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Ors en el purgatorio

El Institut d'Estudis Catalans acoge unas jornadas sobre su gran proscrito, su secretario general hasta 1920 Una exposición que nadie ha querido acoger se transforma en un libro

ERNEST ALÓS / BARCELONA

Al cabo de 95 años de su defenestración en 1920 como secretario general del Institut d'Estudis Catalans (y como director de Instrucción Pública de la Mancomunitat, y de la Escola de Bibliotecàries, y como maitre à penser del noucentisme desde sus glosas de La Véu de Catalunya), Eugeni dOrs ha vuelto a traspasar las puertas del Institut. La jornada sobre su figura que se ha celebrado hoy en esta casa no fue exactamente un homenaje, ni el actual presidente de la institución, Joandomènech Ros, le ha dado precisamente la bienvenida. «No tenía la altura intelectual que se le atribuyó», ha planteado ya de entrada Ros. Brilló gracias a la «mediocridad ambiental» y a que en ese cambio de siglo el espíritu de los tiempos «admitía todo tipo de pocasoltades», en un caso más «de la exaltación colectiva a la que tan propenso es este país, para el que sus sabios han de ser los mejores del mundo y sus canallas, los peores del mundo». Patapam. No estaba para defenderle,por ejemplo, el Jaume Vallcorba que lo consideraba «un filósofo disfrazado de gacetillero».

El camino que ha devuelto a Ors al patio de la Casa de Convalescència no ha sido fácil. Hace cinco años, Vicenç Altaió encargó a Xavier Pla una exposición sobre Xènius para el Santa Mònica. Altaió cayó, el centro pasó a dedicarse a sus tareas y ninguno de los dos últimos directores de la Institució de les Lletres Catalanes (ILC), Oriol Izquierdo Laura Borràs, consiguieron que nadie quisiera acoger la muestra. Finalmente la ILC ha publicado en forma de libro (Eugeni d'Ors. Potència i resistència) todo ese trabajo (documentación inédita y artículos de Xavier Pla, Carlos d'Ors, Joan Ramon Resina, Maximiliano Fuentes, Josep Murgades, José-Carlos Mainer, Jordi Gràcia, Oriol Pi de Cabanyes, Mary Ann Newman y otros 23 autores) que llevaba cuatro años archivado, y le ha dedicado junto al IEC una jornada de estudio.

Y es que «Ors parece continuar condenado, aún, al purgatorio», opina Pla. «Entre el azufre del infierno y el incienso de los ángeles, el purgatorio también puede constituirse como un espacio que permite la reflexión, aviva la duda, sugiere el silencio o descubre el secreto», añade el comisario frustrado, para quien la figura de Ors, «no apta para sectarios», debe ser examinada sin ira y sin tener que compartir necesariamente el pensamiento de alquien que «antipático, elitista y antidemocrático, lo tiene todo para que no nos guste». Pero «como Céline en Francia se le ha de leer y entender para mirarnos en el espejo» y cerrar de una vez «el trauma colectivo para la vida política y la cultura catalana» que supuso su caída en desgracia. «Una pérdida muy grande para la cultura catalana; un libro como Tres horas en el Museo del Prado ya no lo pudimos tener en catalán», lamenta Laura Borràs.

Ese episodio de ruptura lo apunta en el catálogo, sin extenderse mucho, el profesor Maximiliano Fuentes. La negativa de Ors a justificar los gastos de construcción de la biblioteca de Canet fue solo el detonante de la tensión acumulada por su indómita relación con Puig i Cadafalch, las antipatías que despertaba un individuo capaz de dictar que el día de su santo fuese festivo en las bibliotecas -el histrionismo con el que veló armas como un caballero medieval para ingresar en Falange en 1937 venía de lejos- y el malestar de la Lliga por su fugaces veleidades (en tanto que antiliberal) con el sindicalismo.

El conseller de Cultura, Ferran Mascarell, ha bendecido la operación de «mirar el pasado sin gafas correctivas». Incluyendo un mea culpa institucional: apenas se ha hablado de Ors en los centenarios de la Mancomunitat, o de la Escola de Bibliotecàries que fundó. Ors, dice Mascarell, es un componente en la historia del catalanismo «que nos molesta y miramos de espurgarlo». 

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