MEMORIA HISTÓRICA EN EL 70º ANIVERSARIO DE LA LIBERACIÓN DE LOS CAMPOS DE CONCENTRACIÓN

Perseguidos por Hitler

Una muestra y dos libros recuerdan a los 10.000 judíos que llegaron a Catalunya huyendo del genocidio nazi

Barcelona se convirtió en lugar de paso y acogida pese a la colaboración entre Alemania y el régimen de Franco

Deportados judíos subiendo a los trenes que les llevarían a Auschwitz.

Deportados judíos subiendo a los trenes que les llevarían a Auschwitz. / FONDO YAD VASHEM

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ANNA ABELLA / BARCELONA

Retruena en los tímpanos la voz de Hitler arengando desde un púlpito a miles de acólitos. Surge del documental propagandístico del régimen nazi de Leni Riefenstahl El triunfo de la voluntad que proyecta una pantalla nada más entrar en la exposición Fugint de L'Holocaust. Catalunya i els refugiats jueus de la Segona Guerra Mundial, que puede verse en el Museu d'Història de Catalunya (MHC) hasta el 18 de octubre. Enseguida la vista se dirige a una antigua muñeca de porcelana de unos 80 centímetros guardada en su caja original. «Lleva dibujada en la nuca la estrella de David», revela Dory Sontheimer (Barcelona, 1946) sobre este juguete que descubrió en casa de un amigo coleccionista y que fue fabricada por la empresa Lehmann, que sus abuelos poseían en Nuremberg y en cuya filial barcelonesa (hoy vivero creativo en Consell de Cent 159, aún con su antigua chimenea) trabajó su padre hasta que les fue arrebatada junto a todos sus bienes por las leyes antisemitas.

«La muñeca también tiene las iniciales K y R. No sé si eran las de mi padre, Kurt, y mi madre, Rosl, o las de un ceramista que trabajaba con ellos», añade sobre sus progenitores, quienes le ocultaron su origen judío hasta que tuvo 18 años -el matrimonio se conoció e instaló en Barcelona tras huir de la enrarecida Alemania de los años 30 y se cambió los nombres por los de Conrado y Rosita Sont, criando a su hija como católica y ocultando su pasado para no llamar la atención del hostil régimen de Franco-. Tras su muerte descubrió en un altillo de casa de su madre siete cajas llenas de cartas, documentos, fotos... que le revelaron la para ella hasta entonces desconocida historia de su familia, 36 de cuyos miembros engulló el genocidio nazi. La suya, que la propia Dory Sontheimer contó en el libro Las siete cajas Las siete cajas(Circe / Angle), es una de las diez historias de vida que recoge la exposición del MHC, que forma un díptico con la retrospectiva Más allá de Mauthausen. Francesc Boix, fotógrafo, conmemorando el 70º aniversario de la liberación de los campos nazis.

La muestra está comisariada por el historiador Josep Calvet, coautor y autor, respectivamente, de dos recientes títulos estrechamente ligados a la misma y que la amplían: Barcelona, refugi de jueus (1933-1985) (Angle) y Huyendo del Holocausto Huyendo del Holocausto(Milenio). «Fueron unos 10.000 los judíos que llegaron a Catalunya entre 1939 y 1944 huyendo de la barbarie nazi. Hasta 1941 entraban con visados pero la presión de Alemania sobre Franco hizo que cada vez más estos les fueran denegados y solo quedó la opción de entrar clandestinamente por los Pirineos», explica.

REDES DE EVASIÓN

«Con el régimen de Vichy la vigilancia se volvió muy estricta en la frontera y adquirieron protagonismo las redes de evasión auspiciadas mayoritariamente por servicios secretos aliados, los pasadores[guías y contrabandistas de la zona que les ayudaban a entrar en España] y la solidaridad de muchos vecinos de pueblos de ambos lados de la frontera, como el de Les, que les dieron comida, refugio y hasta presionaron a la policía para que no retornaran a algunas familias judías a Francia», añade Calvet.

Mapas hechos a mano de los pasos de montaña, el bastón que un refugiado usó para cruzarlos o el cuchillo de otro que lo llevaba para defenderse de los perros alemanes ilustran la realidad de aquellos fugitivos agotados que a menudo fueron detenidos y expatriados.Trágicos eran también casos como el de Jenny Kehr, que tras huir del campo francés de Gurs fue arrestada en Coll de Nargó y enviada al campo de Miranda de Ebro, donde internaban a los hombres en edad militar, y no la aceptaron por ser mujer. Entonces, el gobernador civil de Lleida ordenó su expulsión a Francia «por ser judía», cuando lo habitual era hacer valer la norma pactada con el régimen de Vichy de expatriar a los detenidos a cinco kilómetros de ambas fronteras. Kehr, igual que hizo el escritor Walter Benjamin al saber que iban a enviarlo de vuelta al infierno nazi, eligió el suicidio.

Otros lograron llegar a Barcelona, donde consulados aliados y organizaciones benéficas acogieron a los judíos en una red de hoteles y pensiones y les facilitaron la salida a países seguros. Así ocurrió con Fred Arom, que con 10 años escapó de ser enviado con sus padres a Auschwitz, donde murieron, dejó a su hermano refugiado en Suiza y llegó a Barcelona, desde donde partió a Palestina. Y con Lea Lazega y sus tres hijos pequeños: a ella y al menor los mandaron a la prisión de Figueres y a los otros dos a un hospicio hasta que se reencontraron en el balneario de Caldes de Malavella, donde mujeres y niños esperaban en mejores condiciones su traslado a la capital catalana. Allí Lazega logró visados a Estados Unidos para sus chicos.

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Policías y autoridades franquistas actuaron a menudo según iniciativa personal. La familia de Víctor Papo regentaba en París un hotel que ocuparon los alemanes y, tras ser denunciada por un empleado, el cónsul español, Bernardo Rolland, les dio un documento de protección y les aconsejó huir, cosa que hicieron, estableciéndose en Barcelona. Lo contrario ocurrió a los abuelos maternos de Dory Sontheimer, que murieron en Auschwitz después de que el cónsul español en Marsella, Valentín Vía Ventalló, les denegara el visado de entrada.

Sontheimer, que hasta hace un mes no se atrevió a visitar Auschwitz, sigue investigando sobre su familia y, tras Las siete cajas, prepara otro libro. «Sientes una incomprensión total por cómo la humanidad fue capaz de tal barbarie, que los asesinos se creyeran funcionarios que hacían su trabajo. Mis padres pertenecieron a la generación del silencio, lo guardaron en cajas para superar su dolor y proteger a los hijos, pero hoy, sobre todo en Alemania, los nietos se están esforzando por recuperar la memoria histórica. Aunque sea repetitivo hay que seguir explicándolo para que no se repita».