'Al cante', un hachazo al artificio flamenco

La pieza de Lérida deslumbró en el Mercat de les Flors

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NANDO CRUZ / BARCELONA

En la gran mayoría de conciertos no ocurre absolutamente nada que no esté previsto en el guión, nada que te corte la respiración, te llene la cabeza de imágenes e ideas y te empuje a gritar a los cuatro vientos (o sea, en las redes sociales) todo lo que has sentido. Solo por eso, el espectáculo Al cante que presentaron Juan Carlos Lérida y el Niño de Elche en el festival Ciutat Flamenco, se cuenta ya entre los más fascinantes y rompedores que ha acogido Barcelona en los últimos tiempos.

El coreógrafo y el cantaor se han aliado para cuestionar la gestualidad que alimenta el imaginario flamenco, tan artificioso y teatral pese a ser considerado un arte de las entrañas, y la han liado. Porque Al cante es una exquisita parodia que juega con el espectador desde el minuto uno, cuando el de Elche se arranca con un cante más falso que un disco en vivo de Milli Vanilli. A partir de ahí, quien se arranca de verdad es el público, que no para de reír ante un sinfín de cómicas ocurrencias. El cante entrecortao, el requejío, la mímica ingrávida, la descripción de gestos con voz robótica, la repetición infinitesimal del mismo verso... Y desde el infinito, un zapateao cósmico, un cante sin oxígeno... La muerte y resurrección del flamenco. Y ole-que-ole.

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Al cante tiene, y perdón por el tópico, mucha guasa y mucho arte. Es más que un chiste a costa del flamenco. Es un espectáculo de vanguardia rematadamente coloquial, exquisito en las formas e implacable en su intención. Lérida usa al Niño de Elche como un cantaor androide y revolotea a su alrededor coreografiando el objeto de análisis, siempre en el filo que une y separa deconstrucción y creación. Elevando la danza a la categoría de crítica empírica. ¡Ea!

No, en la inmensa mayoría de conciertos no ocurre absolutamente nada, pero tras enfrentarte a Al cante ya no puedes ver el flamenco con los mismos ojos.