RELATO: VIDA FAMILIAR 2

El abuelo Arcadio fue a dar con sus huesos en la cárcel

El «siniestro literario» de hoy tiene como protagonista al abuelo materno de la autora, del que nos desvela que estuvo en la cárcel, y sobre el que la familia siempre había mantenido un sospechoso silencio

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por JENN DÍAZ

Lo que no podía decirme mi madre era que mi abuelo había estado en la cárcel. No podía decírmelo porque lo pregunté -dónde estaba su padre cuando su madre tenía tuberculosis y todos sus hermanos acabaron en un colegio internados- demasiado pronto. Hubo otras preguntas que no se pudieron contestar en mi infancia, como en muchas infancias, pero esa quedó demasiado suspendida. Porque, sí, mi madre estuvo encerrada en un colegio de monjas. Siempre lo cuenta y siempre lo ha contado, pero nunca se está lo suficientemente atento mientras no se escribe. Con el tiempo, cuando empecé a interesarme por las niñas malas, lúcidas y traviesas de Ana María Matute, me di cuenta de que mi madre bien podría haber sido una de sus niñas literarias. Entonces aquellas historias que hasta entonces solo eran historietas cambiaron para mí.

Mamá había tenido el pelo rapado porque tenía piojos, en su familia había un secreto, tenía un hermano cojo al que le tiraba piedras a las piernas para que anduviera rápido -cojo mala pata-, corría por la casa con mi abuela detrás de ella para zurrarla porque alguna maldad que había hecho, protegía a su hermana de las monjas y de una infancia no dema-siado buena. Engañaba a las monjas, se rebelaba. Mi madre era una niña de cuento triste y grotesco. Cuando las monjas querían castigarla, la amenazaban con no dejarla ver a su madre. Y mi madre iba resistiendo, y cuando su hermana pequeña no quería comer más, lanzaba la comida por la ventana cuando las monjas no se daban cuenta, y si no podía ver el NO-DO porque estaba castigada y la ponían de espaldas a la pantalla, mi madre se sacaba un espejito y lo veía pese a la prohibición. Así era mi madre. A ella nadie le decía que no podía saber la verdad, nadie le decía que cuando creciera ya lo sabría, porque las cosas le estaban pasando a ella. Empecé a pensar en mi madre como se piensa en un personaje, pero aún había muchas cosas que me eran vetadas. No sabía aún por qué mi abuelo había estado en la cárcel, no sabía nada de la tía, no sabía nada de mi vida familiar.

Por la vía paterna sabía que mi padre me había tenido lo suficientemente joven como para conocer a mi bisabuela y recordarla todavía. Murió cuando yo tenía nueve años y se llamaba como mi abuela: Natividad. Pero mi abuela de aquí era la yaya y la bisabuela de allí era la abuela. Murió un 27 de abril, dos días después de mi cumpleaños, y mi abuela el 25 se fue para el pueblo, para despedirse de ella. Sabía que a mi bisabuelo, el ma-rido de la abuela Natividad, había muerto de una coz. El caballo le dio en la barriga y no llegaron a tiempo. Sabía que el tío Jacinto -tío de mi padre, en realidad, pero por edad podía ser mi tío también- había nacido gemelo de una niña que murió siendo recién nacida. Y que la abuela había tenido abortos. Sabía también que la tía Antonia no se llamaba Antonia sino Eulalia, y que no se dieron cuenta hasta que la abuela murió y empezaron los trámites burocráticos. Había cosas de la familia paterna que no sabía: la historia del tío Tomás, por ejemplo. Pero prácticamente todo me había sido revelado. El secretismo no era tanto. La gente moría en la familia paterna, tenía enfermedades, algún escándalo que en el pueblo no pasaba desapercibido pero en la ciudad sí -el ritmo lento del campo. Pero todo estaba a mi alcance.

De mi abuela materna, la madre de mi madre, sabía que apenas podía cuidar de mí cuando estaba enferma. Así que cuando no iba al colegio y me quedaba en su casa, apenas hablábamos -no la entendía muy bien-, pero cuando el perro se ponía un poco pesado, me protegía. De la madre de mi madre sabía que no podía comer dulce pero estaba siempre robando pedacitos de pastel y, la pobre, para lo que le quedaba, que disfrutara. Sabía de mi abuela que no tenía dientes pero aun así sonreía, sabía que no salía a la calle nunca, que todos la visitaban a ella, muy diferente de mi otra abuela, la paterna, que todavía trabajaba y era joven. Pero de mi abuelo, el señor Arcadio, no sabía nada. Sabía lo que podía verse de él en una foto que mis padres tienen en el salón. Como el hermano pequeño aún estaba en la barriga, con el ordenador consiguieron ponerlo entre el resto de hermanos para poder estar todos juntos -la única fotofamiliar completa.

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Si preguntaba qué había pasado con él, nadie me lo decía. Había estado en la cárcel, pero no sabía por qué. Cada vez que salía de permiso, dejaba embarazada a mi abuela. Así hasta tener nueve hijos, a los que dejó huérfanos. Así hasta que mi abuela se quedó sola con nueve hijos, quedándose viuda de un hombre que no se sabía si era bueno o malo. Había estado en la cárcel y, al salir, poco antes de que naciera mi hermana -primera hija y primera nieta- se había suicidado. Mi madre, mi madre de niña, bien podría haber sido un personaje de Ana María Matute, pero el abuelo Arcadio iba un poco más allá. Iba tan más allá que los niños, todos sus nietos, que no lo conocieron, apenas sabían de él lo que nos decía aquella fotografía única: que había tenido nueve hijos, que había tenido una mujer. Que los había dejado a su suerte.

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