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Miguel Ángel Fernández: "Aprendí a hacer el pino en casa mirando una revista"

Artista en equilibrio. Un personaje único que a sus 70 años trae sonrisas y acrobacias al Grec.

Miguel Ángel Fernández: "Aprendí a hacer el pino en casa mirando una revista"

JOAN PUIG

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Gemma Tramullas
Gemma Tramullas

Periodista

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Durante 50 años, Miguel Ángel Fernández, alias Tinga Tinga, ha sido acróbata y payaso en cabarets, circos, teatros y festivales, y desde hace una década actúa en las calles de Fuengirola (Málaga). Los próximos días 4, 5, 6 y 7 de julio debutará en el Grec Festival de Barcelona con Pals, un espectáculo de circo de la compañía Cíclicus dirigido por Leandro Mendoza. En el escenario, este artista de rostro huesudo y mirada vivaz forma parte de una compañía ambulante de circo que se enfrenta a la muerte de uno de sus miembros. La ceremonia de despedida se convertirá, al final, en una celebración de la vida.

-Lleva el mismo camino que el payaso Charlie Rivel, que actuó hasta los 80 años.

-Yo tengo 70 recién, pero no siento que sea el más viejo de la compañía, y eso que le llevo el doble de edad al que me sigue.

-A alguno incluso se la triplica.

-Al más joven se la triplico, sí, y algún añito más le saco. Sé que hay cosas que el cuerpo ya no me va a dar, pero hay que aceptar, comprender, tener paciencia y dedicarse a fortalecerse por dentro.

-¿Fortalecerse por dentro?

-Tengo fotos en las que estoy haciendo el pino sobre dos sillas puestas encima de una mesa y ahí se ve un equilibrio. Pero existe otro que no se ve: es el equilibrio mental, emocional y espiritual, a donde hay que apuntar siempre para lograr ser mejor persona. Esta energía también se transmite en un escenario.

-¿Y eso dónde se aprende?

-En el libro de la vida, si prestas atención. Yo escucho mi intuición y me dejo llevar. Creo que cada uno de nosotros viene al mundo con un programa escrito y, si escuchas bien, puedes descubrir tu misión en esta vida. Es como si recibieras una llamada de teléfono de tu interior que te dijera: «Tienes un mensaje nuevo». Si estás escuchando otras cosas o pensando que te gustaría tener esto o aquello o ser como aquel de más alla, es difícil que atiendas la llamada.

-¿A usted la intuición le llamó de niño?

-Más bien de grande. Yo nací en Rosario (Argentina) y siempre fui medio encorvadito, cargado de espaldas, por eso mi padre me mandó a hacer gimnasia. Años después, yendo a entrenar, pasé por una librería y vi una revista que hablaba de acrobacia. Son esas cosas que están ahí como esperándote y con las que te conectas en un momento determinado. Aprendí a hacer el pino en mi casa mirando las fotografías de aquella revista. De eso hace más de 50 años.

-¿Cuándo debutó?

-Mi primer trabajo fue a los 18 años, en un cabaret, donde con un compañero hacíamos acrobacias de las buenas. Después estudié Educación Física y Kinesiología y trabajé haciendo estimulación con gente hemipléjica [parálisis de medio cuerpo], que no consistía solo en proporcionarles una ayuda profesional sino en darles una voz de aliento. No importa lo que hagas, lo importante es que, sea lo que sea, lo hagas lo mejor que puedas.

-¿Por qué le llaman Tinga Tinga?

-Cuando voy a salir a actuar o necesito levantar la energía digo: [canturrea] «Tinga, tinga, tinga, tinga...»,  y es como si me inflara de energía por dentro.  Yo digo que es un mantra, una palabra de dos sílabas que se repite y sirve para concentrarse.

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-¿Siempre es tan vital?

-Sí, soy así las 25 horas del día, porque me levanto de la cama una hora antes [ríe]. En estos 70 años he ido desapegándome de las cosas materiales para fluir más fácilmente por la vida sin tener que cargar una mochila llena de rencor, odio, amargura, celos, envidia... No tengo una casa en propiedad, ni un auto nuevo, ni puedo ir a restaurantes, ni salir de vacaciones. Pero acepto lo que hay y, si pongo mi vida en una balanza, todo lo que he recibido se inclina a mi favor: alegría, paz, amor, serenidad...