Chirbes, el autor incómodo

El autor de 'Crematorio' y 'En la orilla' fallece a los 66 años de un cáncer diagnosticado hace una semana

El escritor valenciano ha sido muy tardíamente reconocido como una de las grandes voces en castellano

Rafael Chirbes, en Madrid, en el 2014, cuando recogió el Premio Nacional.

Rafael Chirbes, en Madrid, en el 2014, cuando recogió el Premio Nacional. / EWFE / ANDREU DALMAU

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ELENA HEVIA / BARCELONA

La muerte de Rafael Chirbes (Tabernes de la Valldigna, 1949), uno de los grandes autores de las letras españolas, ha sido un mazazo inesperado, incluso para sus amigos. Aunque el escritor valenciano arrastraba una mala salud de hierro que él mismo, muy en su estilo, solía tomarse siempre a broma, un cáncer de pulmón fulminante, que le fue detectado el pasado lunes, ha acabado con él inopinadamente a los 66 años. Apenas dos o tres personas de su círculo más íntimo conocían previamente la dolencia y la noticia ha causado un profundo dolor por injusta. Su funeral se oficiará hoy en el tanatorio de Dènia, Alicante, donde será incinerado.

Chirbes se va en plena cima de su mejor producción, cuando su reconocimiento muy tardío, labrado lentamente a través de los años, y tan solo sostenido por un pequeño círculo de fieles lectores, se había hecho más amplio tan solo a partir de sus dos últimas novelas, Crematorio, publicada en el 2007, desoladora disección de la especulación inmobiliaria, popularizada para el gran público gracias a la serie de televisión, y la última, En la orilla, que fue honrada con el Nacional de Narrativa. Ambos trabajos quedan para la historia como el reflejo literario más veraz para tomarle el pulso moral a estos últimos años de corrupción política y miserias sociales en España. Porque él era un autor realista y muy comprometido con su tiempo y su literatura, áspera y sin concesiones. Y aunque su mirada era muy dura a él le gustaba decir que no, que no había en él ningún ensañamiento. «Sencillamente, la vida es así», decía como certero pesimista que era. Se limitaba a levantar acta.

Despreciaba las capillitas y los autores cortesanos que, según él, habían puesto la literatura española al servicio del poder, fuera este del color que fuera. Él se comportaba como un ermitaño guasón y descreído, armado de un sentido común y una desarmante ausencia de ego. Vivía solo con sus perros en el pueblecito de Beniarbeig, en Alicante, y su vida cotidiana era con la gente del pueblo, con aquellos que posiblemente nunca lo habían leido. «Mal le irá a un escritor que no escriba solo. La única manera de mantener una mirada personal es estar un poco al margen, porque si no te contaminan los mismos temas y preocupaciones y acabas teniendo los mismos tics que el grupo. A mí la soledad me resulta cómoda porque me permite hacer lo que me da la gana», declaró a este periódico.

BILINGÜE

La soledad del escritor, que siempre era muy remiso a hablar de su intimidad, es algo que se larvó en su vida desde la infancia. Cuando a los cuatro años perdió a su padre, ferroviario de profesión, y él fue educado interno lejos de su familia en diversos colegios destinados a los huérfanos. Su educación fue en castellano, lo que marcó su literatura, pero su lengua materna fue el catalán. «Cuando empecé a escribir lo hacía en castellano pero se me cruzaban muchas frases en valenciano», recordaba. Estudió Historia en Madrid y tuvo una juventud muy itinerante en Marruecos (donde fue profesor de español), París, Barcelona, La Coruña y Extremadura. Durante años se ganó la vida como periodista gastronómico y de viajes, una pasión que poco a poco le fue abandonando.

Escritor de producción lenta, empezó a publicar al filo de los 40 años y de la mano de Anagrama, un sello que le descubrió y en el que ha permanecido desde su primera novela Mimoun. Fiel lector de Marx -«leerlo te permite entender que no tienes un alma particular sino una de tu tiempo. Eres como eres porque piensas y deseas en tu tiempo»-, viejo comunista, de lo único que le gustaba alardear era de su capacidad para analizar la realidad a contracorriente de las versiones oficiales. Por eso la suya fue en los años 90, una voz incómoda de la que solo pudo verse su pleno sentido cuando la crisis puso a todo el mundo en su sitio. «Antes de eso nadie hablaba de la acumulación de capital, de la sobreexplotación. Es como cuando los hospitales ponen un biombo delante del enfermo», recordaba.

Cargado de timidez, con su voz cazallera adobada por un importante trasiego de cigarrillos -tantas veces quiso dejar de fumar-, no se sentía cómodo cuando debía salir a la palestra y especialmente dar entrevistas. Pero cuando lo hacía se mostraba con el corazón en la mano, sin importarle qué enemistades le iba a suponer aquello que estaba diciendo. Fue muy crítico con las corrupciones del PP en su comunidad que le producían una sensación «asfixiante, en un país que apesta a franquismo», pero no fue menos benevolente con el PSOE, ya que «la especulación en la costa valenciana empezó bajo su mandato».

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RIGOR LITERARIO

No es extraño que el origen de sus trabajos, así lo contó en la última entrevista que dio a este diario, proceda de una desazón, de diversos tanteos sin un plan previo, con la intención de aprender del mundo. Es cierto que su literatura está marcada por una clara intención política, comprometida en lo social, pero Chirbes sabía bien que una novela no es un ensayo de historia o un tratado de economía. «Una novela puede definir en una sola frase aquello para lo que un tratado necesita todo un libro. Mientras uno piense que puede seguir trabajando con ese rigor literario, escribir tiene sentido».