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INTRIGA

Cuando Gaudí era un dandi

Daniel Sánchez Pardos ficciona la juventud del genio en el 'thriller' histórico 'G', ambientado en la convulsa y cambiante Barcelona de 1874

ANNA ABELLA / BARCELONA

Al final de la calle Montcada, en la buhardilla de una modesta pensión, con unos techos tan bajos que había que agacharse pero con unas envidiables vistas al ábside de la iglesia de Santa Maria del Mar, vivió el joven Antoni Gaudí cuando estudiaba Arquitectura en la Llotja. Aquel genio precoz de 22 años, del que históricamente se conoce bien poco, fue el elegido por Daniel Sánchez Pardos (Barcelona, 1979) para protagonizar el thriller histórico G (Planeta / Columna), ambientado en la convulsa y cambiante Barcelona de 1874, la del final de la primera República y el inicio de la Restauración borbónica.

«La novela se basa en la realidad pero también en las leyendas y mitos sobre el joven Gaudí. Me he fijado en lo que dijeron de él sus compañeros de estudios y según esas pinceladas era un hombre muy distinto al profundamente católico que conocemos de mayor», cuenta este licenciado en Filología mientras recorre algunos de los escenarios del libro, del Raval a la Ribera. Lejos del personaje introvertido, solitario, «turbado y obsesivo», de aspecto tan descuidado que cuando lo atropelló el tranvía que le mató parecía un indigente, el joven Gaudí, aunque su familia, de origen rural, no tenía muchos recursos, «era un dandi y le gustaba vestir bien, comer bien, la vida callejera, ir al teatro, al Liceu... y era sociable y abierto a las nuevas ideas esotéricas y a los círculos espiritistas de moda en la época. Y me pregunté qué pasó para que cambiara tanto».

EN TUGURIOS DEL RAVAL

Las razones no se saben, aunque, explica el autor, se habla de algún enamoramiento que no llegó a más. El arquitecto murió soltero, sin relaciones sentimentales estables conocidas y volcado en su obra, que para él era un sacerdocio. El Gaudí de la novela, en la que no falta un personaje femenino, frecuenta con nocturnidad los lujuriosos tugurios y bajos fondos del Raval, donde le llaman «señor G», trata con pequeños delincuentes y mantiene una actividad lucrativa elaborando un líquido verdoso que apunta a un coqueteo con sustancias alucinógenas. «Ese es uno de los mitos sobre él, que al venir de una familia del campo de Tarragona, de Riudoms, y conocer bien la herboristería, la botánica y los remedios naturales pudo consumir hongos o hierbas que originaran visiones que inspiraran la desbordante creatividad e imaginación arquitectónica» que alumbró desde la Sagrada Família a la Pedrera.

Sánchez Pardos lanza continuos guiños a la ambientación histórica, que sirve de ruta por las calles más añejas de Barcelona. Así, el lector ve al joven Gaudí quejarse de la poca luz que dan las farolas de la plaza Reial cuando el primer encargo del artista serán las luminosas farolas que hoy flanquean la fuente, coronadas por una serpiente. O se fija en sus elegantes guantes adquiridos en la guantería Comella de la calle Avinyó, cuyo dueño le pidió un diseño de vitrina para la Exposición Universal de París que le valdría la atención de Eusebi Güell, quien sería su gran mecenas.

Sin embargo, el autor de G, que ha vendido los derechos del libro a 25 países, es un admirador de la época victoriana, en la que ha ambientado tres novelas, y quiso ser escritor tras leer con 13 años El perro de los Baskerville. Por ello vuelca su pasión por Conan Doyle mostrando sin rubor a Gaudí cual Sherlock Holmes, resolviendo con su Watson particular -el joven Gabriel, narrador y compañero de aventura- una trama de conspiraciones y asesinatos. «Son muy iguales. Quienes conocieron a Gaudí hablaron de su mirada penetrante e incisiva, sus ojos azules... es la mirada de un arquitecto, observadora, que yo relaciono con la mirada del detective, que también observa millones de detalles y ve qué hay detrás».