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TERRAZAS A LA FRESCA

3. Interiores con luz propia

PATRICIA CASTÁN / BARCELONA

Hay veces en que el terracista no busca ni visión panorámica, ni pintoresca, ni olor a salitre. El cuerpo le pide un ambiente más íntimo, guarecido o de aislamiento. Es entonces cuando hay que ir a buscar más allá de lo aparente, porque hay establecimientos barceloneses que no albergan un velador en lo más alto ni lo más externo, sino en sus entrañas.

Si la vegetación y la calidez cotizan, la terraza del restaurante Chez Coco será un nido para el comensal. Reposada, con mullidos y coloridos cojines, plantas por doquier, servicio esmerado, toldo natural y sensación añadida de estar muy lejos del ajetreo barcelonés. El ayuntamiento ha capado de momento cualquier conato de sillas y mesas en el nuevo tramo de la Diagonal, pero las interiores ofrecen salvavidas como este. El chef ejecutivo Jordi Gotor convierte este edén en prolongación gastronómica del comedor, con sabor a clásica 'rôtisserie', donde los 'coquelet' (pollos de medio a un kilo) son protagonistas en múltiples versiones, pero también reinan el pollo del Penedès de pata negra, el pato, el pichón... y del lechazo al cochinillo, como corresponde a sus tres asadores y su horno castellano. Pero hay cobijo para las ostras y frutos del mar, o para tomar la primera copa de la noche, o el aperitivo de la tarde. Siempre respetando el horario general de la ciudad (hasta las 00.00 o 1.00 horas según el día), ya que por detrás se abre a la vía pública.

También en la Diagonal, justo frente a la Illa, el restaurante Negro esconde por detrás su pequeño microcosmos verde. Siempre animada, la terraza es generosa, amplia y con parasoles para un uso y disfrute más allá del nocturno. El local del Grupo Tragaluz estrena nueva etapa -ahora menos negro- tras actualizar su interiorismo, obra de Tomás Tarruella. Una gran barra central y la coqueta terraza son sus escenarios clave, mediodía y noche, con opción a copas y discjockey (dentro) hasta las 2.00 horas de jueves a sábado. Sobre la mesa, hay ahora más peso de las tapas, platos mediterráneos a precios más contenidos y el eclecticismo que permite ir de croquetas a ceviches de corvina o gambas, impecables pastas y pizza, lomo de buey a la parrilla o rape fresco con tomate..., y también menú de mediodía.

Y pocos compradores del paseo de Gràcia saben que en una de sus tiendas más históricas (y de las pocas autóctonas), Santa Eulalia, más allá de comprar moda de lujo se puede calmar la sed o el apetito en un ambiente de paz impropio del entorno. Su Champagne Bar interior, con terraza, lo mismo es territorio para un brindis dorado de Louis Roederer o una copa de vino (desde 5,5 euros), que para el aperitivo, comer -entrantes variados, carnes y pescados (platos de 12 a 28 euros)-, o hacer un café y un dulce con confidencias.

Temas: Comercio