Tres batallas en las Ardenas

Tres libros relatan el canto del cisne de Hitler con visiones discrepantes, desde la insólita revisión del sueco Christer Bergström, que sostiene que la ofensiva pudo tener éxito, a los canónicos Antony Beevor y Rick Atkinson

Soldados del 347º regimiento de infantería del Ejército de EEUU, el 13 de enero de 1945 al norte de Bastogne.

Soldados del 347º regimiento de infantería del Ejército de EEUU, el 13 de enero de 1945 al norte de Bastogne.

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ERNEST ALÓS / BARCELONA

El general Antony McAuliffe, que estorbó tanto como pudo la ofensiva alemana en las Ardenas resistiendo con los paracaidistas de la 101ª Aerotransportada en Bastogne, respondió (por escrito) a la propuesta alemana de rendición con el famoso Nuts! que el estupefacto emisario enemigo no entendió a la primera. Podría ser traducido en el caso más extremo como un ¡y un huevo! Pero en las respectivas traducciones de los últimos libros de Antony Beevor, Christer Bergström Rick Atkinson se ha optado, respectivamente, por un ¡chiflados!, un ¡majadero! y un ¡cuernos! Una misma historia, en este caso el de la fracasada ofensiva final de Hitler en el frente occidental, puede explicarse de varias formas. Y no solo en cuestiones de matiz.

Los hechos son los siguientes: el 18 de diciembre de 1944, los alemanes rompieron el poco defendido frente de las Ardenas con el objetivo de llegar al mar en Amberes, en una marcha de 200 kilómetros, y crear una enorme bolsa, un segundo Dunkerke, que liquidase los tres ejércitos bajo el mando de Montgomery (uno británico, uno canadiense y uno de EEUU) y dejase a los aliados fuera de juego, para girar la vista hacia la URSS. La jugada falló y Hitler se pegó un tiro al cabo de cuatro meses.

En poco tiempo, al calor del 70º aniversario de la batalla (el año pasado) y del final de la segunda guerra mundial en Europa (hace 20 días) tres libros explican ese episodio desde la ortodoxia que ve en esa maniobra un impotente último estertor, en el caso del británico Antony Beevor (Ardenas, 1944. La última apuesta de Hitler) y el estadounidense Rick Atkinson (Los cañones del atardecer, también en Crítica) o rompiendo con todos las ideas establecidas en el caso del sueco Christer Bergström (Ardenas. La batalla, Pasado & Presente), que sorprende al defender que el führer era a esas alturas aún un comandante competente y el Ejército alemán un arma temible, que la ofensiva estuvo más cerca de tenir éxito de lo que se suele reconocer, y que ayudaron más los rusos a sacar a los aliados occidentales del aprieto que al revés. Era, sostiene, «la iniciativa más racional desde el punto de vista de Hitler», el de apurar las últimas posibilidades. Es decir, aclara en el libro, teniendo en cuenta que «lo más sensato desde la perspectiva del pueblo germano» habría sido «firmar la paz cuanto antes, porque la guerra se había perdido de manera irrevocable».

Christer Bergström

«No era tan poco realista como se afirma»

Autor de 25 libros de historia militar, Christer Bergström discrepa, con un detallismo exhaustivo, de la historia oficial. Ayer, en Barcelona, explicaba que en su opinión, el plan de Hitler, que aún «sabía lo que hacía», «no era tan poco realista como se afirma», la ofensiva «fue una de las mejor preparadas de la guerra» y el relato oficial de los aliados disimuló desde el primer día los apuros que llegaron a pasar: «Los veteranos norteamericanos están de acuerdo. No se ha explicado la verdad; eso fue un infierno».

Los alemanes tuvieron más ases en la manga de lo que se suele decir, afirma: los superiores carros alemanes cazaron como patos a los Stuart y Sherman (1.400 perdidos en combate frente a 300, sostiene), el dominio aéreo no fue total e incluso la ofensiva aérea alemana Bodenplatte fue una victoria táctica. Los objetivos de Hitler quizá se hubiesen conseguido, sostiene, de no haber cometido dos errores cruciales: confiar demasiados medios y objetivos clave al VI Ejército Panzer, con unidades y mando de las SS, y no al más eficiente V Ejército Panzer, con divisiones de la Wehrmacht, y no trasladar los pilotos expertos del frente oriental.

Finalmente, el adelanto de la ofensiva de invierno soviética obligó a Hitler a retirar fuerzas clave, pero el retraso del avance occidental hizo de la URSS «el verdadero vencedor de la ofensiva de las Ardenas». ¿Y si hubiese acabado todo como Hitler planeó? «El frente de Francia se habría estancado, los aliados no habrían tenido el coraje de atacar otra vez, eso habría permitido ganar tiempo a Hitler en el Este y quizá la guerra hubiese acabado con las bombas atómicas sobre Berlín y Dresde, o con Stalin llegando al Sena. Hubiese resultado dramático para todo el mundo».

Antony Beevor

La última fantasía sobre el mapa del ‘führer’

El historiador británico Antony Beevor, que se aproxima ahora a la batalla de las Ardenas tras su historia global de la segunda guerra mundial y de haber tratado monográficamente la caída de Berlín, los desembarcos de Normandía y la batalla de Stalingrado, opina en cambio en su libro, en la línea del consenso general, que el proyecto de Hitler demuestra cómo «se negaba a hacer frente a la realidad», sus propios mariscales coincidían en que la ofensiva «no era más que otra de sus fantasías sobre el mapa» y la idea de llegar a Amberes «era imposible» dado que los aliados tenían una voluntad de resistencia que no tenía nada que ver con el «pánico» que Hitler esperaba de ellos.

La relación entre lo sucedido en las Ardenas y el frente ruso es, para Beevor, la inversa que plantea Bergström. Hitler no tuvo que retirar fuerzas por la presión de Stalin, salvando el cuello de Einsenhower como argumenta el sueco, sino que, al contrario, «pese a la renuencia de los historiadores rusos a aceptar este hecho, no cabe la menor duda de que el éxito del avance del Ejército Rojo desde el Vístula hasta el Óder se debió en gran parte a la ofensiva de Hitler en las Ardenas». Otra discrepancia más: mientras el sueco considera que uno de los mejores generales de los aliados fue Montgomery, Beevor carga de nuevo contra el mariscal y le acusa de atribuirse de forma enfermiza los triunfos estadounidenses, encerrado en una burbuja atribuible a un síndrome de Asperger.

En la línea de lo que ha hecho ya en sus dos últimos libros, Beevor destaca en Ardenas, 1944 hasta qué punto los soldados de EEUU, y lo que es peor, con respaldo de sus superiores, ejecutaron a prisioneros alemanes. «El fusilamiento de prisioneros de guerra ha sido siempre una práctica mucho más común de lo que los expertos en historia militar han estado dispuestos a reconocer».

Rick Atkinson

La importancia de la logística y la técnica

Hace unos meses, el periodista e historiador militar estadounidense Rick Atkinson finalizó su gran trilogía sobre las campañas del Ejército de Estados Unidos en África y Europa con Los cañones del atardecer: en este relato del camino que llevó de Normandía al Elba, las Ardenas ocupan 124 páginas, casi un pequeño libro por sí mismo.

El relato de Atkinson difiere poco, en versión aún más condensada, del de las Ardenas de Beevor. «Incluso un delirante megalomaníaco podía comprender que el Tercer Reich se enfrentaba a la aniquilación», escribe, y define la operación Herbsteebel como el plan de un demente, concebido «en un delirio febril» y que precipitó «la defunción del Tercer Reich».

A la hora de narrar los combates, en lugar de descender a las acciones batallón por batallón como hace Bergström, Atkinson se centra en unas pocas figuras, como Joachim Peiper y su 1r. Regimiento Panzer SS, la punta de lanza de la ofensiva. En su libro explica cómo «la fatiga, la depresión, los tanques de combustible vacíos y la escasez de munición afectaron al avance enemigo» tanto como la actuación de la artillería aliada y sus nuevas espoletas y pone el foco en aspectos logísticos a menudo obviados, como la eficiencia con la que la intendencia norteamericana retiró velozmente del teatro de batalla los millones de litros de gasolina y miles de toneladas de municiones y víveres que quizá hubiesen hecho posible a los alemanes seguir su avance. Extremadamente duro tanto con el mariscal británico Montgomery como con Omar Bradley, considera a los soviéticos los grandes beneficiados del choque de las Ardenas, al conseguir llegar a 80 kilómetros de Berlín cuando los angloamericanos «todavía tenían que llegar al Rin».

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