José Luis Guerin: «Para mí resistir es una obligación moral»

El barcelonés presenta en el Festival de Locarno 'La academia de las musas'

José Luis Guerin, en  su casa de Barcelona, en el 2007.

José Luis Guerin, en su casa de Barcelona, en el 2007. / RICARD CUGAT

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NANDO SALVÀ / LOCARNO

Invitado por su amigo Raffaele Pinto, José Luis Guerin penetró en la Universitat de Barcelona y convirtió un asunto a priori poco o nada cinematográfico -unas lecciones de Filología Italiana— en una fascinante ficción llena de comedia, intriga y melodrama: mientras retrata a un profesor que crea una escuela secreta plagada de inspiradoras alumnas con el fin de salvar el mundo a través de la poesía, La academia de las musas medita sobre la palabra, el deseo, el amor y, en realidad, prácticamente todo. El barcelonés acaba de presentarla en el Festival de Locarno.

-Como en su cine previo, La academia de las musas parte de su interés por explorar un entorno con su cámara, de manera que la película se vaya descubriendo a sí misma en el proceso. ¿Considera el cine una búsqueda?-Llámame ingenuo, pero creo que si estás abierto a la realidad ella será generosa contigo. Hacer La academia de las musas ha sido una transacción, y una sucesión de vampirizaciones: Raffaele vampiriza a sus alumnas, pero ellas también a él; Raffaele me vampiriza a mí y a la vez yo a él. Para mí una película es una aventura hacia no se sabe dónde, e incluye una revelación y un descubrimiento. Al final, el primer espectador de mis películas soy yo, en el momento mismo de hacerlas.

-Habla de apropiación, pero ¿cuánto hay también de instigación? La película reflexiona sobre si el amor es un sentimiento o una construcción, o sobre el fin último de la poesía, o sobre la relación entre instruir y seducir… ¿Tenía usted esos temas en mente antes de empezar a rodar?-Los instigué, es cierto. Frente a la noción clásica de la puesta en escena, yo prefiero la puesta en situación. Creo un clima, una tensión determinada, y a partir de ahí veo cómo surgen las situaciones entre las personas. A veces soy yo quien las reconduce pero en otras ocasiones son los actores quienes me reconducen a mí, sorprendiéndome con cosas que yo no podía haber previsto. Es una interacción absoluta con lo azaroso. Por tanto, es una película de ficción pero se beneficia de mis tanteos previos con el documental. Yo no habría podido hacerla si no hubiera hecho antes En construcción, por ejemplo.

-La película propone también un juego de espejos. Por un lado, reflexiona sobre los mecanismos de la inspiración y, a la vez, se inspira en ellos. Por otro, nos muestra a un profesor al que sus musas se le acaban rebelando y eso, por lo que acaba de explicar, es algo a lo que usted también está expuesto.-Esta reflexión es muy interesante pero es muy propia de crítico de cine. Yo no soy tan reflexivo como a menudo me consideráis. En esta película yo he prestado atención sobre todo a las emociones de los personajes. Ahora bien, aunque Raffaele no me representa moralmente, sí es cierto que tiene algo en común con un cineasta: su condición de demiurgo, de activador de experiencias. Sin embargo, yo nunca haría una película para estimular reflexiones. Frente a amigos cineastas que hacen películas para ilustrar una tesis perfectamente definida de antemano, yo no me siento un cineasta intelectual. Para serle sincero, el director en quien más pensaba mientras hacía La academia de las musas es George Cukor.

-Hablaba usted de vampirismo, y resulta  interesante que lo considere como un proceso fecundo y no, como suele hacerse, como una mera depredación.-Es curioso. Cuando yo empecé a hacer películas era muy celoso de mis ideas y pensaba que las de los demás iban a contaminarme. No me acababa de creer eso de que el cine es un arte de equipo. Veía el trabajo en equipo como un mal inevitable. Pero poco a poco fui sintiendo mayor necesidad y mayor placer en el intercambio. Descubrí que, como cineasta, te vas construyendo a través de la interacción. Y el lado más personal de mi cine se deriva de ese intercambio.

-Y, curiosamente, para hacer esta película ha contado con un equipo ínfimo: solo usted con su cámara y un técnico de sonido.-Porque es una película hecha en los tiempos de crisis, y hacerla así de pequeña fue casi un gesto. No he recibido un duro de nadie, ni siquiera para venir a Locarno, pero no voy a ser llorón porque tampoco lo he pedido. En todo caso, hacerla así me ha dado una libertad que de otro modo habría sido inconcebible. Cuando trabajas en un laboratorio, con un montador, te obligas a rentabilizar el tiempo; en cambio, cuando estás solo frente al ordenador, te concedes el lujo de probar cosas, trazar esbozos y especular.

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-Es una película formalmente muy simple y desnuda, y eso, en estos tiempos en los que el cine se obsesiona por la imagen perfecta, es casi una declaración política.-Lo es. A mí me irrita profundamente esa obsesión. Yo veo en muchos jóvenes una fascinación por el lucimiento técnico y por crear imágenes que recuerdan a la publicidad. A veces hasta hablan del dolor y del sufrimiento con una estética de anuncio de colonia. Hacer bien una película no es eso. Frente a eso, yo no voy a ocultar la precariedad industrial en la que se sitúa mi película. No voy de nuevo rico, no trato de maquillar nada. El arquitecto Adolf Loos decía: «Qué bello es el bronce cuando no trata de imitar al oro», y estoy de acuerdo.

-Cada vez está más extendida la opinión de que el cine, al menos el entendido como arte, está muriendo. ¿Se siente cómodo como miembro de la resistencia?-La constatación de que el cine ha perdido su espacio central es una realidad que me entristece muchísimo y contra la que me rebelo violentamente. El fútbol lo ha desplazado todo, y el cine no entendido meramente como objeto de consumo ha quedado reducido a reductos como este. Y muchos artistas jóvenes están contentos con que su cine se vea en festivales y en internet, pero yo no. Me irrita estar solo en blogs de cinéfilos y no contar socialmente para nada. Mi campo de juego es la sala cinematográfica, y no cederé. Resistir e intentar estar en los estrenos comerciales de cada viernes es una obligación moral. Qué más quisieran las grandes corporaciones que encima nos fuéramos por nuestro propio pie. No, no, tendrán que echarnos.

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