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SEGUNDA EDICIÓN DEL FESTIVAL DE VILANOVA I LA GELTRÚ

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The War on Drugs atrajo a unas 3.000 personas en la primera jornada del Festival Vida y Martha fue la gran revelación

NANDO CRUZ / VILANOVA I LA GELTRÚ

El estadounidense Ezra Furman anuncia: «Esta es una canción contra el aburrimiento». A la primera estrofa, una azafata de Movistar se acerca a dos espectadoras y les invita a participar en un juego consistente en sentarse en un coche, ponerse sombrero y ser filmadas mientras detrás proyectan imágenes de autos de carreras de los años 50. Las chicas declinan la propuesta: prefieren seguir el concierto.

El festival Vida inauguró el viernes su segunda edición en la romántica Masia d'en Cabanyes. Algunas cosas han cambiado. Por ejemplo: este año hay conciertos simultáneos, razón por la cual a media actuación Furman exclamó: «¿Qué es ese ruido?». Era el indie-rock de las catalanas Mourn, prueba definitiva de que montar un grupo es el mejor antídoto contra la timidez adolescente. Hace dos años ni se atrevían a mirar al público mientras tocaban. Hoy aún son menores de edad, pero ya se las ve la mar de sueltas en el escenario.

Otra novedad del Vida son los sutiles detalles decorativos que hacen aún más atractivo perderse en el bosque. Al fondo del escenario de la barca (que este año luce el lema de Mediterraniament pintado en azul marinero) hay una lograda reproducción en cartón-piedra del faro de Vilanova. Pero aún más insólito fue comprobar cómo Xoel López convencía a la audiencia para que cantase con él en gallego, siendo este un festival de perfil tan anglo. Hasta Neil Halstead, que actuó antes, escuchaba atento la copla Quemas de Deluxe.

El público del Vida no es solo el treintañero arquetípico de otros festivales. Se van incorporando matrimonios y adolescentes de todas las edades. También niños de dos y tres años, pero estos preferían jugar en el bosque a ver atardecer con un Grupo de Expertos Solynieve muy a favor del no en el referendum griego. «Varufakis me mola mogollón, Varufakis inventó la democracia», cantaron, alterando el Déjame vivir con alegría de Vainica Doble.

Benjamin Clementine cubrió la cuota recital-exquisito-con-voz-superdotada que en EL 2014 inauguró Rufus Wainwright, pero quien más personas atrajo, y no más de 3.000, fue The War on Drugs. «¿La guerra de las drogas?», preguntaba un niño a su padre. Los de Filadelfia hincharon su rock de raíz americana, rítmica alemana y electricidad elevadora. Pero más vivificante y contagioso fue el punk-pop de Martha. Un debut memorable, para saltar y reír, tras el cual estos veinteañeros ingleses se hartaron de vender discos al pie mismo del escenario-cabaña en el bosque. ¡Eso es triunfar!

La jornada del sábado tenía a Primal Scream como gran reclamo. El Vida sigue buscando su lugar en el mapa festivalero. Tiene el formato, cómodo y familiar, pero aún anda a la caza de un contenido (un cartel) que lo distinga de verdad del resto de festivales indies que colapsan el país cada verano.

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