Las dos caras de Sorrentino

El director de 'La gran belleza' provoca aplausos y abucheos con la pomposa 'La juventud'

Paul Dano, Jane Fonda, Harvey Keitel, Rachel Weisz y Michael Caine, tras la presentación de ’La juventud’ ayer en Cannes,

Paul Dano, Jane Fonda, Harvey Keitel, Rachel Weisz y Michael Caine, tras la presentación de ’La juventud’ ayer en Cannes, / AP / LIONEL CIRONNEAU

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NANDO SALVÀ / CANNES

La competición del Festival de Cannes está acostumbrada a recibir de Paolo Sorrentino una de cal y otra de arena. Cuando en el 2008 obtuvo el premio especial del jurado gracias a la magnífica sátira política 'Il Divo' nadie se acordó del vacuo formalismo del que había hecho gala en el 2004 con 'Las consecuencias del amor'; y cuando en el 2011 generó burlas con Un lugar donde quedarse -película que, ojo, hoy es casi un objeto de culto-, no pudimos anticipar que dos años después nos maravillaría con 'La gran belleza' -que, recordemos, se fue de aquí con las manos vacías-. Es un cineasta capaz de lo mejor y lo peor, y esa dualidad queda perfectamente reflejada en una película como 'La juventud' que, casi de forma inevitable, en su presentación este miércoles provocó una encendida batalla entre aplausos y abucheos.

«Es un filme muy optimista y una excelente ocasión para exorcizar el miedo al paso del tiempo», explicaba ayer el italiano sobre esta melancólica comedia ambientado en un spa situado en los Alpes suizos en el que un compositor retirado (Michael Caine) medita junto a su viejo amigo cineasta (Harvey Keitel) sobre el tiempo y el amor perdidos, sus inseguridades como creador, las mujeres con las que nunca llegó a acostarse y, en general, lo fútil que es todo esto.

Exceso y autoindulgencia

Valorar la película comparándola con algo tan excelso como 'La gran belleza' sería injusto de no ser porque las conexiones son tan obvias que deben de ser deliberadas. Las dos retratan a hombres maduros en plena angustia existencial; ambas transcurren en universos fellinianos -Roma entonces, ahora un balneario similar al de '8¿' (1963)- y manejan un puñado de personajes altamente idiosincráticos, y ambas son películas definitivamente pomposas, ejemplares de un cineasta reacio a atar en corto su tendencia al exceso y la autoindulgencia. La diferencia es que entonces la solemnidad no solo era justificada sino necesaria, porque retratar una ciudad como Roma favorece lo superlativo y sobre todo porque servía para definir la naturaleza de su protagonista, el decadente escritor Jep Gambardella. Aquí la pompa no es un medio sino el fin.

«En la vida todos somos figurantes», proclama uno de los personajes, y con motivo. Sorrentino los utiliza como meros dispensadores de pretenciosos aforismos sobre el pasado y el futuro, el horror y el deseo o la belleza y la fealdad. Y sus emociones desempeñan el mismo papel ornamental que algunos de los excéntricos cameos que aparecen en pantalla -un falso Maradona con el rostro de Marx tatuado en la espalda, un monje budista que levita, Hitler-, o que todos los elegantes movimientos de cámara, intrépidas perspectivas y preciosistas composiciones.

Al final, 'La juventud' funciona como un extenuante ballet visual en el que cada escena parece diseñada para ser un clímax, y quizá por eso mismo el conjunto acaba siendo mucho menos que la suma de sus partes: una colección de destellos de brillantez que iluminan un paisaje baldío.

Hacia el oeste

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