA HEVIA / ESTAMBUL

La primera impresión que golpea al visitante en el estudio de Orhan Pamuk en Estambul es la belleza stendhaliana. La extrema belleza del ventanal frente a la mesa de despacho desde la que suele escribir, siempre a mano, el premio Nobel turco. La luz arrasadora lo inunda todo. A sus pies, la mezquita de Cihangir y más allá, el Bósforo que separa las orillas europea y asiática. Hace dos décadas que Pamuk contempla su ciudad desde esta atalaya y muchos más años en los que se ha convertido casi sin proponérselo en su cronista como Dickens lo fue para Londres o Proust para París. «No lo planeé, sencillamente ocurrió así», afirma ante un ejemplar de su nuevo libro, Una sensacion extraña. El libro sigue el obsesivo relato de las desventuras, de un vendedor ambulante, Mevlut, un corazón simple, por las calles de la metrópoli turca entre 1969 y 2012.

-¿Esta novela tiene ver con su propia extrañeza frente a la modernización de Estambul?

-He tenido la inmensa suerte de poder asistir como testigo a los inmensos cambios que se han producido en Estambul durante 50 años, aunque los más significativos sean  de los últimos 13. Mevlut, mi protagonista, siente que no van a quedar muchas huellas de la antigua ciudad que conoció y amó. Yo aprendí a vivir con esto y a aceptarlo. En contrapartida, ese sentimiento, la melancolía, me ayuda a escribir novelas.

-¿La escritura es una manera de fijar el paso del tiempo?

-Sí. La gente que pertenecemos a la clase media sentimos la necesidad de registrar todo lo que nos pasa. En mis novelas todo debe ser muy preciso. Una estación inventada no sería tan convincente como la parada concreta de Cihangir, en este barrio. Mis lectores suelen acercarse y me dicen que se acuerdan de cómo la gente compraba a los vendedores ambulantes descolgando una cesta desde la ventana de sus casas cuando no había ni ascensores ni teléfonos.

-¿Qué es lo que le impulsa a escribir estas historias, la obsesión o la nostalgia?

-Ambas. Es importante que las cosas aparezcan tal cual eran porque eso acaba imprimiendo a la historia una mayor dosis de verdad.

-¿Y puede un premio Nobel, el escritor más famoso de Turquía, mezclarse con las gentes para recabar sus confesiones más íntimas? 

-Parece difícil, pero sí. A base de paciencia establecí una relación de amistad con los vendedores ambulantes. Recuerdo cómo, de niño, subían a casa a servirte boza, la popular bebida que vende mi protagonista, y se instalaban en tu cocina. Cuando la buena gente se da cuenta de que no eres un espía del gobierno se relajan y hablan de su vida.

-La boza, esa bebida que en teoría no tiene alcohol, pero que en realidad sí tiene, es un bonito símbolo de las contradicciones de su país. 

-Es verdad. Durante años los turcos la tomaban sabiendo íntimamente que su religión se lo prohibía. Esa contradicción entre lo público y lo privado es algo intrínseco de mi país. Me pregunto cuál es la lógica de ese sentimiento, que en el fondo es muy conservador, no sé si tiene que ver con la religión o con el nacionalismo.

-En todo caso usted como novelista intenta no tomar partido. No juzga. 

-Es que un novelista debe mirar con los ojos de su personaje, sin imponer sus ideas. Luego, naturalmente, está tu parte de poeta a la hora de presentarlo.

-Hace un año dijo en Barcelona que la identidad turca es no tener identidad. ¿Me lo aclara?

-Es una manera simplificada de decir que nuestra identidad surge de dos ideas contradictorias. Por un lado está el ser conservador, el islam, la cultura otomana. Y por el otro, el deseo de ser europeos y modernos. No se pueden tomar por separado, el equilibrio entre ambas ideas es lo que forma nuestra identidad. Nosotros los turcos inventamos la novela que habla del choque entre Oriente y Occidente y yo continúo por esa vía.

-¿Le pesa ser el autor turco que explique su país a Occidente? 

-Siempre intento evitar las preguntas políticas por ese motivo. No porque tenga miedo a los ataques políticos, sino porque en el mundo anglosajón siempre me preguntan por esas complejidades y contradicciones que no son fáciles de explicar.

-Sin embargo, todas sus novelas, en mayor o menor medida, son políticas. Usted no ha rehuido eso.

SEnDNieve sí era una novela estrictamente política. Esta última inevitablemente termina teniendo un trasfondo. Lo que más me importa de la política es su vinculación con la cultura, la religión y las transformaciones de la vida cotidiana.

-Es interesante ver cómo un escritor laico como usted mantiene un gran respeto a las formas religiosas. Un respeto que los que islamistas no practican a la recíproca.

-Ahí tenemos otra contradicción y el primero en hacerla evidente es Erdogan. Él antes que religioso es conservador y utiliza ese sentimiento para cambiar el sistema democrático y convertirse en presidente, una maniobra que le ha hecho perder muchos votos.

-¿Cómo lleva la carga de ser considerado el gran antagonista de Erdogan?

-Fui juzgado por ese antagonismo [denunció el genocidio armenio], pero tengo la sensación de que también tendría problemas con gobiernos laicos. No se trata de algo personal con Erdogan, sencillamente me repugna la idea de cómo utiliza el estado totalitario para separarse de la élite occidentalizada turca.

-¿Sigue llevando protección?

-Antes solo me custodiaban tres guardias, ahora solo uno. La cosa va mejorando [ríe].

-Muchos acusan a Erdogan de maniobrar para que los refugiados sirios se trasladen a Europa y obligarla así a implicarse en el conflicto.

-Aunque se los quisiera retener, ellos se quieren ir a Europa, donde hay más riqueza y organización. Ahora hay dos millones de refugiados en Turquía y nuestras capacidades son limitadas. También hay que pensar que es injusto que  hayamos acogido a dos millones de personas y los países europeos todavía están discutiendo si acogen a 2.000 o a 2.500.

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