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CONCIERTO DE LA NUEVA ESTRELLA ESTADOUNIDENSE

Ariana Grande, princesa con toque felino

La cantante estadounidense exhibió sus éxitos jugando con una incipiente sexualidad en el Sant Jordi

JORDI BIANCIOTTO
BARCELONA

Si días atrás el Estadi Olímpic se llenó de fans con cuernos demoníacos, anoche en el Palau Sant Jordi abundaron las chicas, o niñas, tocadas por diademas con forma de orejas de gato. Del diablo al felino doméstico, portador de connotaciones volátiles: remanso de paz familiar, quizá, pero también garras afiladas que insinúan una libido incipiente. Algo así es Ariana Grande, gatita, o princesa, o hada Campanilla, del siempre activo, renovable mainstream estadounidense, que anoche exhibió sus golosinas pop en un recinto que no se llenó, con dos tercios de entrada.

En materia de shows coreográficos, llenos de bailarines y gags escénicos, ya lo hemos visto todo en esta ciudad (sobre todo en las últimas temporadas: Lady Gaga, Katy Perry, Miley Cyrus, Rihanna..., todas en la estela de la pionera Madonna), la sorpresa es cada vez más improbable y el espectáculo de Ariana Grande no parece diseñado para generarla. La base es más bien su tierno genio y figura, muy inspirador para el abundante público femenino en edad escolar que quizá anoche se estrenó en materia de macroconciertos. Y, ojo, el repertorio: con poco más de un par de discos, la cantante de Boca Ratón (Florida), de raíces no hispanas, sino italianas, ha atesorado un buen número de canciones con gancho que sostienen el concierto, siempre y cuando no sea demasiado largo (los de esta gira no pasan de la hora y media). Como Bang bang, la pieza que el año pasado la asoció a Jessie J (que, coincidencias, mañana actúa en el Festival de Pedralbes) y Nicki Minaj.

'SEX APPEAL' EDUCATIVO / Concierto único en España y cierre de la etapa europea del Honeymoon tour, y una Ariana Grande hiperprofesional a sus casi 22 años, que parecen 17, de agradable color vocal y que proyectó un divismo de juguete y un sex appeal más paródico que intimidante, o mejor dicho, más educativo, dirigido a sus seguidoras, que literalmente seductor. Como sustento sonoro, un cruce de pop con fibras de r'n'b que puede mirar al hip-hop (Break your heart right back, con injertos de I'm coming out, de Diana Ross) o abrazar la balada con violines digna de una película de Disney: Best mistake, interpretada encima de una nube que sobrevoló parte del Sant Jordi.

Escenografía de baile clásico, con bailarines de claqué, e imágenes de Grande con ropa interior y sonrisa picarona. Pero ella no es Miley Cyrus. Hay atisbos de elegancia y escolarización. Y, eso sí, pocas aptitudes para el monólogo, que no fue mucho más allá de un «Te quiero, España». Pero su repertorio se mostró dinámico y con momentos de cierto brillo en el campo dance pop, como Pink champagne, canción que lanzó hace año y medio como regalo a sus fans por haber alcanzado los diez millones de seguidores en Twitter (ahora ya roza los treinta millones), y One last time. Encaminando el tramo final, All my love (de la banda sonora de Los juegos del hambre), una épica Honeymoon avenue con pirotecnia y las últimas cartas con el descarado electro-pop de Break free y la muy álgida Problem, cerrando la noche. De momento, esto es lo que hay. Muy probablemente continuará.

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